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“El empresario no es el enemigo, es el que produce”

  • agosto 11, 2026
  • 6:52 am

Opinión Económica y Financiera/ Jorge A. Lera Mejía

Durante demasiado tiempo, en América Latina se ha querido presentar al empresario como
adversario del pueblo, como si quien invierte, produce, arriesga su patrimonio y genera
empleos formara parte de una élite ajena a las necesidades sociales.
Esa visión ha alimentado un viejo paradigma: el Estado como supuesto gran empresario, capaz
de sustituir a la iniciativa privada mediante empresas públicas, subsidios permanentes y
estructuras burocráticas que terminan siendo más costosas que productivas.
Pero la realidad está abriendo una discusión diferente.
En buena parte de América Latina, los electores están votando por gobiernos que prometen
recuperar la seguridad, reducir el tamaño del Estado, estimular la inversión y devolver
protagonismo a la iniciativa privada.
No es una tendencia uniforme ni significa que la izquierda haya desaparecido: Uruguay, Brasil y
México muestran que existen gobiernos de izquierda o centroizquierda con respaldo ciudadano,
no necesariamente buenos administradores.
Sin embargo, el péndulo político sí se ha desplazado con fuerza hacia posiciones
conservadoras o liberales en países estratégicos.
Argentina representa quizá el ejemplo más contundente. Javier Milei llegó a la Presidencia en
2023 con una propuesta abiertamente liberal y, posteriormente, impulsó privatizaciones y una
reducción de la participación empresarial del Estado. En 2025 avanzó la privatización de
Intercargo y Belgrano Cargas, mientras en 2026 continuaron procesos como la venta de AySA.
Paralelamente, el Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones busca atraer capital y
generar empleo, producción y exportaciones.
Perú ofrece otra señal. En 2026, Keiko Fujimori ganó la Presidencia con apenas 50.135% frente
al 49.865% de Roberto Sánchez. Fue una elección prácticamente dividida en dos mitades, pero
significó el retorno de una opción conservadora después de años de inestabilidad política.
Chile fue todavía más contundente. José Antonio Kast ganó las elecciones presidenciales de
diciembre de 2025 con aproximadamente 58% de los votos frente a 42% de Jeannette Jara,
convirtiéndose en el presidente más identificado con la derecha en décadas.
Y este 7 de agosto de 2026, Colombia acaba de inaugurar un nuevo ciclo político con Abelardo
de la Espriella, empresario y abogado conservador, quien derrotó estrechamente al izquierdista
Iván Cepeda y asumió la Presidencia. Su llegada representa un giro respecto al proyecto de
Gustavo Petro.
¿Qué explica estos movimientos?
No solamente la ideología. También el cansancio ciudadano frente a la inseguridad, el bajo
crecimiento, la inflación, el desempleo y la percepción de que gobiernos demasiado
intervencionistas prometieron mucho y produjeron poco.
Porque hay una verdad que no debería ser de izquierda ni de derecha:

Los empresarios no son el enemigo del pueblo. Son las entidades que respaldan la producción,
de acuerdo o no, son los encargados de invertir, trabajar, arriesgar, y ofrecer empleos.
Cada nómina que se paga representa familias que subsisten y reproducen el llamado “flujo
circular de la renta”.
Cada empresa productiva representa oportunidades para jóvenes que pueden encontrar un
proyecto de vida en lugar de emigrar o caer en las redes de criminales.
La verdadera política social no consiste solamente en repartir subsidios. También consiste en
crear las condiciones para que existan empresas capaces de pagar salarios dignos, generar
empleos formales y producir riqueza.
El Estado tiene una responsabilidad fundamental: garantizar seguridad, justicia, infraestructura,
educación, salud y reglas claras.
Pero cuando pretende convertirse en empresario sustituyendo al ciudadano que produce,
puede terminar creando burocracias obesas, empresas deficitarias y subsidios que finalmente
pagan todos.
El desafío del nuevo ciclo latinoamericano no debería ser elegir entre Estado o empresa.
Debe ser construir un Estado que regule, garantice y acompañe, y un sector privado que
invierta, produzca, innove y genere empleos.
Porque cuando la empresa crece, también crece la posibilidad de que una familia salga
adelante.
Y cuando una sociedad vuelve a creer en el trabajo productivo, comienza a recuperar algo
todavía más importante: la esperanza en su propio futuro.

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