El Faro/Francisco de Asís
Hay países que dedican un día entero a agradecer.
En los EE. UU. celebran el Día de Acción de Gracias para conmemorar la
ayuda que permitió a los primeros colonos sobrevivir en un mundo hostil. Los
canadienses tienen su propia versión. Otras culturas agradecen la cosecha, la
prosperidad o simplemente la fortuna de seguir aquí.
México carece de una tradición semejante.
Hasta ahora.
Porque nuestra presidenta acaba de darnos una razón extraordinaria para
instaurar la nuestra.
Debemos agradecerle que no nos quite la libertad de expresión.
Sí, leyó usted correctamente.
A propósito de los nuevos Lineamientos Generales para la Protección de los
Derechos de las Audiencias, la presidenta explicó que no pretenden controlar a
los medios. Incluso fue más lejos: aseguró que, si quisiera hacerlo, existen
otros mecanismos.
Qué alivio.
Durante años pensamos ingenuamente que la libertad de expresión era un
derecho constitucional. Resulta que también depende de la buena voluntad de
quien ocupa Palacio Nacional.
Gracias por no utilizar esos mecanismos.
Gracias por contener la tentación.
Gracias por permitirnos seguir disfrutando de derechos que la Constitución
protege desde hace décadas.
Porque los artículos 6° y 7° no son especialmente ambiguos: garantizan el
derecho a buscar, recibir y difundir información e ideas y prohíben la censura
previa.
Pero no seamos legalistas.
La gratitud debe estar por encima de la letra fría de la ley.
También debemos agradecer la preocupación gubernamental por la verdad.
Particularmente, después de que durante el sexenio pasado Luis Estrada y su
equipo, documentaran más de cien mil afirmaciones falsas, engañosas o
imposibles de comprobar, emitidas desde la máxima tribuna política del país.
Más de cien mil.
Una cifra admirable.
No cualquiera puede alcanzar semejante productividad.
Y precisamente por ello resulta tranquilizador saber que ahora serán las
autoridades quienes nos ayuden a distinguir la información correcta de la
incorrecta.
¿Quién podría estar más capacitado para determinar la verdad que quienes
acumularon semejante experiencia produciendo sus distintas versiones?
Pero hay más motivos para agradecer.
A los periodistas mexicanos que continúan haciendo su trabajo en uno de los
contextos más peligrosos para ejercerlo. Durante los últimos años,
organizaciones nacionales e internacionales han documentado decenas de
asesinatos, desapariciones y niveles alarmantes de impunidad.
Muchos responsables jamás fueron llevados ante la justicia.
Sin embargo, parece que el problema urgente no son los asesinos de
periodistas.
El problema urgente son los periodistas.
Hay prioridades.
También debemos agradecer la sinceridad involuntaria que aparece de vez en
cuando en las conferencias matutinas.
La presidenta reconoció que Reforma, El Universal y TV Azteca no reciben
publicidad oficial.
La afirmación pretendía ser una explicación.
Terminó siendo un elogio.
Porque si esos medios sobreviven, generan contenidos, pagan nóminas y
siguen siendo rentables sin recursos gubernamentales, dependen de algo
bastante incómodo para el poder: sus lectores, sus audiencias y su
credibilidad.
No de su cercanía con el gobierno.
No de favores políticos.
De que alguien esté dispuesto a leerlos, verlos, anunciarse en ellos o pagar
por sus contenidos.
Y es precisamente aquí donde aparecen los famosos lineamientos.
El problema no está necesariamente en lo que dicen proteger, sino en el poder
que otorgan para interpretar. Cuando una autoridad puede decidir dónde
termina la información y comienza la opinión, cuándo una cobertura resulta
adecuada y además puede sancionar económicamente al medio que incumpla
sus criterios, la regulación se acerca peligrosamente al terreno editorial.
Las respuestas suelen empezar igual.
“Nadie quiere censurar.”
“Nadie pretende controlar.”
“Nadie busca limitar.”
Jamás hay censura.
Sólo regulación.
Jamás hay control.
Sólo protección.
Jamás hay presión.
Sólo lineamientos.
La historia del poder podría resumirse en esa secuencia.
Y luego está la mejor parte.
Cuando se preguntó si esos criterios también serían aplicables a las
conferencias presidenciales, la respuesta fue magistral:
—No… Que no la vean.
Extraordinario.
Porque esa frase resuelve todo el debate.
Quien quiera leer Reforma, lo lea.
Quien quiera leer El Universal, lo lea.
Quien quiera ver TV Azteca, la vea.
Quien quiera escuchar una estación de radio, la escuche.
Y quien no quiera hacerlo, pues no.
Sin reguladores de la verdad.
Sin árbitros de la opinión.
Sin funcionarios certificando qué crítica es aceptable y cuál no.
Sólo ciudadanos ejerciendo el derecho a elegir.
Que, curiosamente, era la idea original de la libertad de expresión.
Por eso hoy corresponde agradecer.
Gracias por recordarnos que la solución era tan sencilla.
Y feliz Día de Gracias.
Porque al parecer debemos sentirnos afortunados de conservar derechos que
nunca debieron depender de la generosidad del poder.





