Faljoritmo
Jorge Faljo
México habría sido el principal afectado por la posible decisión de suspender las exportaciones de diésel de los Estados Unidos. No ocurrió, pero el calambre fue mayúsculo y merece reflexión.
A media semana el influyente senador Chuck Grassley señaló que el precio del combustible agobiaba a los agricultores de su estado, Iowa. El precio del diésel se ha elevado alrededor de un 85 por ciento en el último año y la solución que sugirió Grassley, al parecer apoyado por otros congresistas, fue prohibir su exportación para bajar el precio dentro de los Estados Unidos. Una solución que parecía sencilla y de sentido común.
Trump le tomó la palabra y dijo estar de acuerdo en suspender las exportaciones. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, dijo que la administración estaba considerando una prohibición total o parcial de la exportación de diésel.
El revuelo global fue importante. La primera plana de The Wall Street Journal del viernes 25 de septiembre dice que la Unión Europea fue sacudida por la amenaza de la prohibición. El portavoz de la Comisión Europea dijo que antes de tomar una medida de tal naturaleza esta debería consultarse con sus socios. Desde el embargo de la Unión Europea a los productos refinados rusos Europa es altamente dependiente de la energía norteamericana. En Australia se planteó el posible racionamiento del combustible en favor de los servicios esenciales y sectores críticos.
México habría sufrido un golpe mayúsculo dado que, según diversos analistas, compra 220 mil barriles de diésel cada día; cerca del 40 por ciento de sus requerimientos. Por otra parte la agencia Reuters reportó que a fines de julio Sheinbaum reprendió a su gabinete por caídas en la producción de gasolina (-13 por ciento) y diésel (-11 por ciento) que repercutieron en un incremento de las importaciones en el segundo trimestre de 2026.
La información es contradictoria. Ante la alarma inicial la presidenta declaró que México es autosuficiente en la producción de diésel. También dijo que México puede importar combustibles de la refinería Deer Park, en Texas, que es propiedad de PEMEX. Pero aun así, la prohibición habría impedido tales importaciones.
No se llegó a la prohibición de la exportación de diésel por el impacto nefasto que tendría en los Estados Unidos. Resulta que el país es al mismo tiempo exportador e importador de diésel y en el total es superavitario. El problema es que la producción se localiza en la costa del Golfo de México, particularmente en los estados de Texas y Luisiana. Pero el oeste se abastece de importaciones. No hay oleoductos que transporten el combustible hacia el oeste. Además la Ley Jones obliga a mover la carga entre puertos de EEUU en barcos estadounidenses que son caros y escasos, por lo que a las refinerías les resulta más barato exportar a México que mandar el diésel a California.
La prohibición de exportar el diésel haría que muy pronto se superara la capacidad de almacenamiento disponible en los estados productores y en ese caso se tendría que limitar la extracción y refinación tanto de diésel como de gasolinas. Es decir que no exportar reduciría la producción.
Quedan un par de lecciones. Una conocida es que Trump reacciona de manera improvisada, sin pensarlo mucho y sin suficiente información. La segunda es que en casos como este, donde se puede alegar escasez y un asunto de seguridad nacional, el TMEC no es protección adecuada.
El hecho es que la administración Trump se ha deslindado de la tradición del libre comercio e incluso puede manipular las reglas del comercio internacional a las que se ha comprometido. Operar, como acostumbra Trump, bajo el argumento de la seguridad nacional le ha permitido hacer y deshacer a su antojo.
Es tiempo de que México también priorice la seguridad nacional sobre consideraciones de costo – beneficio de corto plazo. En particular en rubros tales como energía, alimentación y otras autosuficiencias estratégicas.
Afortunadamente la amenaza que habría generado una catástrofe no se cumplió; pero la situación sigue siendo mala. El 23 de septiembre la muy prestigiada revista Foreign Affairs publicó un artículo señalando que la continuación del conflicto en Medio Oriente podría llevar el precio del petróleo a 150 o incluso 200 dólares el barril.
El gobierno de México está conteniendo el precio del diésel a un fuerte costo financiero en un momento en que la calificadora Moody’s advierte que, dado el bajo crecimiento de la economía en lo que va del sexenio, México requiere de un ajuste fiscal. Es decir, reducir su gasto o, lo que no dice, elevar su captación fiscal.
Un mayor precio del diésel impactaría negativamente, tanto el transporte de todo tipo de bienes, como la producción agrícola interna justo cuando existen riesgos de desabasto internacional. Un mayor precio del diésel afectaría la producción de exportación y la balanza agrícola, pero también la producción para el consumo nacional que no marcha bien. De acuerdo con el Grupo Consultor de Mercados Agrícolas en los primeros ocho meses de 2026 México incrementó en 6 por ciento sus importaciones de granos, en particular maíz amarillo y soya. Actualmente, según la misma fuente, México importa el 58 por ciento de los granos y oleaginosas que consume. La dependencia alcanza al 51 por ciento en maíz, 72 por ciento en trigo, 80 por ciento en arroz y 97 por ciento en soya.
Un peso más débil encarece el diésel importado y sube el costo fiscal del subsidio. Es lo que acaba de ocurrir dada la decisión de Banxico de no imitar a la Fed norteamericana y no elevar la tasa de interés. Eso redujo el diferencial de tasas que ha sido un importante factor en la atracción de capitales volátiles. La decisión tiene un costo pero es mejor que la política de peso fuerte a toda costa que daña los ingresos de los exportadores y de los receptores de remesas al tiempo que el peso fuerte, es decir el dólar barato, contribuye a reorientar el consumo nacional en favor de las importaciones.
No obstante hay que evitar una corrección abrupta y el mejor camino es una devaluación administrada, lenta, que fortalezca la competitividad internacional de las exportaciones mexicanas y la de los productores orientados al mercado interno frente a las importaciones de bienes de consumo. Lo que sería acompañado de medidas arancelarias como las que ya se empezaron a instrumentar en contra del exceso de importaciones dañinas al aparato productivo nacional.
Hay que abandonar la idea de solo esperar lo mejor. No nos vendría mal un poco de pesimismo y prepararnos para la adversidad. La perspectiva es que empeore el entorno de precios internacionales y frente a ello la estrategia globalizadora de las últimas décadas nos ha dejado en condición de fragilidad y riesgo. La mejor prevención es una estrategia de substitución de importaciones asegurando la rentabilidad de la producción agrícola y de la manufactura orientadas al consumo interno.
El comercio internacional ya no opera bajo las viejas reglas y es el momento de cambiar y priorizar criterios de seguridad nacional en aspectos estratégicos para el bienestar de la población.





