La Talacha/Francisco Cuéllar Cardona
El Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) vive algunos de los días más aciagos y
complejos desde que nació, hace 15 años.
Por un lado, las campañas negras y las descalificaciones provenientes del gobierno de Estados
Unidos, con la ofensiva del “narcopartido” que el PRIAN ha hecho suya para atacar a las
autoridades y a los líderes del movimiento. Por otro, la rebelión interna, propia de la naturaleza
morenista, alimentada por algunos actores impresentables llegados de otros partidos, que hoy
muestran su verdadero rostro y actúan como caballos de Troya.
En esa lógica se ha colocado Tatiana Clouthier, cuyo protagonismo y ambición personal la han
convertido en una aliada de la oposición: sus golpes desde adentro dañan al movimiento que le
abrió las puertas.
Morena es así: rebelde, polémica, disruptiva. Esa naturaleza la distingue de los demás partidos,
pero también la obliga a corregir fallas y errores que, a la larga, pueden minar su fuerza y su
identidad con la gente. Ahí radican su respaldo electoral y su autoridad frente al resto de las
fuerzas políticas.
La designación de los 17 coordinadores estatales, virtuales candidatos a las gubernaturas en
2027, ha dejado heridas considerables que deberán cerrarse en el corto plazo. Pero vienen
otros procesos: la definición de candidaturas a alcaldías, diputaciones federales y locales. Las
disputas pueden profundizarse y provocar la salida de simpatizantes inconformes con las
decisiones.
No debería sorprender a nadie. Históricamente ha ocurrido así: algunos de quienes hoy
reclaman un espacio terminarán en los brazos de otros partidos.
Es mucho lo que está en juego para la presidenta Claudia Sheinbaum: un Congreso federal que
la acompañe en las reformas pendientes y gobernadores afines que contribuyan a que la
transición de 2030 transcurra sin sobresaltos.
Los actuales mandatarios están alineados con ella, aunque no del todo: buena parte de ellos
deben su llegada a Andrés Manuel López Obrador y la lealtad de algunos se mantiene hacia el
exmandatario.
En los estados opera una lógica semejante. Los gobernadores buscarán definir, ellos y solo
ellos, las candidaturas a las diputaciones locales para contar con congresos afines que les
cuiden las espaldas cuando terminen sus administraciones. También querrán alcaldes que
representen una palanca electoral para las contiendas de 2027 y 2028.
En Tamaulipas, la fuerza y el peso de las designaciones de diputados locales y alcaldes
recaerán directamente en el gobernador Américo Villarreal Anaya. En nadie más.
El gobernador, igual que la presidenta, quiere un Congreso y alcaldes leales, que lo acompañen
y le cuiden las espaldas cuando llegue la hora de partir. No va a entregar —y, desde esta lógica
política, no debe hacerlo— ninguna diputación ni ninguna alcaldía a sus adversarios. En su
cálculo político, ese Congreso y esos alcaldes serán su tranquilidad en el año siete.
Morena sigue siendo un partido fuerte. De acuerdo con las encuestas internas de Morena,
cuenta con el respaldo del 40 por ciento de la población mexicana. La oposición, ni toda junta,
alcanza los 30 puntos: el PAN está en 12; el PRI, en 8; y Movimiento Ciudadano, en 9. Esos
son los números. Que nadie se engañe: los partidos opositores están en el suelo, literalmente.
Sí hay desgaste. El ejercicio del gobierno erosiona la confianza ciudadana, pero, aun así,
existen condiciones para que la Cuarta Transformación conserve el poder en las contiendas de
2027 y 2028. Eso no significa que pueda confiarse.
En las semanas y los meses por venir, Morena y sus gobiernos recibirán toda la metralla
mediática destinada a desgastarlos y dañar su respaldo popular.
Un documento para consumo interno, que el Consejo Nacional de Morena hizo llegar a los
delegados del partido en los estados, aborda el impacto externo e interno de las nominaciones
de los coordinadores para la defensa de la 4T y la soberanía.
Su diagnóstico sostiene que no hay un deterioro general de la imagen del movimiento y que las
repercusiones se concentran en el “círculo rojo”; es decir, en los medios de comunicación y
entre los actores políticos.
El documento recomienda trabajar con las y los coordinadores estatales y locales para sumar a
todos los participantes, conocer a fondo los logros de los gobiernos de la Cuarta
Transformación, fortalecer el vínculo con los beneficiarios de los programas sociales y
multiplicar el trabajo en redes y medios de comunicación.
El diagnóstico puede dar tranquilidad, pero no debe convertirse en una invitación a la
complacencia. Las heridas internas no se cierran con un documento ni las inconformidades
desaparecen porque se les ubique en el círculo rojo. Hay que atenderlas antes de que lleguen a
la calle.
A 15 años de su fundación, Morena se juega en 2027 una parte decisiva de su futuro, con la
mirada puesta hasta 2036. Hay condiciones para ganar todo, pero ninguna victoria está
asegurada.
México y la presidenta Claudia Sheinbaum mantienen, en los números, los resultados y la
proyección de futuro, una base de confianza y respaldo popular. Pero los adversarios están
actuando, vienen por todo y buscan apoyos en el exterior. Brasil debe mirarse como una
advertencia, no como una historia ajena.
La amenaza obliga a mirar hacia afuera, pero también hacia adentro. Morena puede resistir los
ataques de sus adversarios; lo que difícilmente podrá resistir es que sus propios cuadros
conviertan cada candidatura en una guerra personal y cada derrota interna en una razón para
incendiar la casa.
A los morenistas les toca decidir cuánto vale lo que dicen defender. Si vale más que una
alcaldía, una diputación o una gubernatura. Si el compromiso con la transformación alcanza
también para aceptar que el nombre elegido sea el de otro u otra.
Porque las encuestas de hoy no garantizan las victorias de mañana, y el respaldo de la gente
no es un cheque en blanco. Detrás de cada voto hay una esperanza que exige resultados, no
pleitos por el reparto del poder.
Si Morena pierde esa confianza, de nada servirá señalar al PRIAN, a Washington o a las
campañas negras. Tendrá que mirar a los ciudadanos a los ojos y explicarles por qué, teniendo
en sus manos la fuerza para continuar, permitió que la ambición devorara al proyecto.
Ese sería el desenlace más doloroso: que el movimiento nacido para transformar al país
terminara consumido por la disputa de sus propios cargos. Y que quienes juraron defender la
esperanza fueran, al final, quienes la dejaran morir.





