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Martina

  • octubre 11, 2026
  • 8:41 am

EL FARO

FRANCISCO DE ASÍS

 

Me encontré a mi amigo Sergio en el supermercado. Bueno, creo que sería más justo decir que él me encontró a mí. Vi a un hombre que se dirigía con paso firme hacia donde yo estaba. No lo reconocí de inmediato; no estaba acostumbrado a verlo con barba.
—¡Quihúbole, cabrón! —Me saludó efusivamente.
Entonces lo reconocí. Nos dimos un abrazo y, después de intercambiar algunas frases de cortesía, me dijo:
—Oye, tengo prisa, necesito atender un asunto, pero me gustaría mucho platicar contigo. ¿Qué te parece si el jueves desayunamos juntos?

—¡Claro! ¿Dónde te gustaría que nos viéramos?
—En mi casa —contestó, sorprendiéndome un poco—. ¿Te parece a las ocho y media?
—Perfecto.
El jueves, a las ocho y media en punto, estaba tocando a su puerta. Sergio me recibió y me condujo al comedor.

Sobre la mesa había fruta, pan, huevos revueltos con jamón, frijoles con chorizo y otras viandas.
Nos sentamos y apareció la señora que les ayudaba con los quehaceres de la casa.
Era una mujer de cuarenta y tantos años, atractiva, de bonita figura y piel tersa, morena, del color de la canela. Su rostro tenía una expresión adusta que contrastaba con la suavidad de sus facciones. Se acercó a dejar algo sobre la mesa y regresó a la cocina.

—Mmmm… Ya huele a café. Y, si me apuras, hasta un poco a canela —comenté.
Sergio me miró, volvió la vista hacia la cocina y, bajando la voz, me dijo:
—No, no es el café. Es ella.
Lo miré sorprendido. Sergio hizo un gesto para que pusiera atención y llamó:
—¡Martina!
—Dígame, señor —respondió ella, asomándose por la puerta.
—¿Ya hay café?
—Todavía no, señor. Lo estoy poniendo, pero en diez minutos estará.
Y desapareció nuevamente en la cocina.
—¿Ves? —me dijo Sergio—. Así huele ella.

En ese momento, Lucinda, su esposa, llegó y se incorporó a la conversación.
—Le estoy diciendo a Fernando que ese olor a café que percibe es el de Martina —le explicó Sergio.
—Pero no huele solamente a café —intervine—. También huele a canela.
—Y a chocolate —agregó Lucinda—. Pero cállense, que no tarda en regresar.
Martina apareció con la jarra de café, leche y azúcar.

—Ya está todo, Martina —le dijo Lucinda—. Puedes irte al compromiso que tienes en la escuela de tus hijos.
La mujer entró apresuradamente a la cocina y salió con su bolso.
—Al ratito vengo, señora. En cuanto termine el trámite me regreso.
—Sí, no te apures.
Y se marchó.
—Oigan, ¿y ese aroma? —pregunté—. ¿Es algún perfume? ¿Tiene que ver con lo que prepara aquí?
—No sabemos —contestó Sergio, mientras Lucinda asentía con la cabeza—. Es un misterio que no hemos podido desentrañar.
—Es una guerrera —comentó Lucinda.
—Tiene tres hijos que van a la escuela. Después de terminar su jornada aquí, todavía trabaja tres o cuatro horas en otras casas, unas tres veces por semana. No sé de dónde saca tantas fuerzas.
—¡Ah, caray! ¿Y no tiene marido?

—Sí, pero lo corrió de la casa —respondió Sergio—. Era un borracho y golpeador. La maltrataba constantemente, hasta que un día sucedió algo terrible.
Hizo una pausa.
—El hombre la golpeaba cuando intervino el hijo mayor para defenderla. Entonces dejó a Martina y se fue contra el muchacho. Lo sujetó del cuello y comenzó a estrangularlo.
—Dice Martina que, cuando consiguió incorporarse, su hijo ya estaba cambiando de color —intervino Lucinda—. No sé de dónde sacó fuerzas, pero logró quitárselo de encima.

—Y, así como la viste, chaparrita, lo sacó de la casa. Le advirtió que, si regresaba, lo acusaría con unos tipos de mala calaña que lo andaban buscando. Desde entonces no ha vuelto a vivir con ellos.
—¿Lo denunció? —pregunté.

—Varias veces —contestó Sergio—. Pero no ha pasado nada. Ya ves qué autoridades tenemos.
—De cualquier manera, Martina lo sigue buscando para exigirle dinero para sus hijos —agregó Lucinda—. No le da lo suficiente, pero algo consigue sacarle.
Me quedé pensando en aquella mujer que apenas había visto durante unos instantes.
—Es una señora atractiva, todavía joven —comenté—. ¿No habrá pensado en rehacer su vida? Quizá encuentre a alguien que quiera compartir con ella las responsabilidades y ayudarla económicamente.
Lucinda sonrió ligeramente.

—Pretendientes no le faltan. Incluso dos amigos de Sergio, de buena posición económica, han querido acercarse a ella. Pero no les ha dado oportunidad.
—¿Y por qué?
—Una vez se lo pregunté. Me miró muy seria y me contestó: «No es tiempo».
—¿Eso fue todo?
—Eso fue todo. Y no hubo manera de hacerla cambiar de opinión.
Al terminar el desayuno, agradecí sus atenciones y, antes de despedirme, los comprometí a desayunar próximamente en mi casa para corresponderles.

Salí con un sentimiento de frustración al pensar en Martina y en tantas mujeres como ella, que enfrentan solas las dificultades de una sociedad que les exige todo y les ofrece tan poco.
Recordé sus palabras: «No es tiempo».
Seguí caminando. Aquel aroma a café, chocolate y canela seguía conmigo.
Se me había quedado en el alma.

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