Golpe a golpe/Juan Sánchez Mendoza
Las posibilidades de triunfo para el Partido Demócrata, en la elección
de 35 senadores y 435 representantes, son considerablemente amplias
–en casi toda la Unión Americana–, según los resultados primarios.
Pero habrá que esperar los conteos definitivos, a los que el Partido
Republicano le apuesta para revertir la tendencia.
Actualmente, 100 senadores integran la Cámara alta: republicanos hay
52, demócratas 47 y una posición está vacante.
La Cámara baja cuenta con 218 republicanos, 214 demócratas, uno es
independiente y asoman tres vacantes.
Es decir, hay todavía un dominio republicano que diligentemente suele
atender cuanta directriz le dicta el presidente Donald John Trump.
En cuanto a los escenarios que se vislumbran, considero que:
+ De sumar los republicanos más posiciones en ambas cámaras –que,
a decir verdad, es prácticamente imposible–, el inquilino de la Casa
Blanca estaría obligado a ‘comprar conciencias’ para consolidar su
agenda política del tercer año de su segundo mandato, consistente en
políticas migratorias, comerciales y económicas; para profundizar su
estrategia de confrontación con los países que considera adversarios
políticos y económicos, así como lo ha hecho reiteradamente a raíz de
su retorno al poder; pero
+ Si los demócratas obtienen el control de ambas cámaras, cambiaría
el equilibrio de poder allende el río Bravo, por lo que Trump enfrentaría
una oposición legislativa con capacidad de bloquear sus iniciativas,
condicionar presupuestos, abrir investigaciones y ejercer una mayor
vigilancia sobre las decisiones presidenciales. En otras palabras,
Donald estaría impedido para ejercer el dominio sobre el Congreso que,
actualmente, prácticamente está subordinado a sus intereses.
Es decir, existe un dominio republicano que, hasta ahora, ha permitido
al presidente Donald John Trump encontrar respaldo legislativo para
buena parte de las directrices de su segundo mandato, prácticamente
sin mayores obstáculos institucionales.
Pero el panorama legislativo podría cambiar radicalmente si acaso los
demócratas consiguen arrebatarle al oficialismo la mayoría en una o
ambas cámaras. Y es que no se trataría solamente de una derrota
electoral para Trump, sino de un golpe político a su capacidad de
gobernar y ejecutar una agenda caracterizada por decisiones
polémicas, confrontaciones internas y una política exterior que ha
colocado a numerosos países en una posición de incertidumbre.
Sobre ambos escenarios, creo pertinente aclarar que México no puede
apostarle su futuro a la victoria de uno u otro partido estadounidense.
Sin embargo, sí debe reconocer que una eventual mayoría demócrata,
sobre todo, podría representar un contrapeso a las decisiones
unilaterales de Trump. Particularmente en materia comercial, migratoria
y diplomática.
No obstante, sería ingenuo pensar que los demócratas representan
automáticamente una garantía de mejores condiciones para nuestro
país. También han defendido posiciones proteccionistas, exigencias
laborales y ambientales, así como políticas de seguridad que generar
diferencias con el gobierno mexicano, según se ha visto a lo largo de la
historia de los dos países y sus relaciones bilaterales.
En otra vertiente, la eventual continuidad del dominio republicano
podría, igual, fortalecer la estrategia de presión de Trump sobre México
–especialmente en materia de aranceles, migración, combate al
narcotráfico y revisión de los acuerdos comerciales–, lo que significa
que la problemática no sería únicamente de carácter económico, sino
también político ante la posibilidad de que las decisiones de
Washington terminaran condicionando su relación bilateral.
Nuestro país tiene demasiado en juego para permanecer como simple
espectador en la disputa electoral estadounidense, pues nuestra
economía depende estrechamente del mercado norteamericano,
porque hay millones de empleos, inversiones y actividades productivas,
que están vinculados al intercambio comercial entre ambos países.
Hay que reconocerlo. Y aceptarlo.
Por eso, independientemente de quién obtenga la mayoría legislativa,
el gobierno mexicano deberá actuar con inteligencia, firmeza y
capacidad de negociación. Sin subordinaciones ni confrontaciones
innecesarias.
Sobre todo, porque al final, el problema para México no será si ganan
los republicanos o demócratas, sino que cualquiera de ellos encuentre
a un gobierno sin estrategia, sin capacidad de respuesta y dispuesto a
aceptar condiciones que comprometan nuestra soberanía.
Más, cuando en política internacional no existen amigos permanentes,
sino intereses.
Y la señora presidenta no puede darse el lujo de olvidarlo.
Correo: jusam_gg@hotmail.com





