Por Alejandro Rosales Lugo
Expreso-La Razón
Como el caracol que envuelve su cuerpo en sus babas para construir su casa, el artista teje su cuerpo para hacer y ser el espacio de su poética.
Se construye en el aire y se solidifica en el tiempo.
La obra se construye en la mente y se fragua en la imaginación.
Y esta adquiere su cuerpo por la forma, pensada o no, sigue su trayecto al espectador que comparte este goce, el privilegio de ver y tocar.
Se respira el espacio, agarran aire los pulmones y el artista canta y se expresa con las manos y los ojos del corazón, manos de pinceles que llevan el amor.
Hablo de mí mismo, del espacio vital de mi trabajo en estos largos años.
Contiene un poco la vanidad del artista, los egos encontrados, pero también el ser y la manera de ser.
Hablar de sí mismo es como acercarme a un espejo en el que mi condición de poeta y pintor se funde en una imagen única, intransferible, donde no renuncio a la disposición de amar a la vida y llevarla al artista plástico que hace poesía.
Reflejo que engaña y oculta mis vanidades y deseos, de un desnudo Narciso en las vetas del mercurio que espejea mi realidad.
Por muchos años me dibujo en mis “autorretratos” para celebrar mi cumpleaños y he combinado lo gráfico y la escritura como si tatuara mi cuerpo.
Con el agua y el viento que escurre por mi rostro. Han pasado los años y he dejado mi juventud regada por todos lados y mis manos de viejo se han solidificado con mis venas de sal. Siempre, desde muy joven, disfruté de las Hojas de hierba como un canto a la manera de Walt Whitman, en el que el paisaje recorre mis adentros, suspiros, el goce del amor y el erotismo atado a mi estética.
He hilvanado páginas que he bajado del árbol de las letras donde los perros han orinado y demarcado su territorio. Los perros que ladran en la noche, que aúllan como lobos a la luna que amanece en mis poemas.
Mi obra pictórica entraña a la poética, a una forma de hacer poesía “vitalista”. He pensado y escrito sobre este sujeto-objeto de la poesía como producto de lo concreto. Poesía pintada, erotismo calado en mi cuerpo, goce del arte que transfiere a la mujer mis obsesiones, mis deseos anónimos, la fuerza expresiva que arroja al espejo, que no es oval, y que a lo lejos se transforma en un ojo de cíclope que mira, que toca mi conciencia como se toca la piel que se va desvaneciendo con el tiempo.
La poesía que cruza mi obra plástica como un viento a ras de la yerba, yerba olorosa que deja el amor por esta existencia. Hoy, frente al espejo que parece que el tiempo vuelve opaco lentamente. Pero sigo diciendo “que el arte todolocura, todo locura…”





