Crónicas de la calle/Rigoberto Hernández Guevara
Borrosos en los viajes rápidos se recuerdan los árboles. Pasa el silencio y el año. Es verdad
que uno lleva la noticia hecha, la película rodando en un autobús o en una locura. Las cosas
van en el equipaje. Y sin embargo uno es el viaje a la tierra de nadie.
El tiempo es bien venido a cada rato. Esto construye los escenarios y da tiempo para decir
algo. Alguien entre la multitud pasa por un lado y derrumba el sueño. El día es un palacio
adentro de otro donde se graba un video. Estoy en la sala viendo por enésima ocasión cómo la
riego.
Con el pelo revuelto, la greña crece a los 4 años, se hace una casa para la cabeza. Abajo hay
un ser vivo con sus cenizas y sus cosas en una valija. Espera el transporte. A menos de una
hora el pelo son ahora ramas y le ha crecido una inexplicable barba.
En alguna parte todas las cosas se juntan a ver pasar las dispersas. El tiempo ocurre en el
misterio y a cada uno le une su circunstancia, sus objetos de uso diario. En cambio, hay objetos
escondidos por todas partes.
Alguna vez la foto recuerda aquel destino y el ambiente antiguo y nostálgico de lo que pudo
haber sido. Las cosas que son de uno prevalecen. Nos une la taza de café a aquella tarde. Algo
nos pega como un chicle.
Son verdad la noche y el alumbrado público de las calles solitarias, pero, y los pasos que aún
se escuchan¿Dónde estarán?
– Aquí están entre nosotros rondando el instante, esperando a que oscurezca. Estamos todos.
La convivencia trajo las cosas dispersas y las fundió de nuevo. En la tierra las costas hacen un
grupo de peces de lejanos mares. Parece el mismo viento, hay una sensación extraña de ya
haber vivido esto.
Es la primera vez de muchas cosas. Los hechos esperan y luego entran en acción con sus
coloridos contenidos, su lenguaje entre los carros. La segunda vez que ocurre una cosa es
detectada por el público caminante. Las cosas se juntan.
Es importante el uso sobrio de los momentos claves. Hay que pintarlos y escribir un libro
absurdo que diga todo lo contrario. Al cabo estamos en el siglo pasado y el futuro me ha traído
a este que no entiendo. Todas las cosas son éstas, que se juntaron.
En el suelo el viento y la lluvia cascan las piedras. En cualquier país hay piedras rotas y cada
una ha vivido lo suyo. Sus momentos alegres. Como todos.
“Aquí no es el sitio que usted busca señor” , pero aquí estamos todos. Como en una
interminable hilera de valientes.
Mientras miramos, el horizonte va cambiando su mascarilla. El sembradío aporta su tenue ocre,
oscurece antes que la noche, en cualquier idioma. Pero estamos en Ciudad Victoria. Las cosas
de la vida se juntan. Estamos viendo las calles desde la primaria. Hace poco había camiones
amarillos.
Mientras corremos al portón enorme del edificio de la secundaria, quizás después, la lluvia
inició su danza. Aquí cuaja la memoria de la casa grande, los sartenes enormes, y salimos
corriendo a la otra calle. Las cosas dispersas se juntan.
El día donde se graba el video tiene el esplendor del ángulo buscado por el camarógrafo.
Avanzamos en ese sentido con todos los muebles como en un barco pasando por ciudades
antiguas.
Asistimos al gran espectáculo del estreno en primera fila. Aquí vamos de nuevo luego de un
corte y comenzamos a ser nosotros mismos con todas las cosas que inventamos. Esa es
nuestra casa, tendríamos dificultades para sobrevivir sin un en otra parte.
A dos cuadras el futuro no existe. Pasamos mil veces sin darnos cuenta hasta hoy. De pronto
hay más semáforos y el perímetro de la ciudad es más amplia. De pronto notamos que Victoria
es de todos nosotros y andamos buscando cuántas flautas salen de un kilo de harina.
HASTA PRONTO





