INDICADOR POLITICO/Carlos Ramírez
Brasil y no México era el último bastión latinoamericano y caribeño antineoliberal. La derrota
en primera vuelta y la posibilidad de que se consolide en la segunda debe tener una lectura
estratégica: el gigante sudamericano se refugió en el populismo de primer grado y nunca pudo
definir un proyecto alternativo de modelo de desarrollo más nacional e integrado a la región.
A pesar de su origen obrero y de su pertenencia al radical Partido brasileño del Trabajo, Luis
Ignacio Lula da Silva no fue un líder regional ni perfiló ninguna propuesta alternativa a la del
neoliberalismo del Fondo Monetario Internacional. Su gran victoria –y es de reconocerse– fue
el programa de lucha contra el hambre que rescató a brasileños de la miseria pero no se
preocupó por definir una planta productiva modernizada y sobre todo con posibilidades de
integración con otras naciones.
Muy en el fondo y con ciertas suspicacias, Lula nunca confió en el proyecto asistencialista de
lopezobradorismo, sobre todo porque se trataba de regalar dinero a sectores sin empleo pero
había continuado la subordinación neoliberal del modelo de desarrollo mexicano que había
iniciado el presidente Carlos Salinas de Gortari en 1990 y firmado en 1993 del Tratado
comercial que subordinaba la economía mexicana a las necesidades del estadounidense, sin
plantear la modernización de las plantas productivas ni buscar integración regional.
Sólo en los últimos años aceptó Lula un acercamiento indeciso con México y sobre todo a
través de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, pero ninguno de los dos países fue capaz de
articular un proyecto diplomático, geopolítico, estratégico, de seguridad nacional regional y
alternativo al expansionismo que de modo natural continuó el presidente Trump después de
que el presidente George Bush Sr. –con una mentalidad estratégica de exdirector general de
la CIA– impulsó con Salinas de Gortari y que después continuó en automático el frívolo del
presidente Bill Clinton.
México y Brasil fueron incapaces de interrelacionar estrategias sobre todo petroleras porque
cada uno tenía sus propios intereses; México estaba entregado a Estados Unidos en materia
energética. Los encuentros últimos de Lula y Sheinbaum Pardo no pasaban de abrazos, besos
en las mejillas, promesas de encuentros y cero equipos operativos, porque las estrategias de
seguridad nacional locales y regionales de cada uno de los dos países eran diferentes, y Lula
estaba seguro de que México no iba a romper su dependencia de Estados Unidos.
Más que un proyecto alternativo, Lula colocó a Brasil en la lógica de intereses de desarrollo y
seguridad nacional muy locales, por eso nunca hubo entendimiento entre el líder brasileño con
el ciclo del Tratado del México de Salinas de Gortari a Peña Nieto y luego tampoco encontró
coherencia estratégica y geopolítica y de seguridad nacional en el asistencialismo del primer
piso del lopezobradorismo.
Por sí mismos, Lula y Brasil nunca representaron una verdadera alternativa al expansionismo
del Tratado de Estados Unidos de Bush Sr. a Joseh Biden y menos aún hubo posibilidades
siquiera de inversiones de algún tipo, de acuerdo con el segundo periodo de Donald Trump,
sobre todo porque Trump comenzó una operación geopolítica para empujar a la derecha
latinoamericana y caribeña a conquistar los gobiernos.
Como el lopezobradorismo, Lula careció de una política exterior activa, dejó que los países de
la región fueran cayendo en manos de la estrategia conservadora de Trump y en realidad tuvo
desconfianza en buscar un acuerdo geopolítico con México que pudiera de alguna manera
perfilarse o como alternativa a la propuesta de Trump, cuando las fuerzas progresistas de la
región que quedaron a merced del discurso beligerante de la Casa Blanca.
La firma del Tratado mexicano y su vigencia hasta la actualidad le mostraron a Lula que
México no tenía opciones de movilidad geopolítica, pero además con las circunstancias
agravantes de que los propios márgenes de política exterior de México se desgastaron en
opciones inútiles en Cuba y Nicaragua. El problema no era sólo geopolítico sino de
compromisos: el petróleo mexicano está incluido en el Tratado y nada tenía que buscar con
alianzas con el petróleo brasileño.
Lula desgastó su figura personal en un populismo de corto plazo que no reconstruyó las
alianzas políticas con los sectores progresistas de Brasil, en tanto que el proyecto Bolsonaro
fue siempre una cabeza de playa de Trump. Y el electorado castigó a Lula y a sus demagogias
populistas y apoyó las propuestas de ir más allá del populismo de primer piso.
La alianza Trump-Bolsonaro fue clave en Brasil, pero la explicación de la derrota debe
buscarse dentro de las limitantes en la configuración interna de los populismos de corto plazo.





