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El embargo

  • febrero 19, 2026
  • 6:46 am

El Faro/ Francisco de Asís

Elena cerró la puerta con cuidado, como si el ruido pudiera empeorar la situación. En la sala, René la esperaba sentado al filo del sillón, con los codos sobre las rodillas y las manos entrelazadas. No había encendido la televisión. El silencio pesaba más que cualquier palabra.

Hacía año y medio que Salomón les había prestado el dinero. Doscientos mil pesos que en aquel momento parecieron un salvavidas. La empresa estaba asfixiada por una auditoría y tuvieron que pagar impuestos atrasados para no perderlo todo. Firmaron un pagaré. Ambos. Y, como garantía, dejaron la casa.

Durante meses cumplieron puntualmente con los intereses. Eran altos, abusivos incluso, pero pagables. Hasta que el negocio comenzó a flaquear otra vez. Tres meses sin cubrir intereses bastaron para que la maquinaria se pusiera en marcha.

Un actuario llegó con la notificación: embargo precautorio.

Desde entonces, la casa ya no se sentía igual.

—¿Cómo te fue? —preguntó René sin levantarse.

Elena dejó el bolso sobre la mesa de centro.

—Me recibió. Eso ya es algo.

—¿Y?

—No piensa desistir del embargo.

René cerró los ojos un instante.

—No puede quitarnos la casa por una deuda que no llega ni al diez por ciento de su valor.

—Puede —respondió ella con serenidad amarga—. Ya tiene todo listo. Dice que el juicio es un trámite.

René golpeó suavemente el reposabrazos.

—Siempre le pagamos. Siempre.

 

—Se lo recordé. Le hablé del negocio, de la auditoría, de que el préstamo fue para salvar la empresa. Le dije que nos conocía desde hace años, que jamás le habíamos fallado.

—¿Y?

—Dijo que eso no cambia los números.

El silencio volvió a instalarse entre los dos.

—Pero mencionaste que había una posibilidad —insistió René—. Dijiste que ofreció una salida.

Elena lo miró fijamente, sosteniéndole la mirada unos segundos más de lo habitual.

—Sí. Ofreció una forma de arreglarnos… sin dinero.

René frunció el ceño.

—Explícate.

Elena respiró hondo.

—No lo dijo directamente. Pero fue claro. Me dijo: “Elenita, ustedes son buena gente. Yo no quiero perjudicarlos. Tal vez podamos compensar de otra manera”.

René se incorporó.

—¿Otra manera cómo?

—Con un favor.

La palabra quedó flotando en el aire.

René tardó en entender. Cuando lo hizo, abrió los ojos con incredulidad.

—¿Te pidió…?

—No lo hizo claramente con palabras. Pero sí.

René comenzó a caminar por la sala y a pensar en voz alta.

—Siendo fríos… sería solo un encuentro. Algo desagradable, sí, pero un episodio aislado. Nos quitaríamos esta losa de encima. La casa quedaría libre. El negocio tendría margen para recuperarse.

Elena lo miró en silencio.

 

—No cambiaría lo que somos —continuó él, intentando convencerse—. Es un sacrificio práctico. Nada más físico. Nada sentimental.

—Yo también pensé eso —irrumpió ella con calma en su pensamiento—. Pensé que, si era la única salida, podía soportarse.

René asintió lentamente.

—Lo importante es que salgamos adelante. Después de todo, sería solo… una vez.

Elena tomó el bolso, lo abrió con parsimonia y sacó una tarjeta magnética con el logotipo discreto de un hotel. La colocó sobre la mesa.

René la observó con una mezcla de alivio y culpa.

—¿Entonces…?

—Sí. Acepté. Te conozco demasiado bien. Sabía que terminarías viendo la conveniencia del trato.

René cerró los ojos un instante.

—No me gusta. Pero era lo más inteligente.

Elena empujó la tarjeta hacia él.

—Hay una habitación reservada.

—¿Para cuándo? —preguntó él, aún sin entender del todo.

—Para ahora.

René levantó la mirada.

—¿Ahora?

Elena asintió.

De pronto una sombra de inquietud cruzó el rostro de René.

—¿Qué quieres decir?

Ella no apartó los ojos de los suyos. Respiró despacio y dijo:

—A Salomón no le interesan las mujeres.

El silencio cayó como un golpe.

René tardó en reaccionar. En un instante intentó protestar. No era eso lo que había entendido. Se sintió ofendido. En su mente, era Elena quien iba a cumplir el trato.

Pero la indignación comenzó a desmoronarse casi de inmediato.

Se vio a sí mismo, minutos antes, haciendo el mismo cálculo frío con el que ahora pretendía defenderse.

Era solo un encuentro. Algo físico. Un sacrificio práctico.

Miró la tarjeta sobre la mesa y, al tomarla, caminó hacia la puerta con paso lento, como si el suelo se hubiera vuelto denso bajo sus pies.

Caminaba casi arrastrándolos, vencido por una certeza que le había caído encima sin aviso, era la marcha del condenado que acepta su sentencia y se dirige al cadalso.

Atrás quedó Elena.

En ese instante comprendió que aquello estaba muy lejos de ser “solo una vez… nada más físico”.

 

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