INDICADOR POLITICO/Carlos Ramírez
Cualquiera que sea el resultado electoral consolidado de ayer martes en Estados Unidos (esta
columna se escribe en la víspera), la percepción equivocada en sectores mexicanos no pudo
modificarse: la incomprensión a estas alturas del partido de lo que representa el imperio
estadounidense como caracterización no personalizada sino de dominación institucional del
aparato del poder.
La agenda atrabancada de Donald Trump varió en muy poco del viejo desdén demócrata que
nunca quiso entender la lógica del Tratado comercial para tratar de convertir a México en una
potencia media que fortaleciera al capitalismo del dólar. Y conformarse con la subordinación y
dependencia.
En este contexto, el resultado electoral no modificará el enfoque del presidente Trump y a la
relación bilateral le quedarán dos largos y agresivos años por delante porque toda la
expectativa de la 4T se redujo sólo a que Trump perdiera no sólo a las elecciones sino el poder
absoluto de la Presidencia y algún ángel caído del cielo destruyera todas las habitaciones
secretas de la Casa Blanca para decidir una nueva relación generosa con México.
Sea reconocida con votos o no, la victoria política bilateral de Trump se centró en un tema que
preocupa a republicanos y demócratas: el fortalecimiento político de los cárteles del
narcotráfico y sus derivaciones en otras especialidades del crimen organizado por la decisión
del sexenio mexicano anterior de optar por la gobernanza criminal que ni bajó las cifras de
violencia ni le regresó el territorio expropiado a la soberanía territorial del Estado mexicano y en
todo caso aumentó el poder de la delincuencia por la captura de la política.
Las agresiones de Trump en el tema de la narcopolítica o el narcoestado en México se
asumieron como una violación de la soberanía de la patria, pero en las estructuras de decisión
de seguridad nacional de Estados Unidos tienen claro que el crimen organizado sigue
controlando no sólo la producción local y exportación de droga a territorio americano, sino que
ya está dominando estructuras políticas y de gobierno.
A Estados Unidos no le preocupa la producción de droga en México y el contrabando hacia
territorio americano, sino que su principal desasosiego radica en el hecho de que un grupo de
poder criminal, con armamento procedente de EU y con recursos económicos
inconmensurables ya domina al Estado mexicano y las señales de alarma sorprendieron en los
tableros de los llamados mexican desk –oficinas de seguimiento de la política mexicana en la
comunidad la inteligencia y seguridad nacional– por la interrelación creciente entre los
cárteles con los intereses geopolíticos de China y Rusia.
La estrategia de Estados Unidos hacia México ha sido la misma desde el año de 1969 cuando
el presidente Richard Nixon tomó las primeras decisiones de confrontación contra México como
país fabricante y contrabandista de droga con la famosa Operación Intercepción en la frontera
del suroeste californiano. La gran victoria política de Trump fue lograr la sensibilización de la
comunidad política y de poder de EU sobre el peligro del narcotráfico y los cárteles mexicanos
para la seguridad nacional estadounidense, y ahí está como prueba contundente la decisión
de Trump de decretar a los cárteles del narcotráfico como organizaciones terroristas de
seguridad nacional.
Los gobiernos de la 4T tuvieron enfrente la necesidad de un replanteamiento integral de la
relación geopolítica y de seguridad nacional mutua con Estados Unidos, pero prevaleció el
criterio aldeano del lopezobradorismo de ver a su vecino del norte como un conquistador
expansionista. El conflicto derivado de la solicitud de arresto con fines de extradición del
gobernador sinaloense Rubén Rocha Moya y la crisis política provocada por la cancelación de
visas de importantes funcionarios mexicanos no es sólo capricho de Trump sino una estrategia
de seguridad nacional del aparato de poder estadounidense.
La otra gran victoria de Trump fue la de reorganizar de manera activa y mal que bien a la
derecha radical que representa los intereses de denominación geopolítica, comercial y
monetaria de EU y extender este enfoque con el apoyo a gobiernos conservadores en América
Latina y el Caribe, mientras que los gobiernos demócratas se olvidaron del continente
americano y permitieron un ciclo populista que se convirtió más en una carga para Washington
que en una amenaza geopolítica.
Trump tendrá todavía dos años de presidencia absolutista y su verdadera batalla ya la
comenzó con el fortalecimiento de sus principales precandidatos presidenciales para el
siguiente periodo de gobierno, sobre todo del secretario de Estado Marco Rubio.
Y México se atrincheró en modo aldeano en el geopolítica interior minimalista.
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Política para dummies: la política es la disputa por el poder absolutista y el control del planeta.
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