El Faro/Francisco de Asis
La palabras nos ayudan a nombrar y a compartir formas de pensar, muchas veces, nos
dan pertenencia e identidad. Imagina el problema si no existiera el término “árbol” para
llamar a esa materia organizada: madera, celulosa, agua, carbono, minerales. También es
importante decir que, al ser una construcción y uso de carácter social, que se comparta
una misma palabra ni es siempre hablar de la misma idea.
Con esto en mente, dejemos claro de qué hablamos cuando nos referimos a “ismo”, un
sufijo que proviene etimológicamente del griego (-ismós = acción) y del latín (-ismus =
doctrina/condición), y su significado concreto proviene de la palabra (el verbo) que le
antecede.
Por lo tanto: ¿Capitalismo? ¿Comunismo? ¿Socialismo? O quizá, ¿anarquismo? Estoy
seguro de que has escuchado estos términos alguna vez. De manera general, son
sistemas de organización socioeconómica y política. Más allá de aburrirte con conceptos
abstractos, quiero que analicemos algo.
Muchas veces pensamos en los sistemas de organización como algo estático, alejado de
nosotros. Como si fueran estatuas en un museo: capitalismo por aquí, socialismo por allá,
y nosotros viendo desde la banca. Se debate si uno debe sustituir al otro. Pero si
pensamos en la palabra “organización”, podríamos volver al origen. Organizar no es solo
gobernar: es decidir juntos cómo vivimos. ¿Cómo nos queremos organizar? Esa es la
pregunta que haría en el barrio, en la colonia, en la ciudad, en el estado, en el país y en el
mundo.
Y es que nos tienen divididos en bandos: izquierda o derecha, ricos y pobres. Pero ¿quién
se beneficia de esa división? No lo pregunto para señalar a un enemigo oculto, sino para
notar algo: cuando toda la política se reduce a gritarnos desde trincheras, perdemos la
capacidad de preguntar por lo concreto. ¿Cómo se decide el presupuesto de la colonia?
¿Quién cuida el agua? ¿Cómo se organiza la seguridad? ¿Quién resuelve los conflictos?
¿Cómo se reparte el trabajo de cuidar? Esas preguntas no caben en una etiqueta. Y, sin
embargo, son las que tocan la vida diaria. Esas que no se cuentan, pero se viven, y
muchas veces, se sufren.
Me niego a creer que esto es todo lo que puede ofrecerme la única vida que tengo, sin
cuestionar y proponer. Querido lector (a), sé que probablemente la estés pasando lo que
muchos trabajadores a diario; frustración, ansiedad crónica, etc. Porque bueno, esa es la
realidad y debo aguantar, quizá un día sea feliz. Hay esperanza, y te digo firmemente que
la realidad que actualmente conoces puede cambiar. Pero cambiarla no es escoger un
bando y defenderlo como equipo de futbol, pues hacerlo precisamente sigue dividiendo.
Es algo más difícil y más fecundo: es organizarnos con propósito.
Los “ismos” son mapas, no territorios. Ningún sistema real ha existido en estado puro. El
capitalismo real tiene Estados, impuestos y regulaciones; el socialismo real tuvo
mercados y burocracias; las comunidades han experimentado formas de autogestión. La
historia muestra mezclas, no purezas. Por eso conviene usarlos como coordenadas para
leer conflictos, no como identidades para linchar. Una ideología sin organización es
sermón; una organización sin ideología es activismo sin rumbo. Se necesitan ambas, pero
la ideología debe ser brújula, no dogma.
Y aquí conviene recordar lo que ya dijimos: que compartir la palabra no garantiza
compartir la idea. Capitalismo, comunismo, socialismo y anarquismo no son términos
equivalentes. El primero es, sobre todo, un sistema económico; los otros tienen
dimensiones políticas y económicas distintas. No hace falta dar una clase, pero sí evitar
que las palabras se usen como piedras. Las etiquetas sirven para leer, no para sustituir el
análisis.
Y hay algo que la división izquierda/derecha sigue siendo útil para ver: quién concentra el
poder, quién concentra la riqueza, quién paga los costos. El problema no es tener
coordenadas. El problema es creer que el mapa es el territorio. Cuando la identidad
política se vuelve lo más importante, dejamos de preguntar por vivienda, salario, salud,
seguridad, cuidado, corrupción. Y entonces la división nos gana.
La organización no solo es nacional. Empieza en lo cotidiano: cómo se decide el
presupuesto de la colonia, cómo se cuida el agua, cómo se organiza la seguridad, cómo
se resuelven conflictos, cómo se reparte el trabajo de cuidar. Y se conecta con lo estatal y
lo global. Cambiar la realidad no es solo “querer”. Implica disputar poder, construir
instituciones, exigir transparencia, crear cooperativas, participar en presupuestos,
organizarse sindicalmente. La buena voluntad sin poder se queda en deseo; el poder sin
ética se vuelve abuso.
La única vida que tengo no cabe en una etiqueta. Una organización social se justifica si
mejora la vida concreta de las personas, no si cumple un manual abstracto. No se trata de
sacrificar la dignidad presente por utopías lejanas, ni de aceptar la resignación como
realismo. Se trata de construir dignidad aquí y ahora, con los ojos puestos en lo que
viene.
Por eso, no se trata de escoger bando, sino de construir brújula. No se trata de negar la
utilidad de las ideologías, sino de evitar que las etiquetas sustituyan el análisis. No se
trata de decir que “todos somos iguales”, sino de preguntar quién gana con que sigamos
peleando por lo mismo.
La realidad que actualmente conoces puede cambiar. No tienes que hacer nada concreto,
solo saberlo.
Gracias por leerme y te invito a dejar tu opinión.





