Opinión Económica y Migratoria/Jorge A. Lera Mejía
Mientras miles de personas cruzan a nado hacia Ceuta y España despliega al Ejército, en la
otra punta del Atlántico Estados Unidos ha cerrado su frontera con México casi por completo.
Son geografías distintas, pero el mensaje es idéntico: el mundo desarrollado ya no cree en la
migración ordenada que prometió hace ocho años (Acuerdo de Marrakech), y desde mi trabajo
de investigación migratoria en la Universidad Autónoma de Tamaulipas (UAT) puedo decir que
ambas fronteras se están mirando en el mismo espejo.
Empecemos por Ceuta y Melilla, esos pedacitos de España pegado a Marruecos. En pocos
días, miles de personas —muchas muy jóvenes— cruzaron a nado o caminando sin que nadie
del lado marroquí se los impidiera.
Los albergues, pensados para 500 personas, ya alojan más del doble, más de 8 mil personas
han intentado cruzar via nado por el mar, creyendo que esa forma de acceso irregular les da
derecho de asilo, y decenas han muerto ahogadas en el intento (El País).
Esta nueva invasión humana, mayormente formada de jóvenes varones, claramente
manipulados por agentes externos y politizada, ya supera por mucho la anterior oleada a Ceuta
del año 2021.
No es casualidad: el repunte llegó justo después de que Madrid (Pedro Sánchez) visitara a
Argelia, el rival regional de Marruecos (Mohamed I), y varias fuentes apuntan a que Rabat aflojó
deliberadamente el control fronterizo, tal como hizo en 2021 (Euronews).
Marruecos usa la migración como herramienta de presión política, y España se descubre débil:
ni siquiera la OTAN garantiza por escrito que defendería Ceuta y Melilla en un conflicto serio,
porque el tratado excluye territorios africanos (El Común).
Ahora miremos la otra frontera que conozco de cerca, la de México con Estados Unidos. Ahí el
guión es opuesto pero el resultado converge: cierre total.
Desde enero de 2025, Washington ha emitido más de 180 medidas para frenar llegadas y
expulsar a quien no tiene papeles; por primera vez en cincuenta años, en 2025 salieron más
migrantes de Estados Unidos de los que entraron (Balance “0” técnicamente).
La Corte Suprema avaló que se pueda impedir físicamente el acceso al asilo antes de que el
migrante pise suelo estadounidense, y eliminó protecciones humanitarias para más de 350 mil
haitianos y miles de sirios y centroamericanos. México, con Claudia Sheinbaum, eligió no
confrontar sino absorber: casi 190 mil connacionales repatriados atendidos bajo el programa
“México te Abraza”.
La diferencia entre Ceuta y la frontera mexicana no está en la intención de los gobiernos de
destino, sino en quién controla la llave. En el Mediterráneo, un tercer país —Marruecos—
decide cuándo abrir el grifo migratorio para presionar a Europa.
En Norteamérica, es el propio país de destino el que cierra unilateralmente, sin necesidad de
que nadie le empuje migrantes. Pero el efecto en ambos casos es la erosión del derecho a
pedir asilo y la militarización de la respuesta.
Aquí es donde toca recordar algo que como investigador de temas migratorios me resulta
doloroso constatar: en 2018, en Marrakech, 164 países firmamos el “Pacto Mundial para una
Migración Segura, Ordenada y Regular”.
La idea era gestionar los flujos con cooperación, no con muros. Estados Unidos se bajó del
acuerdo desde el principio, calificándolo de amenaza a su soberanía, y hoy, ocho años
después, ese texto luce como una reliquia diplomática.
Ni España en Ceuta ni Estados Unidos en su frontera sur están gestionando la migración: la
están sellando. Y cuando los países de destino cierran la puerta en lugar de ordenar el flujo, lo
único que logran es empujar a la gente hacia rutas más peligrosas, donde el costo se paga en
vidas, no en políticas.
Esta nueva historia apenas se está reescribiendo…





