Crónicas de la calle/Rigoberto Hernández Guevara
Un hombre camina por la calle. Sin más nada camina a mansalva. Lo hace vistiendo a la
usansa y al calor que hace en la ciudad. En torno surgen miles de preguntas disueltas
espontáneamente por el curso de los acontecimientos de otros hombres que caminan por la
calle buscando la chuleta a través del tiempo.
Es un hombre alto de gran sombrero ceboso dirán los niños, es un hombre de regular tamaño
dijo un padre de familia frente a una escuela primaria matutina . Era eso un hombre cuyo
contenido nada tenía que ver con los demás. A lo mejor ni hambre traía el vato, dijo una señora
que lo vio pasar sin ofrecerle un taco, ella que es muy buena gente, una dama de la caridad. No
era nadie.
Lo habían visto pasar primero por otro barrio de la ciudad sin dar ni pedir cuartel, sin quien lo
entrevistara para saber. Oye, viste al hombre del que todos hablan. Sí, hace rato cruzó la
ciudad y luego desapareció en el misterio.
No lleva un balón que se note como para decir que va a un partido, es una panza
reveladoramente caguamera. Parece un candidato, pero ni Dios lo mande, concedió desde un
Jesús en la boca doña Tiburcia, la líder de la colonia. Es un voto, dijo una señora de esas del
viejo voto duro priista. Falta mucho, dijo otra que pidió respeto para los tiempos electorales y ni
quien hablara de eso.
Han querido establecer un horario para ver pasar al sujeto, para saber a qué dedica el tiempo
libre y luego ir por las calles divulgando puras mentiras. Sin embargo el hombre vulnera toda
formalidad, suele pasar a distinta hora o ser muy puntual en su fuero interno.
Han deseado instalar retenes de seguridad para anotar cada que el personaje en cuestión pase
por peajes, se pensó en designar personal para el servicio particular y público de tan ilustre
personaje cívico que tiene a bien cruzar nuestras calles. Con el tiempo el hombre, aquella
especie ilustre pidió un incremento en su salario, era difícil tolerar que lo estén mirando a uno y
se le concedió.
Cuando menos lo espere, sin costo alguno y en primera fila podrá usted ver a cualquier hora
del día el paso del personaje sin hambre. Podrá ofrecer un entremes antes de invitarlo a pasar
a echarse unas caguamas que con el calor resultan inevitables y es delito dejar con sed a un
cristiano Ronaldo cuyo único delito, al perecer, es pasar por la calle.
Con el tiempo un buen samaritano sin hacer preguntas le compró una moto al vato para que
llegara a donde fuese que fuera, más pronto sin cansarse. Luego se le vio, según las lenguas
rayadas y ponzoñosas de la colonia, llevar una morena de fuego en ancas de la pequeña
motoconformadora.
Ahora cobran por verlo pasar en la moto. Han dicho de todo. Lo llenaron de mitos y que los
chiquillos han querido desmentir sin éxito de uno por uno. Un día se cayó en el lodo, pero nadie
lo vio, la gente anduvo diciendo que fue por defender el barrio. En realidad fue un lomito que lo
persiguió.
Luego de verlo arrastrar la nave, arrancar una penca de nopal encajado en el brazo izquierdo y
echarse saliva en la mordedura de una víbora, el hombre aquel desapareció para siempre.
Nosotros seguimos aquí.
Por la calle continúa el paso de la gente sin contemplaciones. Otros hombres gigantescos, con
seis dedos en un pie, miopes como el que suscribe, caminan cansinos por la angosta banqueta.
Nadie los vio pasar de un lado a otro y su nombre fue olvidado, como una pompa de jabón en el
aire. Hasta que de nuevo, un ciudadano logra escuchar los pasos en medio del metálico
silencio, los pasos cruzan de nuevo la calle y es el aire.
HASTA PRONTO





