El Faro/ Francisco de Asis
«Elegimos ir a la Luna en esta década y hacer otras cosas, no porque sean fáciles, sino porque son difíciles.»
—John F. Kennedy
Durante siglos la Luna perteneció a poetas y soñadores. Julio Verne incluso nos llevó hasta ella mucho antes de que existieran los cohetes capaces de intentarlo. En septiembre de 1962, John F. Kennedy decidió convertir aquel sueño en prioridad. La Unión Soviética puso el primer satélite en órbita y envió al primer hombre al espacio. Kennedy propuso algo que nadie había conseguido: poner un hombre sobre la superficie lunar y traerlo de regreso.
Habló de ciencia, comunicaciones, nuevas industrias y empleos. Pero dos meses después, lejos del público, fue más directo. En una conversación con James Webb, administrador de la NASA, dejó claro que llegar a la Luna debía tener máxima prioridad. No porque fuera el objetivo científico más importante.
Había que vencer a los soviéticos.
Siete años después, el mundo contempló a Neil Armstrong pisar la Luna y pronunciar aquella frase universal: «Es un pequeño paso para el hombre, un gran salto para la humanidad». A pesar de la Guerra Fría, la hazaña fue un logro de la humanidad. Y demostró algo más: cuando convertimos un desafío en prioridad y concentramos conocimiento, recursos y voluntad, somos capaces de realizar cosas que parecían imposibles.
Sesenta y cuatro años después, una nueva carrera está en marcha.
Pero esta vez llegar no basta.
Hay que quedarse.
Estados Unidos pretende establecer una presencia permanente y disponer de un reactor nuclear lunar hacia 2030. China planea llevar astronautas antes de terminar esta década y, junto con Rusia, desarrollar una estación de investigación que también contempla energía nuclear.
La idea resulta fascinante. Una noche lunar dura catorce días terrestres. Una base necesita energía continua para equipos, comunicaciones y sistemas de supervivencia. Un reactor podría proporcionarla durante años y permitir investigar, aprovechar recursos y utilizar algún día la Luna como punto de partida hacia otros mundos.
En el sur se ha confirmado la presencia de hielo: agua para vivir, oxígeno y eventualmente componentes para producir combustible. Quien establezca allí infraestructura permanente habrá dado un paso enorme hacia la siguiente etapa de la exploración.
Y habrá adquirido una ventaja.
El derecho internacional establece que ningún país puede apropiarse de territorio lunar. Nadie puede llegar, plantar una bandera y declarar: esto es mío. Pero las leyes se escriben en el papel y se viven en la realidad. Quien llegue primero podrá instalar una base, comunicaciones, equipos, un reactor y comenzar a utilizar recursos. No será soberanía. No será territorio nacional.
Pero tampoco será lo mismo llegar primero que llegar después. Tarde o temprano será una ventaja geopolítica.
Por eso hay prisa.
La exploración espacial debe continuar. De ella han surgido conocimientos y tecnologías que transformaron nuestra existencia. El problema no está en regresar a la Luna.
Está en nuestras prioridades.
Mientras nos preparamos para instalar reactores nucleares en nuestro satélite, la deuda pública mundial se aproxima al tamaño de toda la economía del planeta; el crecimiento pierde fuerza y más de 800 millones de seres humanos continúan viviendo en pobreza extrema. No parece que carezcamos de recursos. Tampoco de conocimiento.
Países como Dinamarca y Noruega han demostrado que es posible combinar economías de mercado, productividad, responsabilidad fiscal y protección social. Y, ante los problemas, revisar resultados, reconocer errores y corregirlos. Un proceso de mejora continua.
Esa es la respuesta. Un sistema no necesita ser perfecto: necesita ser capaz de descubrir sus errores y corregirlos. El problema es que poder y riqueza no suelen ceder voluntariamente. Precisamente para eso construimos instituciones: para establecer límites, corregir excesos y procurar que el progreso alcance a la mayoría.
Nuestras sociedades parecen moverse como un péndulo entre izquierda y derecha buscando respuestas. Pero los problemas permanecen. No faltan alternativas.
Falta convertirlas en prioridad.
Hace sesenta y cuatro años parecía extraordinariamente difícil poner un hombre sobre la Luna. Lo hicimos. Construir sociedades donde las personas puedan vivir con dignidad, educarse, trabajar, emprender y crear riqueza dentro de un Estado de derecho también es un desafío formidable.
Pero no imposible.
Para llegar a la Luna hay que vencer dificultades técnicas.
Para construir una sociedad mejor hay que vencer intereses.
Kennedy convirtió la Luna en prioridad y Estados Unidos llegó en menos de una década. Hoy las grandes potencias tienen definida la suya: establecerse primero. Porque quien consiga hacerlo obtendrá una ventaja que tarde o temprano será geopolítica.
Poder.
La suerte está echada.
Hay que llegar primero a la Luna.





