José Luis Rodríguez Castro | Expreso La Razón
Crónica
Ayer despidieron a Margarita “Maguito” Sánchez Nava.
Tenía 52 años.
Seis hombres cargan el féretro sobre los hombros.
Avanzan hasta el pasillo 45 del cementerio municipal donde ya esperan familiares y amigos.
Esperan a Maguito.
Es Tampico y el calor es insoportable.
Apenas una brisa recorre los rostros de quienes llegaron a despedirla.
Son rostros marcados por delgadas líneas de lágrimas que descienden por las mejillas.
Ojos tristes.
Miradas hacia abajo.
El dolor está ahí.
Se siente.
Ahí despiden a su tía Maguito.
A la tía entrañable.
A la mujer que siempre estaba dispuesta a cuidar a sus sobrinos.
La que estaba para ellos.
La que apenas había comenzado otra etapa de su vida.
Después de años de trabajo, Margarita se había pensionado.
Sus días eran para vivir.
Para disfrutar.
Para ser feliz.
Pero la vida se detuvo de golpe.
Decenas de arreglos florales acompañan el féretro.
También están las palabras de cariño de quienes todavía no pueden creer lo ocurrido.
Hay silencio.
Después, un sollozo.
Luego otro.
Algunas palabras apenas consiguen salir.
El llanto las rompe.
El dolor no termina.
La tarde comienza a caer sobre el cementerio.
El calor persiste.
Maguito permanece ahí, rodeada por quienes la quisieron.
Familiares y amigos se acercan por última vez.
La miran.
La despiden.
La recuerdan.
Poco a poco comienzan a retirarse.
Los pasos se alejan.
Las voces desaparecen.
Queda el silencio del cementerio.
Y queda la vida de una mujer que será recordada con cariño.
La tía Maguito se queda a descansar para siempre.
Más tarde, la familia demandará justicia.
Pedirá que quien resulte responsable cargue con todo el peso de la ley.
Porque la vida de Margarita fue interrumpida en un segundo.
Un domingo salió para acudir a una consulta médica.
No regresó.
Ahora solo quedan sus recuerdos.
Y el cariño de quienes ayer la acompañaron hasta su última morada.
La tía Maguito ya descansa.
Pero para su familia, la historia todavía no termina.





