En visto | Dora de la Cruz
La decisión de la Comisión Nacional de Honestidad y Justicia de Morena, de
suspender temporalmente los derechos partidistas de dos diputadas que incurrieron
en comentarios discriminatorios, incluso agresivos, contra las personas adultas
mayores, tiene un mensaje que va más allá de una sanción; es un “estirón de
orejas”, para esa militancia, funcionarios que hoy en el poder creen que estar en el
cargo, ya los hace intocables, agrediendo a ciudadanos.
Es también un llamado a entender que quienes llegan al servicio público bajo las
siglas de un partido, no pueden desligarse de lo que representan. Mucho menos
pueden utilizar esa representación para hacer críticas, que descalifiquen o
discriminen a un sector de la sociedad, especialmente ese que es considerado el
voto duro de Morena.
Las diputadas, Nayeli Salvatori y Grace Palomares se divertían mucho en su
podcasts llamado DesCasadas, haciendo comentarios despectivos de los adultos
mayores, que no vale la pena volver a repetir aquí. La medida que les fue aplicada,
también tiene muchos destinatarios en la militancia de Morena, especialmente para
quienes están en cargos de elección popular, para que no renieguen de la
ciudadanía, por quienes llegaron al poder, y que incluso, les puede costar su puesto,
de incurrir en esas escenas de hacer comentarios discriminatorios contra algún
grupo de la sociedad.
Suspender temporalmente los derechos partidistas, es literal un regaño, porque
seguirán siendo legisladoras y cobrando su sueldo, sin embargo, en este caso no
podrán reelegirse en la Cámara; estas “sanciones” deberán servir para sacudir al
partido, hacer trabajo de formar auténtica militancia, comprometida con la ideología
de la Presidenta Claudia Sheinbaum: “con el pueblo todo, sin el pueblo, nada”.
Ciertamente en Morena, a su composición llegaron figuras políticas de todos los
partidos políticos, desde su concepción y luego, se incrustaron como funcionarios en
sus gobiernos; su militancia aún no se ha consolidado, no hay convicción visible en
variados cuadros que solo han mostrado apetitos políticos, proyectos personales,
que no es lo mismo a traer la camiseta bien puesta.
Ese es precisamente uno de los retos que tiene por delante el partido en el poder:
evitar repetir la triste historia del Partido Revolucionario Institucional, que terminó con
generaciones de políticos señalados por corrupción y, con el tiempo, rompiendo el
compromiso social que alguna vez tuvo con el pueblo.
La estructura sólida de Morena, ciertamente, está en las colonias. No está en las
oficinas gubernamentales, ni tampoco en los cargos de elección popular. Está en
quienes han construido el partido desde abajo, en quienes han recorrido calles,
comunidades y colonias, y en quienes han mantenido el vínculo con la gente más
allá de los tiempos electorales.
Por eso, el siguiente paso para Morena no debería ser solamente ganar elecciones,
sino definir con quién quiere seguir ganándolas. El partido requiere una revisión
profunda de sus cuadros y de los perfiles que pretende llevar a los espacios de
decisión. Una especie de cirugía política que permita separar la representación
partidista de los intereses personales, familiares o de grupo.
Morena seguirá ganando elecciones; esa no parece ser la interrogante hoy. La
pregunta es con quién y para qué.
Porque ganar un cargo no significa necesariamente representar al pueblo. El voto
abre la puerta, pero el ejercicio del cargo demuestra si existe compromiso con
quienes hicieron posible llegar hasta ahí.
Morena necesita generar nuevos liderazgos, con compromisos sociales y dejar atrás
esos legados de quienes pasaron de un partido a otro, enviciados en el poder por el
poder mismo, sin detenerse en los postulados, planes y programas que envuelven la
oferta del Movimiento, en sus convicciones.





