INDICADOR POLITICO/ Carlos Ramírez
Quizá el mejor análisis que se quiera hacer sobre la figura política de Cuauhtémoc Cárdenas
Solórzano tenga como referente julio de 1988: por primera vez una oposición priista fuera del
PRI tuvo que ser reconocida con un tercio de la votación, a la candidatura oficial de Carlos
Salinas de Gortari le rellenaron urnas para completar el 50.3% y el símbolo de la derrota de
Cárdenas fue Manuel Bartlett Díaz con la manipulación de las elecciones y luego su papel
fundamental al lado nada menos que de Andrés Manuel López Obrador.
Los comentarios en torno a Cárdenas Solórzano coincidieron en señalar al expriista como un
referente de la izquierda mexicana. Sin embargo, Cárdenas representó hasta su muerte la
última oportunidad histórica de revalidación del modelo político de la Revolución Mexicana y
nunca se planteó ningún programa político-ideológico que se acercara a lo que debe ser la
esencia de todo proyecto de izquierda: un socialismo con todas sus letras.
La candidatura y el proyecto de Cárdenas en 1988 le ganó el espacio a la izquierda socialista
tibia que representaba la figura de Heberto Castillo Martínez como candidato del Partido
Mexicano de los Trabajadores y el PCM enredado como izquierda deslavada y Cuauhtémoc en
enarboló el programa de la Corriente Democrática del PRI, no basada en doctrinas o
propuestas socialistas o marxistas en sus razonamientos, sino en el marco político de lo que se
conocía entonces como el nacionalismo revolucionario del PRI: un sistema capitalista con
distribución del bienestar social, un oxímoron de liberalismo empresarial y democracia política
procedimental.
La paradoja que siempre acompañó a Cuauhtémoc Cárdenas tuvo fuentes muy visibles: la
reforma política, ideológica y partidista del presidente Lázaro Cárdenas del Río creó la
estructura de un partido de Estado construido con la representación organizada
corporativamente de las clases sociales que configuraban el modo de producción capitalista:
los obreros, los campesinos y las clases medias, pero estas corrientes sociales no propietarias
fueron organizadas como masas y no como clases y ahí se conoció el límite del enfoque de
izquierda socialista del poscardenismo.
Lo que representaba el apellido Cárdenas en la lucha política mexicana se diluyó en la
negativa del presidente Lázaro de construir un maximato continuista, y el proyecto social del
PRI quedó en manos del eje político-ideológico de bienestar y no de democracia que instauró
el presidente Miguel Alemán Valdés al mismo tiempo que decretaba reformas constitucionales
que enterraban el proyecto revolucionario popular del cardenismo.
La propuesta política de Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano en términos estrictos nunca fue de
izquierda, aunque se nutrió –como su padre– de razonamientos derivados de la concepción del
sistema productivo como lucha de clases en términos marxistas, pero negando un modelo
socialista-comunista como objetivo.
En este sentido, Cárdenas Solórzano debe ser considerado un referente para la izquierda
socialista porque en 1989 aprovechó el registro legal del Partido Comunista Mexicano para
terminar con el ciclo histórico del marxismo organizado y erigió el Partido de la Revolución
Democrática sobre las cenizas ya dispersas de las dos últimas formaciones de la izquierda real
mexicana: el propio PCM-PSUM-PMS y el PMT, y nació el PRD como un partido progresista,
tibiamente socialdemócrata y sin ninguna intención de potenciar la lucha de clases.
El impulso personal de Cuauhtémoc le alcanzó para la candidatura presidencial de 1994, la
nominación victoriosa a la Jefatura de Gobierno del DF en 1997 y la competencia por tercera
ocasión por la presidencia en el 2000, pero sin lograr una cohesión de lo que sería en términos
pragmáticos una coalición del centro a la izquierda marxista.
López Obrador fue el heredero de la lucha de Cárdenas aún sin que el propio Cuauhtémoc
aceptara el sinuoso camino de esa propuesta, pero el tabasqueño definió su propio sendero
anticardenista cuando incorporó nada menos que a Manuel Bartlett Díaz como su principal
asesor político, a pesar de que arrastraba sin ocultarlo su papel en el fraude electoral de julio
de 1988 contra Cuauhtémoc cuando la Comisión Federal Electoral que encabezaba como
secretario de Gobernación le quitó votos a Cárdenas para meterlos en las urnas de Salinas de
Gortari.
El proyecto de retorno a la propuesta cardenista de los cuarenta no cuajó en el movimiento
coalicionista de 1988, el neoliberalismo de Salinas de Gortari enterró boca abajo a la
Revolución Mexicana, Morena apenas es un movimiento asistencialista y el país quedó
atrapado en el espacio vacío del PAN, el PRIAN y Morena.





