Razones/Martha Irene Herrera
Una buena noticia para la educación en México, especialmente en el nivel básico, es la destitución de Max Arriaga, quien durante el sexenio de Andrés Manuel López Obrador se desempeñó como Director General de Materiales Educativos de la Secretaría de Educación Pública.
Arriaga, con trayectoria en proyectos culturales y en la Dirección de Bibliotecas Públicas, cobró notoriedad al encabezar el rediseño de los libros de texto gratuitos. Lo que se presentó como una actualización pedagógica terminó convirtiéndose en una de las polémicas más intensas que haya enfrentado la educación básica en los últimos años.
La discusión no se centró en la desaparición de libros, sino en su reestructuración y en la modificación profunda de contenidos bajo el argumento de alinearlos a la Nueva Escuela Mexicana. Sin embargo, el proceso estuvo marcado por cuestionamientos desde el inicio. Se eliminaron temas que durante décadas formaron a generaciones de estudiantes y los nuevos materiales exhibieron errores ortográficos, fallas de impresión e inconsistencias conceptuales.
Padres de familia, académicos y especialistas advirtieron sobre el riesgo de incorporar visiones ideológicas por encima de criterios estrictamente educativos. La ausencia de una consulta amplia con docentes y expertos, así como la implementación acelerada de un modelo pedagógico controversial, debilitó la confianza en el proyecto.
El resultado fue una crisis innecesaria: amparos, suspensiones judiciales y un clima de confrontación en varios estados del país. Más allá del debate político, quedó claro que la elaboración de libros de texto exige rigor técnico, claridad metodológica y apertura al diálogo. Cuando estos elementos faltan, la innovación deja de ser avance y se convierte en retroceso.
El caso no es aislado. En distintos niveles de gobierno, en nombre del cambio, se alteran estructuras que funcionaban sin contar siempre con el sustento suficiente. La tentación de reinventar todo puede resultar atractiva en el discurso, pero en la práctica implica riesgos cuando se trata de áreas sensibles como la educación.
La salida de Arriaga abre una oportunidad para corregir el rumbo, reconstruir la confianza con la comunidad educativa y priorizar la calidad por encima de cualquier agenda. Porque los libros escolares no son simples instrumentos administrativos: son herramientas formativas que influyen en la manera en que niñas y niños entienden su país y su entorno.
Innovar no es destruir lo anterior, sino mejorar con responsabilidad. En educación, cada decisión deja huella. Y esa huella, para bien o para mal, acompaña a generaciones enteras.
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