Trópico de Cáncer/Jesús Collado Martínez
“Siéntate en la puerta de tu casa y verás pasar el cadáver de tu enemigo”
-Refrán popular-
En la víspera de las elecciones del 3 de noviembre de 2026, Estados Unidos exhibe dos rostros
contradictorios. Por un lado, el de una democracia madura que parece dispuesta a corregir el
rumbo, las encuestas de intención de voto anticipan una dura derrota para el Partido
Republicano de Donald Trump con los Demócratas como favoritos para recuperar la Cámara de
Representantes, el Senado, y la mayoría de las gubernaturas en disputa. Por otra parte, el perfil
de una sombra ominosa que se cierne sobre el proceso, la posibilidad real de que Trump y sus
seguidores desconozcan los resultados y recurran a la violencia o a maniobras legales e
institucionales para impedir que se consoliden.
El escenario electoral es contundente, las encuestas nacionales sitúan a los Demócratas con
una ventaja de más de ocho puntos en la intención de voto para la Cámara de Representantes,
lo que les da una alta probabilidad de controlarla. En el Senado, la ventaja Demócrata es más
ajustada pero sostenida, con estados clave como Texas, Ohio y Maine definiendo la balanza.
Para las gubernaturas, los pronósticos favorecen a los demócratas en la mayoría de los 36
estados en juego. Este giro responde al desgaste de una administración cuya aprobación ha
caído a mínimos históricos, apenas 36% según encuestas recientes, lastrada por la inflación, el
precio de los combustibles y un creciente malestar económico. En una sociedad donde hasta el
consumo doméstico está regido por el crédito, las tasas de interés juegan un papel importante
en la vida diaria.
La capacidad de una democracia para castigar en las urnas a un gobierno impopular es su
señal de madurez más clara. Estados Unidos parece encaminarse a ejercer ese derecho. Sin
embargo, la sombra que oscurece este ejercicio es la misma que irrumpió el 6 de enero de
2021, la negativa de Trump a aceptar los resultados cuando no le favorecen. El presidente ha
condicionado su aceptación de los comicios a que sean “honestos”, una fórmula que ya utilizó
antes de 2020 y que entonces desembocó en el asalto al Capitolio por una turba de sus
seguidores. Esta vez, el Departamento de Justicia ha interpuesto demandas para bloquear la
certificación de elecciones en Alaska y ha amenazado a estados como Washington con
acciones legales sobre sus padrones electorales en una maniobra que los analistas interpretan
como preparación para impugnar resultados adversos.
El legado de la democracia de Estados Unidos como paradigma global está fracturado, lo
rompió el movimiento MAGA hace cinco años, cuando la ética y la responsabilidad histórica
dejaron de operar como dique de contención. Hoy, funcionarios electorales locales se preparan
para posibles actos de intimidación y violencia en los centros de votación, mientras
organizaciones pro democráticas diseñan estrategias legales de contingencia ante una eventual
intromisión federal. La pregunta ya no es si la sociedad estadounidense quiere corregir su
rumbo, las encuestas sugieren que sí, sino si las instituciones y la correlación de fuerzas
permitirán que esa corrección se materialice sin que la violencia o la manipulación la
interrumpan.
Lo que está en juego el 3 de noviembre trasciende las fronteras de Estados Unidos. Para las
democracias del mundo, la elección estadounidense es una lección objetiva sobre los riesgos
de que el poder sea ejercido directamente por los oligarcas sin la intermediación de los políticos
profesionales y sobre la fragilidad de los contrapesos cuando una fuerza política decide no
reconocerlos.
Hay focos rojos para la democracia más antigua del mundo moderno, enfrenta su prueba de
fuego, demostrar que puede corregir su rumbo pacíficamente, o sucumbir ante el poder
oligárquico que combatió desde su fundación.





