EXPOSICIÓN DE MOTIVOS/JOSUÉ SÁNCHEZ NIETO
Hay cargos públicos que exigen oficio, discreción y capacidad para que una institución
funcione; en cambio, las redes exigen presencia, edición y un protagonista. El problema
comienza cuando alguien decide que ambas descripciones de puesto son intercambiables.
Un video recientemente circulado por secretario general del Congreso tamaulipeco ilustra esa
diferencia.
El funcionario conduce al espectador por las instalaciones, aparece en tribuna y conversa con
estudiantes. La impresión es curiosa: uno entra buscando conocer al Congreso y termina
conociendo bastante bien a su secretario.
Antes que todo, conviene reconocer lo valioso: abrir el recinto a universitarios y acercarlos a la
práctica parlamentaria es una buena iniciativa. La visita de estudiantes de Derecho de la UAT
incluyó explicaciones del personal y un ejercicio académico; a los jóvenes les sirve conocer las
instituciones y a las instituciones les sirve recordar para quién existen.
Por eso, resulta discutible que una actividad colectiva se cuente con una narrativa tan
concentrada en un solo funcionario.
Explico: hay estudiantes, trabajadores y una institución detrás y la cámara parece tener clara su
preferencia; hasta en la llamada “casa del pueblo” puede haber reparto de papeles: unos
representan al pueblo y otros protagonizan el recorrido.
Y no me malinterpreten, está bien que un servidor público comunique su trabajo; tampoco creo
que la solemnidad deba medirse por las telarañas del edificio. El Congreso necesita explicar
mejor lo que hace, aprovechar las plataformas y hablar en un lenguaje comprensible, pero
modernizar la comunicación también exige saber qué se quiere comunicar.
Dicho de una manera simple: tener buena iluminación todavía no equivale a dar claridad.
La Secretaría General debería ganar reconocimiento por la calidad del trabajo que ayuda a
sostener: procedimientos cuidados, información ordenada y apoyo eficaz a la labor
parlamentaria y lo que convendría evitar es que la visibilidad del titular termine convirtiéndose
en la principal medida del desempeño.
Un video tampoco permite concluir que alguien incumple sus obligaciones, ni acredita por sí
mismo una irregularidad. La crítica es otra: el modo de presentar una actividad pública revela
una elección editorial; y esa elección puede discutirse sin inventar delitos ni repartir
absoluciones. Aquí, desde siempre, examinamos el encuadre, aunque incomode.
Si la intención es acercar el Congreso a la ciudadanía, hay una agenda de comunicación
mucho más interesante. Explicar qué ocurre con una iniciativa después de la fotografía; mostrar
cómo cambia un dictamen; identificar las razones de una votación y orientar a quien quiere
presentar una propuesta o seguir un asunto; que las redes permitan entender el trabajo y
también formular preguntas incómodas.
También sería sano dar rostro y voz al personal que hace posible esas tareas. El conocimiento
institucional no empieza con cada nombramiento ni cabe completo en el currículum de un jefe.
Reconocerlo sería una buena lección para los estudiantes: el servicio público exige
responsabilidades compartidas, aunque el algoritmo prefiera personajes individuales.
García Pedraza tiene la oportunidad de impulsar esa comunicación: útil, plural y verificable.
Puede aprovechar la atención que busca el formato para explicar procesos, reconocer equipos
y facilitar la participación. Ahí habría una aportación que agradecer, también para quienes
tenemos más preguntas que aplausos.
Porque una institución abierta se reconoce por lo que permite conocer y cuestionar. Las visitas
son un buen comienzo; la rendición de cuentas exige bastante más que un recorrido… Ojalá el
entusiasmo por mostrar los pasillos alcance también para explicar lo que se decide al final de
ellos.
El Congreso ya tiene suficientes curules. No necesita convertirse, además, en el set de una
carrera personal.





