Arca de Noé/Pedro Alfonso García
Descubrí el mundo de Roblox de manera casual, viendo jugar a los hijos de una familia cercana. Pregunté de qué se trataba y me explicaron que ahí convivían y jugaban con amigos —a veces con niños que no conocían—, y que dentro de esa plataforma armaban su propia realidad: la que los hacía reír y hasta la que usaban para enterarse de lo que pasaba en la escuela. Un mundo paralelo, un metaverso a escala infantil.
Algo parecido, aunque sin la inocencia del juego, ocurre en la política de Tamaulipas. Ahí también los aspirantes arman su propio mundo: virtudes inventadas, popularidad de escritorio, una cercanía con el poder que solo existe en su cabeza, convencidos de que los tamaulipecos ansían ser gobernados por ellos y de que la gran electora ya los ve como la salvación del noreste. Bienvenidos al pequeño Roblox tamaulipeco.
En Tamaulipas también hay una fila larga de jugadores de ese Roblox político: Carmen Lilia Cantú Rosas, Olga Sosa, Maki Ortiz, José Ramón Gómez Leal, César Verástegui, Chucho Nader, Carlos Peña, Adrián Oseguera e Ismael García Cabeza de Vaca, cada quien con su versión del estado y su manera de contarla en redes. Algunos publican desde el cargo que ya ocupan; otros apuestan todo a la marca personal, aunque también hay quien todavía confía más en la estructura territorial que en la oficina digital.
Tener redes o pagar encuestas no tiene nada de malo. El problema es la trampa en la que ambas cosas terminan cayendo solas: ya hay empresas recorriendo el estado, municipio por municipio, midiendo a alcaldes y aspirantes, y ese negocio, según ha contado la prensa local, se vende al mejor postor sin que ninguna autoridad electoral lleve la cuenta.
Un análisis del Signa Lab del ITESO sobre las elecciones de 2021 encontró en Ciudad Victoria, Reynosa y Tampico cuentas que publicaban en ventanas de menos de veinte minutos, creadas apenas noventa días antes y activas sobre todo entre las once de la noche y la una de la madrugada, horario típico de quien administra varias cuentas fuera de su trabajo de día.
En la publicidad pagada se delata, además, algo más que la búsqueda de popularidad: el ego también se alimenta ahí. Los registros de transparencia de Meta para finales de 2024 e inicios de 2025 ubican, entre los políticos tamaulipecos con mayor gasto en anuncios, a Adrián Oseguera, Carlos Peña, José Ramón Gómez Leal, Maki Ortiz e Ismael García Cabeza de Vaca.
El mismo aparato que sirve para presumir también sirve para golpear: cuentas recién creadas que se activan a la misma hora y repiten, casi al pie de la letra, un mensaje idéntico contra el rival. En Tamaulipas esos golpes han caído, sobre todo, en la alcaldesa de Nuevo Laredo, Carmen Lilia Cantú Rosas, y en la senadora Olga Sosa.
Ambas comparten presidium y sonrisa en cuanto acto de Morena las junta con otros dirigentes; fuera de esas fotos protocolarias, la relación se percibe distante, y esa distancia se ha profundizado en los últimos meses al ritmo en que arrecian los golpes anónimos entre sus estructuras digitales.
Nada de esto es nuevo: en tiempos del tapado ya existía un círculo cerrado que le aseguraba al aspirante que era el elegido, hasta que el destape llegaba como un golpe de realidad para quien se había creído sus propias porras. Lo que cambió fue el tamaño del círculo, que ahora cabe en un celular que no se apaga ni de noche.
Las cifras solas engañan: un seguidor puede no votar nunca, y un comentario tanto puede ser aplauso como coraje o burla pura. Hasta una tendencia puede mezclar, sin que se note la costura, ciudadanos reales con estructura de partido, publicidad pagada y cuentas que ninguna persona de carne y hueso ha tocado.
Las urnas no dejan tanto espacio para la duda. El elector puede contestar una encuesta de un modo y comentar en redes de otro muy distinto, pero el día de la votación solo marca una casilla, y ahí se acaba la ficción: quedan nada más los votos, contados uno por uno.
La plaza llena solía ser la prueba de fuerza que de verdad contaba, aunque tampoco era garantía —el acarreo existía desde antes de Facebook— porque al menos exigía reunir gente y ocupar un espacio físico. Esa prueba ahora se fabrica con un clic, y la inteligencia artificial, abaratando textos y videos, hará cada vez más difícil distinguir el entusiasmo verdadero de la operación pagada.
El mayor riesgo no está en que un aspirante convenza a los demás de que es popular. Siempre hay un asesor capaz de encontrar una cifra que consuele, para justificar el informe de la semana, y si toda la información que le llega viene de gente interesada en tenerlo contento, el engaño crece, más aún si nadie se lo advierta a tiempo.





