sesgos y más/Mario Prieto.
El celular ya no duerme en la sala, ni se queda conectado lejos de nosotros. Se metió hasta la
recámara, llegó a la cama y, para muchos jóvenes, se convirtió prácticamente en el último
objeto que ven antes de cerrar los ojos y el primero que buscan al
despertar.
Revisar TikTok, Instagram, WhatsApp o simplemente mirar una notificación parece una
actividad cotidiana e inofensiva, pero comienza a transformar también nuestros hábitos de
descanso.
Dormir ya no necesariamente significa desconectarse. La posibilidad de recibir un mensaje a
cualquier hora, revisar quién publicó una historia o consumir un video tras otro mantiene al
cerebro ligado a una dinámica digital que parece no tener horario.
La ciencia en México ya ofrece algunos datos que permiten dimensionar este fenómeno como
el
Artículo realizado por Ismael Esquivel-Gámez, Jorge Luis Vázquez-Ariza, Martín Guerrero-
Posadas y Julio César Berthely-Barrios, investigadores vinculados con la Universidad
Veracruzana, el Colegio de Estudios Científicos y Tecnológicos del Estado de Veracruz y el
Tecnológico Nacional de México, estudiaron a 141 estudiantes mexicanos de bachillerato y
universidad para conocer el nivel de uso problemático del teléfono inteligente.
Encontraron una prevalencia general de adicción al smartphone del 22 %, además de identificar
entre los principales indicadores la tolerancia y el síndrome de abstinencia.
Los universitarios mostraron un nivel de uso problemático mayor que los estudiantes de
bachillerato. Los investigadores advierten que la presencia permanente del teléfono entre
adolescentes y jóvenes puede repercutir en ámbitos como el sueño, el estado de ánimo, la
ansiedad, la comunicación y el desempeño escolar.
El dato resulta relevante porque muestra que el problema no necesariamente comienza cuando
un joven reconoce que pasa demasiado tiempo con el teléfono. La dependencia puede
manifestarse también en esa necesidad aparentemente sencilla de revisar constantemente el
aparato, llevarlo a todos lados o sentir incomodidad cuando no está disponible. El celular dejó
de ser solamente una herramienta para convertirse, para una parte de los jóvenes, en una
extensión permanente de su vida cotidiana.
Otro estudio elaborado por Pedro Sánchez Escobedo y Gloria Yaneth Calderón Loeza, de la
Universidad Autónoma de Yucatán, analizó a 1,686 estudiantes mexicanos, de los cuales 858
cursaban secundaria y 828 estudios universitarios. La investigación comparó el uso de
dispositivos móviles y sus implicaciones en la escuela, la vida social, personal y la salud física y
mental. El trabajo destaca precisamente la necesidad de observar el uso del celular más allá de
sus beneficios educativos y comunicativos, debido a las consecuencias que un uso intensivo
puede representar para el bienestar de los estudiantes.
No se trata entonces de satanizar al teléfono. Para un estudiante, el mismo aparato que sirve
para ver TikTok puede utilizarse minutos después para consultar una plataforma educativa, leer
un documento, investigar una tarea o comunicarse con sus compañeros. La diferencia parece
encontrarse cada vez más en la capacidad de establecer límites: cuándo conectarse y, sobre
todo, cuándo desconectarse.
Una tercera investigación ofrece un dato todavía más revelador. Nissa Yaing Torres Soto,
Beatriz Martínez Ramírez, Elizabeth Carmita Manzanero, Julieta Rodríguez-de Ita, Daniela
León Rojas y Alma Karina Tzec Nahuat, de la Universidad Autónoma del Estado de Quintana
Roo, estudiaron a 286 alumnos de Ciencias de la Salud, con una edad promedio de 22.56
años. Encontraron que 65.73 % dormía solamente entre cuatro y seis horas por noche.
Además, la mala calidad del sueño estuvo asociada significativamente con un mayor cansancio
emocional y este, a su vez, con un menor rendimiento académico.
Aunque este último estudio no atribuye exclusivamente al celular la falta de sueño, completa
una fotografía preocupante sobre las rutinas de los universitarios mexicanos: jóvenes que
duermen poco, presentan cansancio emocional y viven simultáneamente en un ambiente donde
la conexión digital es prácticamente permanente.
El problema posiblemente no sea únicamente cuántas horas utilizan los jóvenes el celular, sino
que el dispositivo ha borrado una de las últimas fronteras que quedaban en nuestra vida
cotidiana: la hora de irse a la cama.
Quizá por eso llegó el momento de recuperar algo que parecía tan sencillo: dormir significa
desconectarse. Porque dejar el teléfono durante unas horas no implica quedar fuera del mundo.
Los mensajes seguirán ahí por la mañana, TikTok tendrá otros cien videos esperando y
seguramente alguien habrá publicado una nueva historia. Lo que no siempre puede
recuperarse es una noche de sueño perdida.
En una generación permanentemente conectada, tal vez uno de los nuevos retos sea
precisamente ese: apagar la pantalla y poder dormir.
Tome nota.





