El Faro/ Francisco de Asís
El pitcher de los Dodgers tomaba la señal del cátcher. El estadio guardaba ese silencio que
antecede a cada lanzamiento. De pronto, desde una de las tribunas, estalló un grito.
—¡¡Goooool!!
Un aficionado con la camiseta de la Selección Mexicana acababa de ver en su celular cómo
Julián Quiñones marcaba frente a Ecuador. Durante unos segundos, el partido de béisbol dejó
de importar. En aquellas butacas del estadio, Houston se convirtió en un pequeño pedazo de
México.
La Selección acababa de dar un paso más hacia ese sueño largamente acariciado por millones
de mexicanos.
Hasta ahora, el equipo ha tenido un Mundial perfecto. Ha ganado todos sus partidos, no ha
recibido un solo gol y, sobre todo, ha roto esa vieja costumbre nacional de vivir instalados en el
“ya merito”. Esta vez no fue una ilusión. Esta vez ocurrió.
Juan Villoro escribió alguna vez que México es “un país donde las ilusiones suelen ser más
importantes que las realidades”. Quizá por eso la afición hizo suyo un grito tan sencillo como
poderoso: “¿Y si sí?”. Era una pregunta cargada de dudas, pero también de esperanza. Hoy
dejó de ser pregunta para convertirse en respuesta.
Las calles se llenaron de gente. Los reportes hablan de cientos de miles de personas
celebrando tan sólo en la Ciudad de México. En plazas, restaurantes, aeropuertos y parques
aparecieron abrazos entre desconocidos. Durante unas horas desaparecieron las diferencias
políticas, las ideologías y las discusiones que todos los días nos dividen. Sólo existía un
nosotros.
Los mexicanos tenemos una extraordinaria capacidad para encontrar motivos para seguir
adelante, incluso cuando la realidad insiste en golpearnos. Quizá por eso también ocurrió algo
que llamó la atención del mundo: nuestros aficionados arroparon a los seguidores de Irán,
intentando regalarles un poco de calor humano frente a las circunstancias que viven en su país.
Somos un pueblo que, aun en medio de sus propias dificultades, conserva la capacidad de
tender la mano.
Hace tiempo que muchas instituciones dejaron de ser espacios de encuentro. La política divide.
La discusión pública enfrenta. La desconfianza crece. En cambio, cuando juega la Selección
ocurre algo difícil de explicar: desaparecen las etiquetas y vuelve a aparecer el país.
Nadie puede regatearle al “Vasco” Aguirre el trabajo realizado. Sus decisiones fueron
cuestionadas al principio, pero los resultados terminaron respondiendo por él.
¿Quién podría poner en duda el compromiso de Julián Quiñones, mexicano por elección,
después de verlo dejar el alma en cada jugada y abrir el camino del triunfo frente a Ecuador?
¿Y quién se atrevería a decirle a Gilberto Mora que, con apenas diecisiete años, no estaba listo
para un Mundial? Hay futbolistas que acumulan experiencia con los años. Él la demostró
teniendo el balón en los pies, asumiendo responsabilidades que parecían reservadas para
veteranos.
Ahora viene Inglaterra. Si México consigue avanzar, seguramente aparecerán quienes quieran
convertir a estos jugadores en héroes nacionales.
Y quizá tengan razón.
Porque los héroes no siempre son quienes cambian la historia. A veces son quienes consiguen
devolverle la esperanza a un país entero.
Mañana volverán las noticias de siempre. La violencia seguirá ahí. Las madres buscadoras
continuarán recorriendo caminos imposibles. La economía seguirá enfrentando enormes
desafíos. Regresarán las negociaciones comerciales, las discusiones políticas y las
preocupaciones que hoy, por unas horas, quedaron en pausa.
Nada de eso habrá desaparecido.
Pero tampoco desaparecerá lo que millones de mexicanos sintieron estos días.
La alegría también es una forma de resistencia.
Después de tantos años escuchando el “ya merito”, hoy podemos decir: “aquí estamos”.
Mañana volverá la realidad. Nunca se ha ido. Pero hoy millones de mexicanos necesitan algo
distinto: una razón para abrazarse.
Hoy hay que celebrar.
La realidad puede esperar.





