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A las 7:19 horas del jueves 19 de septiembre de 1985, cuando la Ciudad de México salía rumbo al trabajo y la escuela, un sismo de magnitud 8.1 con origen frente a la costa de Michoacán, a casi 400 kilómetros, sacudió la capital cerca de dos minutos.
El suelo blando del antiguo lago amplificó las ondas, los edificios de seis a quince pisos entraron en resonancia y en el Centro, la Roma, la Doctores, Tlatelolco y la Morelos cayeron hospitales, hoteles, escuelas, talleres, oficinas y vecindades.
En el noticiario Hoy Mismo, la conductora Lourdes Guerrero pidió calma al aire mientras el estudio se mecía, segundos después la señal de Televisa se fue a negro, parte de sus instalaciones en avenida Chapultepec se había caído con personal dentro.
Sin televisión y con los teléfonos caídos, la ciudad se enteró de sí misma por la radio, Jacobo Zabludovsky recorrió el Centro en su automóvil y narró por el teléfono del coche, calle por calle, lo visto, el Hotel Regis en llamas, su empresa caída.
Porfirio Callejas, empleado de mantenimiento, pintaba esa mañana la antena de la Torre Latinoamericana y vivió el terremoto desde lo más alto de la ciudad, aferrado a una estructura que oscilaba, la torre resistió, abajo el Centro quedó en polvo.
En Tlatelolco, el edificio Nuevo León se desplomó frente a sus vecinos, Cuauhtémoc Abarca, residente de la unidad, relató el crujido, el estruendo y la nube de polvo que lo oscureció todo, “después, sólo quedó el silencio”, dijo al recordar ese día.
Los vecinos habían denunciado la inclinación del inmueble y una reparación que juzgaban deficiente, una manta con el reclamo colgaba de la fachada al caer, entre los escombros buscó a cuatro familiares el tenor Plácido Domingo, que organizó brigadas.
En la calzada San Antonio Abad, Antonio Solano, empleado bancario, vio desde su auto cómo se desplomaba una fábrica textil con las obreras del primer turno adentro, los edificios de los talleres quedaron aplastados losa sobre losa, sin huecos.
Las sobrevivientes contaron que en los días siguientes los patrones llegaron a sacar telas y máquinas antes que cuerpos, las estimaciones de costureras muertas van de 600 a mil 600, nunca hubo un padrón, muchos de esos talleres operaban sin registro.
La torre de hospitalización del Hospital Juárez cayó con pacientes, médicos y enfermeras, hubo derrumbes en el Hospital General y el Centro Médico, “fue mucho lo que perdimos en ese día”, resumió décadas después la enfermera Silvia Navarrete Camacho.
De esas ruinas salieron las historias que sostuvieron el ánimo de los rescatistas, recién nacidos hallados con vida tras varios días sin alimento ni agua, catorce según los recuentos del Juárez, a quienes la prensa llamó los niños del milagro.
En las primeras horas no hubo autoridad visible en los derrumbes, vecinos, estudiantes, obreros y oficinistas formaron cadenas para mover piedra a mano, organizaron tránsito, víveres y listas de desaparecidos, de ahí nació la brigada de los Topos.
La versión oficial sostiene que el presidente Miguel de la Madrid ordenó aplicar el Plan DN-III diez minutos después del sismo, los testimonios de la época coinciden en que la tropa acordonó las ruinas para resguardar bienes y tardó en ir al rescate.
De la Madrid sobrevoló la ciudad en helicóptero, recorrió zonas dañadas y reunió a su gabinete, ante los ofrecimientos del exterior respondió que México tenía recursos suficientes, “somos autosuficientes”, según la cita que recogió Elena Poniatowska.
El embajador en Washington dijo que el país saldría solo, el secretario de Gobernación, Manuel Bartlett, declaró que la situación estaba bajo control, y el regente Ramón Aguirre pidió a los voluntarios que volvieran a sus casas, según las crónicas.
La noche del viernes 20, a las 19:37 horas, una réplica de magnitud 7.5 derribó estructuras ya dañadas y sacó a la gente a dormir en parques y camellones, minutos después el presidente dio su primer mensaje televisado al país, a 36 horas del sismo.
