En Primera Persona/Daniela A. Plata
Dos procesos penales, una niña de tan sólo 13 años. Dafne Zapata Quintos murió el pasado
julio en un campamento de verano en Ciudad Madero. Siete años antes, cuando contaba con
sólo seis, fue víctima de abuso sexual por parte de su padre, Gabriel «Z». El juicio, diferido una
y otra vez, revivió el 7 de agosto con la declaración de su madre, Alejandra Quintos que aún
continúa sin sentencia.
Con sólo 13 años, Dafne padeció violencia de género hasta su femnicidio. Como un patrón de
las niñas que crecen marcadas por la violencia sexual en el ámbito familiar rara vez
encuentran, espacios seguros.
Dafne pasó de un proceso judicial sin resolver a un internado disciplinario donde, según
decenas de testimonios de exalumnos que rompieron el silencio, el abuso de autoridad y los
actos de violencia sexual eran parte del modelo “correctivo” en tal institución. La Fiscalía
investiga su muerte como feminicidio. Nadie debería tener que sobrevivir dos veces a la misma
violencia para que el sistema, finalmente, ponga atención.
Hay algo más en esta historia que merece consideración, aunque no tenga expediente y es la
manera en cómo la sociedad empuja a las niñas en aparentar una edad que no tienen. Los
concursos de belleza infantil, la estética de las redes sociales, la televisión que las viste,
maquilla y posiciona como si fueran adultas en miniatura, no son un fenómeno aislado ni culpa
de una madre en particular. Es una industria comercial, mediática, cultural que convierte la
infancia de las niñas en un producto en exhibición. Cuando después esa misma niña es víctima
de violencia sexual, el discurso público tiende a preguntarse por su apariencia antes que por
sus agresores.
Esa misma lógica se activó contra Alejandra Quintos. Mientras exige justicia para su hija, la
señalan en redes sociales por aparecer maquillada. Ella misma respondió que el dolor no se
mide por la apariencia, que ha llorado, y que ahora elige sostenerse para no perder de vista lo
que realmente importa: que caigan los responsables. Exigirle a una madre en duelo público que
además demuestre su dolor de la manera que para algunos es la correcta, es una violencia
adicional.
Dafne fue vulnerada por su padre. Fue vulnerada, presuntamente, por quienes debían cuidarla
en un campamento de verano. Y ahora, incluso muerta, su historia se usa para vulnerar a su
madre. Tres violencias, un solo hilo: la facilidad con la que el sistema, las instituciones y hasta
la opinión pública encuentran razones para mirar hacia otro lado, o para señalar a la mujer
equivocada.
El 7 de agosto habrá una audiencia más. Ojalá por fin, la justicia empiece a llegar para Dafne.
X: DanielaPlataF





