La Talacha/Francisco Cuéllar Cardona
La crisis que hizo explosión en Nuevo León, tras la designación de Clara Luz Flores como
coordinadora de la defensa de la Cuarta Transformación y la Soberanía Nacional, ha dejado de
ser un conflicto doméstico para convertirse en un problema político de mayores dimensiones,
cuyos efectos comienzan a sentirse en otras regiones del país y amenazan con alcanzar las
estructuras más altas del poder morenista.
Lo que parecía una disputa local por una candidatura se ha transformado en un conflicto que
sienta un peligroso precedente de indisciplina, ambiciones personales, chantajes políticos y
fracturas internas que, de no atenderse con inteligencia, sensibilidad y firmeza, podría
comprometer buena parte del capital político acumulado por Morena desde su llegada al poder
en 2018.
Ariadna Montiel y, particularmente, Citlalli Hernández, quienes han tenido un papel relevante en
la conducción de este proceso político, han contribuido, consciente o inconscientemente, a
generar problemas serios de percepción y gobernabilidad interna. Las decisiones tomadas,
pero sobre todo la falta de una operación política eficaz para procesar sus consecuencias, han
dejado heridas abiertas que hoy amenazan con convertirse en una hemorragia electoral.
Los conflictos surgidos en Guerrero, Chihuahua y Michoacán, a raíz de las designaciones, han
ido encontrando cauces de distensión. Sin embargo, en Nuevo León ocurre exactamente lo
contrario: las diferencias se profundizan, las inconformidades se multiplican y el conflicto se ha
convertido en un verdadero nudo gordiano que sacude las estructuras del morenismo.
Ceder a los chantajes de Tatiana Clouthier, Waldo Fernández, Andrés Mijes y otros actores
políticos regiomontanos, sin reglas claras ni una salida institucional, podría debilitar todavía
más el proyecto de Morena y la posición de Clara Luz Flores. Pero tampoco puede ignorarse
que la dirigencia nacional y el propio equipo de la coordinadora tienen la responsabilidad de
construir, cuanto antes, una operación política capaz de cerrar heridas, recuperar confianzas y
restablecer la unidad. El tiempo corre y no precisamente a favor de Morena.
Lo más preocupante es que el incendio ya no amenaza solamente a las 17 entidades donde
estarán en juego las gubernaturas en 2027. También comienza a extenderse a los territorios
distritales y municipales, donde los procesos de registro y selección han abierto espacios a
personajes de cuestionable trayectoria, oportunistas de ocasión y políticos que ven en Morena
una franquicia electoral antes que un proyecto de transformación. Ahí está el verdadero peligro.
El PRI y el PAN han encontrado una oportunidad que difícilmente habrían podido construir por
sí mismos. Las divisiones morenistas les están ofreciendo lo que sus propias estrategias
electorales no siempre consiguen: debilitar al adversario desde sus entrañas.
La declaración de Jorge Romero, dirigente nacional del PAN, resulta especialmente
preocupante. Según afirmó, dos figuras que perdieron en el proceso interno de Morena
buscaron acercamientos con él inmediatamente después de conocer los resultados.
Más allá de las identidades y de los alcances reales de esos contactos, la afirmación del
dirigente panista exhibe un fenómeno que Morena no debería minimizar: la posibilidad de que
las inconformidades internas terminen convirtiéndose en instrumentos políticos de sus
adversarios.
Pero hay otro frente todavía más delicado, porque no se encuentra formalmente en la
oposición, sino dentro de la propia alianza gobernante: el Partido Verde.
El Verde conoce perfectamente el valor de su posición política. Sabe negociar, presionar,
administrar sus votos y aprovechar las coyunturas electorales para ampliar su presencia
territorial, obtener candidaturas y acrecentar sus cuotas de poder. La crisis interna de Morena le
ofrece una nueva ocasión para sacar provecho político de las divisiones de su principal aliado.
Pero el Verde no es el único. También el Partido del Trabajo aprovecha de forma gandalla esta
crisis guinda. El Verde y el PT son descarados caballos de Troya.
Morena no es solamente el partido mayoritario del país. Es la principal plataforma política y
legislativa de la presidenta Claudia Sheinbaum y el instrumento electoral que puede darle
continuidad a su proyecto de gobierno más allá de 2030.
La presidenta necesita un movimiento fuerte, organizado, disciplinado en sus acuerdos y capaz
de procesar democráticamente sus diferencias. No un partido convertido en campo de batalla
de grupos, facciones y personajes que anteponen sus aspiraciones personales al interés
colectivo.
La presidenta no puede darse el lujo de tener un partido que, en lugar de respaldar su proyecto,
consuma sus energías en apagar incendios provocados por sus propios dirigentes.
Tampoco puede permitir que sus aliados conviertan cada conflicto interno en una subasta
política.
Lo sucedido en Nuevo León debería servir como una advertencia nacional. La rebelión contra
Clara Luz Flores, la resistencia de quienes no aceptaron los resultados y la ausencia de una
solución política convincente han puesto sobre la mesa una pregunta que nadie en la dirigencia
nacional debería eludir.
La dirigencia nacional sigue confundiendo la unidad con la simulación, y la negociación política
con el reparto de cuotas, el incendio puede extenderse hasta volver irreparable la fractura.





