Trópico de Cáncer/Jesús Collado Martínez
Donald Trump, el millonario Presidente de Estados Unidos cuya fortuna Forbes estima en 6,500
millones de dólares, recorrió su país durante semanas pidiendo a los votantes que acudieran a
las urnas como si él estuviera en la boleta. La apuesta le falló de manera contundente, el 3 de
noviembre el Partido Demócrata recuperó la mayoría en la Cámara de Representantes y en el
Senado, y además se quedó con la mayoría de las 35 gubernaturas en disputa .
El castigo fue mayor de lo previsto por las encuestas, los demócratas arrebataron escaños
republicanos en Texas, Kansas, Iowa, Maine, Ohio, Carolina del Norte y Carolina del Sur,
estados que llevaban décadas en manos conservadoras. En Texas, James Talarico se convirtió
en el primer demócrata elegido al Senado federal por ese estado en 38 años, mientras que
Gina Hinojosa derrotó al gobernador Greg Abbott y se convirtió en la primera latina en ocupar la
gubernatura texana. En California, Xavier Becerra, hijo de migrantes mexicanos, ganó la
gubernatura y se convirtió en el primer latino electo para ese cargo. En Nuevo México, Deb
Haaland se convirtió en la primera mujer indígena de Estados Unidos que gobernará un estado.
En Michigan, Abdul El-Sayed, musulmán de origen egipcio, ganó un escaño senatorial .
Ninguna de las maniobras trumpistas para condicionar el voto funcionó. Las cortes estatales y
federales rechazaron sus intentos de imponer requisitos inexistentes hasta entonces, y sus
impugnaciones por supuestos fraudes nunca fueron justificadas. No sirvieron sus intentos de
“comprar” el voto ofreciendo dinero a todos los adultos si los republicanos ganaban el
Congreso. Tampoco amedrentó la amenaza de no reconocer los resultados, ni el precedente
del 6 de enero de 2021, cuando una turba azuzada por él tomó el Capitolio. La cita con las
urnas se cumplió y la voluntad soberana se impuso.
El resultado a favor de los demócratas expuso algo más profundo: el rechazo a la tentación
oligárquica de que un multimillonario gobierne a la nación más poderosa del mundo,
desconociendo los canales de la política, la diplomacia y la cooperación. Trump ha dicho en un
tono petulante y ofensivo que iba a comprar Groenlandia, a convertir a Canada en otro estado,
a recuperar el Canal de Panamá, a nombrar Gobernador de Cuba a Marco Rubio. Ha apoyado
la violación criminal de los derechos humanos del pueblo Palestino, metió ilegalmente a la
cárcel a Nicolas Maduro e inició una guerra contra Irán violando todas las convenciones
internacionales.
También ha afirmado, sin diplomacia ni respeto, que en México gobiernan los cárteles de las
drogas y que pensaba actuar directamente contra ellos con la fuerza armada en nuestro
territorio. Para los mexicanos la diferencia real entre demócratas y republicanos es escasa,
pero el estilo trumpista le añadió a la relación bilateral un componente de hostilidad abierta que
los votantes estadounidenses también parecieron castigar, lo que podría reducir la virulencia y
la frecuencia de los ataques contra nuestro país, porque la sombra de un nuevo juicio político
resurgió con fuerza desde ayer.
Queda a la vista una vergüenza que trasciende fronteras, queda exhibida la derecha mexicana
que, sin votos ni presencia para ganar una elección democrática, clama a gritos en foros
nacionales e internacionales o susurra en tono conspirativo en redes sociales su deseo de que
el oligarca imponga un gobierno en México, pero la ola azul del 3 de noviembre no solo frenó a
Trump, también desnudó a quienes aquí siguen apostando por el intervencionismo antes que
por la soberanía popular. Perdió el oligarca y el prian también.





