Por José Luis Rodríguez Castro
Expreso – La Razón
Barre sin prisa
La lluvia apisonó el terreno de tierra.
La mujer retira las pequeñas hierbas alrededor del rectángulo de concreto.
En silencio mira la tumba una y otra vez. Habla en voz baja y suelta una sonrisa, como esperando una respuesta desde el fondo.
No la hay.
Es Día de Muertos y la escena se repite en el panteón de Las Chacas.
“Ya mero te alcanzamos, papá”, dice una mujer de edad avanzada frente al sepulcro.
Hay música en los alrededores.
“Y si muero primero yo te prometooooo… Escribiré la historia de nuestro amoooorr”.
Una mano de pintura, un ajuste del florero, una oración y se hace presente el recuerdo.
Es Día de Muertos en Madero y en el cementerio hay vida nuevamente.
Las grises tumbas se vuelven coloridas y reflejan una tradición que no se olvida.
Quienes ahí descansan después de la vida en la tierra siguen presentes en cada uno de los que acuden religiosamente cada 1 de noviembre.
La celebración se vuelve un momento único en el que se reúnen otra vez.
Los que aún no llegan y los que ya están se vuelven a encontrar por un instante en este día.
Es una fiesta de contrastes. Los que están sobre la tierra llegan y llevan comida, cigarrillos, vino a los que ya descansan para siempre.
Ya no hay hojas ni hierbas alrededor, pero la mujer sigue con la limpieza.
Barre sin prisa.
De vez en cuando voltea la cabeza, mira el rectángulo de concreto y dice en voz baja, con una pequeña sonrisa:
“¡Un día nos volveremos a ver!”





