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Integridad

  • octubre 1, 2026
  • 7:37 am

El Faro/ Francisco de Asis

«La historia humana se convierte cada vez más en una carrera entre la educación y la catástrofe.»

—H. G. Wells

 

Londres, febrero de 1936. Miguel de Unamuno había viajado a Inglaterra para recibir el doctorado honoris causa de Oxford. H. G. Wells lo invitó a cenar y después lo llevó al Leicester Square Theatre. Proyectaban Things to Come, escrita por Wells.

Dos hombres muy distintos contemplaban el futuro de la humanidad.

Europa apenas se levantaba de la Primera Guerra Mundial. Mussolini gobernaba Italia, Hitler Alemania y Stalin la Unión Soviética. El autoritarismo y la violencia avanzaban. España estaba a meses de su Guerra Civil.

Wells miraba hacia adelante: creía en la ciencia, la educación y el conocimiento para transformar a la humanidad. Unamuno miraba hacia dentro. Desconfiaba de cualquier sistema que sacrificara al individuo.

«¿Se hizo el hombre para la ciencia o se hizo la ciencia para el hombre?»

Meses después España estalló. Unamuno apoyó inicialmente el levantamiento militar, vio sus consecuencias y rectificó.

El 12 de octubre, en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca, rodeado de militares, falangistas y una multitud exaltada, habló. Millán-Astray gritó «¡Viva la muerte!» y, según las versiones, «¡Muera la inteligencia!» o «¡Mueran los intelectuales!». Unamuno respondió:

«Venceréis, pero no convenceréis».

La literalidad del enfrentamiento sigue discutiéndose. Lo esencial no: Unamuno defendió la razón ante quienes tenían las armas y el poder. Fue destituido del rectorado y quedó prácticamente recluido en su casa.

Integridad no es tener siempre razón. Es saber rectificar y asumir el precio de defender aquello que creemos correcto.

Han pasado noventa años.

También vivimos una transformación. Inteligencia artificial, ingeniería genética, algoritmos que nos conocen; máquinas que escriben, calculan, diagnostican y comienzan a tomar decisiones.

No hay que temerles. Hay que utilizarlas. Pero para llegar más lejos, no para evitar el camino.

 

Si una máquina resuelve en diez minutos lo que antes llevaba dos horas, la conquista no consiste en ahorrar esfuerzo, sino en preguntarnos qué problema más difícil podemos resolver ahora.

Pobreza, ignorancia, enfermedad, violencia y desigualdad siguen ahí. Tenemos instrumentos inimaginables. Nuestros retos deberían ser también mayores.

El progreso material sólo adquiere sentido acompañado por el progreso humano.

Sin embargo, queremos respuestas antes de formular las preguntas. Información sin buscarla. Conocimiento sin estudiarlo. Resultados sin recorrer el camino.

El esfuerzo ha sido uno de los motores del progreso. Y también del nuestro.

Primero delegamos el esfuerzo físico. Después la memoria. Ahora podemos delegar el razonamiento. Mañana quizá la decisión.

No será necesario que la inteligencia artificial conquiste a la humanidad. Bastará con que resulte más cómodo dejar que decida por nosotros.

Por eso debemos educar a nuestros hijos y nietos para pensar, dudar, comprobar, disentir, esforzarse; distinguir información de propaganda, patriotismo de nacionalismo, liderazgo de culto personal, autoridad de autoritarismo. Incluso para cuestionarnos a nosotros.

También necesitamos instituciones capaces de limitar el poder. Quienes pretenden extenderlo rara vez anuncian que vienen a quitarnos la libertad. Dicen proteger la patria, el pueblo, la seguridad o la justicia social. Las palabras cambian; el mecanismo merece vigilancia: dividir, señalar adversarios, sustituir argumentos por consignas y debilitar contrapesos.

Pero ningún autoritarismo se construye únicamente desde arriba.

Necesita silencios abajo.

También el nuestro, cuando sabemos que algo está mal y preferimos no incomodarnos.

Probablemente nunca tendremos delante un general y un Paraninfo enardecido. Pero todos tendremos nuestro pequeño Paraninfo: una mentira que nos convenga creer; una injusticia que no nos afecte; una verdad incómoda; una autoridad a la que temamos contradecir; algo que sabemos que debemos hacer y no hacemos por miedo.

Ese será nuestro Paraninfo.

Ahí tendremos que decidir.

Wells imaginó a los Eloi: seres frágiles, habitantes de un mundo extraordinario construido por otros, incapaces de comprenderlo y sostenerlo.

No estamos condenados a serlo. Pero podemos.

 

La tecnología puede ayudarnos a aprender, investigar, combatir enfermedades, educar mejor y superar la pobreza.

La máquina no decide cuál camino tomaremos.

Nosotros sí.

Cada generación recibe un mundo y entrega otro que ayudó a construir. Lo hacemos con nuestras decisiones y silencios; con lo que enseñamos; con las libertades que defendemos y las que dejamos perder; con la tecnología que utilizamos para llegar más lejos y aquella a la que permitimos pensar y decidir por nosotros.

El futuro no llegará algún día para preguntarnos qué queremos.

Ya lo estamos construyendo.

¿A dónde vamos?

¿En qué nos convertimos?

¿Qué estamos haciendo con esto a lo que llamamos humanidad?

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