UNA VEZ MÁS/Jorge Antonio Reyes Cruz
Me da mucho gusto saludarte una vez más en esta columna. Sin más preámbulos quiero compartirte un tema bastante relevante. Hay un desajuste en el comercio mexicano que, bien leído, es una de las mayores oportunidades que tiene hoy un negocio pequeño, aunque pocos la estén viendo así. Por un lado, la demanda digital se disparó: el comercio electrónico en México alcanzó 941 mil millones de pesos en 2025, creció más de diecinueve por ciento en un solo año y ya representa cerca de dieciocho de cada cien pesos que se gastan en el comercio minorista del país, con más de setenta y siete millones de mexicanos comprando en línea. Por el otro, la oferta local brilla por su ausencia: apenas cuatro de cada cien microempresas venden por internet. Ese hueco entre lo que el cliente ya está buscando y lo que el negocio de barrio ofrece es, precisamente, el territorio que la pyme tiene casi para ella sola.
Conviene detenerse en lo que esas cifras realmente dicen, porque es fácil leerlas como un dato de noticiero y dejarlas pasar. No describen a un consumidor del futuro; describen al de hoy, al que ya cambió de hábitos y compra en línea de manera cotidiana. El mexicano promedio ya busca, compara y adquiere en digital sin pensarlo dos veces. La pregunta incómoda, entonces, no es si tu cliente está en internet, porque ya lo está. La pregunta es por qué, cuando te busca ahí, no te encuentra.
Y aquí es donde conviene desmontar el pretexto más común que escucho. Muchos dueños de negocio siguen creyendo que vender en línea exige una plataforma cara, un equipo técnico y una inversión que no está a su alcance. Eso era cierto hace algunos años; hoy ya no lo es. Abrir una vitrina digital con un catálogo ordenado y recibir pedidos por WhatsApp cuesta prácticamente nada y está al alcance de cualquiera con un teléfono y algo de disciplina. Las herramientas dejaron de ser la barrera. Lo que separa al negocio que aparece del que no es una decisión, no un presupuesto.
Por eso la brecha mexicana no debe leerse como un problema, sino como una ventana que no estará abierta para siempre. Mientras la gran mayoría de los negocios pequeños siga ausente del canal donde su cliente ya está, quien dé el paso compite con muy poca competencia local y se queda con una demanda que hoy, por default, se va con las grandes cadenas y los marketplaces. Esa ventaja de ser de los primeros de tu zona en aparecer bien es temporal: se agota conforme más negocios se suman. El momento de entrar no es cuando todos lo hagan; es antes.
La conclusión, vista con frialdad, es tan simple como contundente. El rezago digital de la pyme mexicana no es un problema de demanda, porque la demanda existe, crece y está documentada. Tampoco es ya un problema de costo, porque entrar nunca había sido tan barato. Es un problema de decisión. El cliente ya se movió al terreno digital y está esperando, con la cartera en la mano, encontrar ahí a los negocios de su ciudad. Aparecer o no en ese lugar dejó de depender del dinero y pasó a depender de la voluntad de decidirlo. Y esa, a diferencia de las cifras, es una variable que cada dueño de negocio controla por completo.





