La Talacha/Francisco Cuéllar Cardona
Morena nació con una idea que cabía en unas cuantas palabras y exigía toda una forma de
gobernar: “No mentir, no robar y no traicionar al pueblo”.
Andrés Manuel López Obrador convirtió en fuerza política una convicción que compartieron
militantes, académicos, periodistas y ciudadanos de izquierda: poner a quienes habían sido
excluidos en el centro de las decisiones públicas. “Por el bien de todos, primero los pobres” no
era una frase para adornar un templete. Era una promesa de conducta.
Esa promesa enfrenta hoy, de cara al 2027, su prueba más difícil.
Morena creció, ganó elecciones que lo han llevado a gobernar buena parte del país. Pero en su
afán de crecer y hacer un movimiento popular fuerte e incluyente, también abrió la puerta a
impresentables, al oportunismo, a las disputas por los cargos y a políticos que aprendieron a
repetir las consignas del movimiento sin asumir sus obligaciones.
Cuando un gobernante se aleja de la gente, encubre a los suyos o trata el presupuesto como
patrimonio de grupo, la distancia entre el discurso y los hechos se vuelve imposible de ocultar.
Aquí es donde la oposición, medios y comunicadores encuentran una de sus armas más
eficaces para joder al movimiento. El PRI y el PAN aprovechan cada contradicción para
presentar a Morena como aquello que prometió combatir. Resulta inconcebible que los
corruptos de ayer que hundieron al país, se presenten como blancas palomas y traten de
descarrilar con discursos hipócritas al morenismo.
Si Morena quiere defender su autoridad moral, tiene que comenzar por exigirse más a sí misma
e iniciar una limpia y una purga de la basura que se le escurrió y le arrebató espacios
importantes de poder.
Hay mucho que presumir de cara al pueblo, pero muy pocos lo hacen. La reducción de la
pobreza a 13.5 millones de personas, el incremento histórico al salario del 135 por ciento, las
pensiones a los adultos mayores, a las personas con discapacidad, las becas y otros apoyos
sociales forman parte de la transformación en ocho años. Es un avance de enorme peso
político y social.
Por eso, rumbo a 2027, Morena necesita “morenizar” a quienes pretendan ser sus candidatos.
Quien aspire a una alcaldía, una diputación o una gubernatura debe conocer el proyecto que
pide representar, explicar sus logros con cifras y reconocer sus deudas sin rodeos. Debe saber
escuchar en una colonia sin prometer lo que no puede cumplir y mirar a una familia a los ojos
cuando un servicio público falla. Debe entender que “con el pueblo todo, sin el pueblo nada”
compromete también después de ganar la elección.
Pero “morenizar” a Morena exige algo más que capacitar candidatos o repetir consignas. Hace
falta una purga política y ética, una sacudida profunda que aparte de las posiciones de poder a
los personajes oscuros que manchan al movimiento (Pedro Haces, Adán Augusto López,
Ricardo Monreal, por citar a algunos), a quienes han traicionado la confianza ciudadana y a
quienes llegaron huyendo del PRI o del PAN para colarse en Morena sin compartir sus
principios.
No se trata de perseguir a nadie por su pasado partidista ni de negar que un movimiento amplio
pueda sumar a personas de distintas trayectorias. Se trata de distinguir entre quien cambió de
convicciones y quien únicamente cambió de siglas para conservar privilegios.
Morena no puede convertirse en refugio de políticos reciclados, caciques locales, oportunistas
ni personajes acostumbrados a vivir del presupuesto. Quien tenga señalamientos graves,
antecedentes de corrupción, vínculos con grupos delictivos o una conducta incompatible con
los principios del movimiento debe ser investigado y, si hay evidencias, separado de cualquier
candidatura o cargo. La lealtad a Morena no se demuestra con una fotografía, una camiseta o
un discurso: se demuestra con honestidad, trabajo y compromiso con el pueblo.
Esa depuración debe hacerse con reglas claras, procedimientos transparentes y pruebas, no
mediante venganzas internas ni acusaciones sin sustento. Pero la falta de pruebas no puede
convertirse en pretexto para la impunidad, ni la disciplina partidista en una mordaza para
quienes denuncian abusos. Un movimiento que llegó para transformar la vida pública no puede
tolerar que sus peores prácticas sean protegidas por acuerdos de grupo.
El retraso de las coordinaciones para defender a la Cuarta Transformación ha sido porque los
grupos y aspirantes no ceden y se aferran a sus intereses; la unidad del partido les vale un
sorbete. Nuevo León es un caso para ilustrar esta realidad.
“Morenizar” tampoco puede reducirse a un curso, un discurso aprendido o una fotografía junto a
los fundadores. Comienza antes de entregar una candidatura: revisar trayectorias, atender
señalamientos con seriedad, rechazar vínculos con la delincuencia y cerrar el paso a quien
busque el cargo para hacer negocios o proteger intereses particulares. La Declaración de
Principios de Morena recoge el deber de no mentir, no robar y no traicionar al pueblo; cumplirlo
es responsabilidad de cada persona que use sus siglas.
El movimiento tiene que salir otra vez a hablar de frente: de los millones que dejaron atrás la
pobreza, de los derechos que busca ampliar y de los problemas que aún no resuelve. Tiene
que hacerlo con candidatos capaces de sostener ese diálogo en la calle y de aceptar el
escrutinio que exigen a sus adversarios.
Porque la elección de 2027 se jugará también en una pregunta sencilla: ¿quienes piden el voto
por Morena representan todavía las razones por las que nació Morena? Si la respuesta
depende únicamente del color de la boleta, el movimiento habrá cedido lo más valioso que
construyó. Si depende de la conducta de sus candidatos y de sus gobiernos, aún está a tiempo
de recuperar su palabra.
Quienes deseen abanderar la causa tienen que morenizarse por dentro y por fuera: entender y
abrazar la filosofía guinda, presumir e informar sus logros. Claudia Sheinbaum lo hace
recorriendo el país.
“Morenizar” a Morena significa volver a poner al pueblo por encima de los cargos, los grupos y
las ambiciones personales. Significa sacudir la casa, abrir las ventanas y retirar a quienes
llegaron para servirse de ella. Si el movimiento quiere conservar su fuerza y su autoridad moral,
no puede temerle a la limpieza interna. La transformación también consiste en decidir quiénes
están a la altura de representarla.