La postura sobre la ayuda externa cambió en horas, llegaron brigadas con perros y sensores de Francia y Estados Unidos, entre otros países, mientras el parque de béisbol del Seguro Social se habilitaba como depósito de cientos de cadáveres.
No todo lo que se contó fue cierto, durante semanas la ciudad siguió la búsqueda de Monchito, un niño de apellido Navarrete supuestamente vivo bajo los escombros, los rescatistas desistieron el 11 de octubre, hallaron al abuelo, del niño, nada.
El conteo de muertos nunca se cerró, el gobierno reconoció entre 6 mil y 7 mil, el Registro Civil capitalino contabilizó 12 mil 843, la CEPAL estimó 26 mil y las organizaciones de damnificados hablaron de 35 mil, cuatro décadas después no hay cifra.
Los daños materiales también varían según la fuente, de 210 a más de 400 edificios colapsados, 30 mil viviendas destruidas y más de 60 mil dañadas, unos 30 mil heridos, cerca de 4 mil personas rescatadas con vida y de 150 mil a 250 mil damnificados.
La CEPAL calculó pérdidas por más de 4 mil millones de dólares, en un país que arrastraba la crisis de la deuda de 1982, con inflación alta y recortes al gasto, y que ocho meses después debía inaugurar en el Estadio Azteca el Mundial de futbol 1986.
Fuera de la capital el golpe fue menos visible, en Ciudad Guzmán, Jalisco, unas mil 600 viviendas quedaron destruidas y la catedral perdió sus torres, y en Lázaro Cárdenas y Zihuatanejo un tsunami levantó olas de 2.5 a 3 metros que inundaron hoteles.
Las consecuencias inmediatas se midieron en la calle, el 27 de septiembre los damnificados marcharon por primera vez a Los Pinos, y el 2 de octubre entregaron un pliego que pedía expropiar vecindades para impedir desalojos de los caseros.
El 11 de octubre el gobierno publicó el decreto que expropió más de 5 mil predios en las delegaciones Cuauhtémoc, Venustiano Carranza, Gustavo A. Madero y Benito Juárez, cifra que un segundo decreto redujo días después, tras reclamos de propietarios.
Tres días más tarde nació el programa Renovación Habitacional Popular, que entre 1986 y 1987 entregó más de 46 mil viviendas en los mismos barrios, y el 24 de octubre 28 organizaciones reunidas en Tlatelolco formaron la Coordinadora de Damnificados.
Las costureras instalaron un campamento en la calzada de Tlalpan y casi un mes después obtuvieron el registro del Sindicato 19 de Septiembre, con Evangelina Corona al frente, “nuestro sindicato surgió de los escombros”, diría ella, luego diputada.
En el mediano plazo el Estado rehízo su andamiaje, el 6 de mayo de 1986 decretó el Sistema Nacional de Protección Civil, en 1987 la capital endureció su reglamento de construcciones y el 20 de septiembre de 1988 nació el Cenapred, con apoyo de Japón.
De esa etapa viene el Sistema de Alerta Sísmica, en operación desde 1991, pensado para sismos de la costa del Pacífico, que tardan cerca de un minuto en llegar a la capital, margen que no existió en 2017, con el epicentro a 120 kilómetros.
El saldo político fue más lento, cronistas como Carlos Monsiváis vieron ahí la irrupción de la sociedad civil, las organizaciones de damnificados nutrieron a la oposición en la elección de 1988 y la capital eligió a su primer gobernante en 1997.
A largo plazo el 19 de septiembre se volvió rito cívico, Día Nacional de Protección Civil, bandera a media asta y simulacro, la ley general del ramo llegó en 2000, y la fecha volvió a probar al país con los sismos de 2017, de 369 muertos, y 2022.
Las lecciones no están saldadas, los balances sobre 2017 señalan edificios construidos o ampliados fuera de norma, supervisión irregular y una reconstrucción lenta, reclamos como los que en 1985 hicieron los vecinos del Nuevo León en una manta.
Este sábado, 41 años después, la alerta se programó a mediodía en más de 80 millones de celulares y la bandera amaneció a media asta en el Zócalo a las 7:19, la hora en que una ciudad se cayó y sus vecinos, antes que nadie, empezaron a levantarla.





