Opinión Económica y Política/Jorge A. Lera Mejía
El patrón de crecimiento del PIB por sexenio muestra una clara tendencia descendente desde
los gobiernos neoliberales hasta los gobiernos de Morena, evidenciando un estancamiento
estructural que ya rebasa coyunturas específicas como crisis financieras o la pandemia. Esta
trayectoria obliga a replantear de fondo el modelo de desarrollo y la gobernanza económica,
más allá de la simple alternancia partidista.
Diversas estimaciones con base en INEGI y análisis de especialistas sitúan los promedios
anuales de crecimiento del PIB aproximadamente en: Salinas 3.9–4.0%, Zedillo 3.2–3.5%, Fox
alrededor de 2.0–2.2%, Calderón cerca de 1.8–1.9%, y Peña Nieto alrededor de 2.2–2.4%. Con
López Obrador, el promedio anual se ubica en un rango cercano a 0.8–1.1%, constituyendo el
peor desempeño en al menos seis sexenios, fuertemente afectado por la recesión previa y el
colapso sanitario de 2020.
Esta caída no puede explicarse solo por la pandemia, ya que cuatro de los últimos cinco
sexenios también enfrentaron recesiones internas o externas (1994–95, 2001, 2009), y aun así
mantuvieron tasas cercanas o superiores a 2%. Más bien se observa un círculo vicioso de baja
inversión, productividad estancada, informalidad persistente y deterioro institucional que ha ido
reduciendo la capacidad de crecimiento de la economía mexicana.
El sexenio de López Obrador apostó a la austeridad, la recentralización del poder y la
expansión de programas sociales, sacrificando inversión pública productiva, certidumbre
regulatoria y capacidad técnica del Estado. Esto se tradujo en menor dinamismo de la inversión
fija, salida de capital privado en sectores estratégicos (energía, infraestructura) y un uso
fiscalmente costoso de empresas públicas con resultados productivos limitados.
La herencia que recibe el gobierno de Claudia Sheinbaum es, por tanto, la de una economía
con bajo crecimiento tendencial, márgenes fiscales estrechos, menor producción petrolera y
mayores rezagos en salud, empleo formal y seguridad. En este contexto, un arranque sexenal
en torno a 0.7% de crecimiento promedio refuerza la percepción de continuidad de un modelo
que privilegia el control político sobre la eficiencia económica y la competitividad de largo plazo.
Para romper la inercia de crecimiento mediocre, se requieren al menos cinco virajes
estratégicos.
Primero, reconstruir la confianza en reglas del juego estables, fortaleciendo el Estado de
derecho, la autonomía de reguladores y la certidumbre en contratos, en particular en energía,
infraestructura y nearshoring.
Segundo, relanzar una política de inversión pública y privada complementaria, orientada a
logística, puertos, corredores industriales y transición energética, con criterios técnicos y no
clientelares.
Tercero, articular una política industrial y regional que vincule a pymes, cadenas exportadoras y
economía del conocimiento, cerrando brechas entre norte, centro y sur-sureste.
Cuarto, apostar por capital humano: educación media y superior pertinente, salud y cuidados
como plataforma de productividad, no solo como gasto social. Quinto, establecer una
gobernanza económica basada en evidencia, transparencia y evaluación, que convierta los
programas sociales en verdaderas palancas de movilidad social y no solo de contención de la
pobreza.





