MEMORIA Y OLVIDO/Pedro Alfonso García Hernández
A principios de 1984, un día que ya no recuerdo, me topé en la plaza Hidalgo con Alejandro
Rosales Lugo. Tenía poco tiempo de conocerlo; ocasionalmente nos veíamos cuando llevaba a
la redacción de El Mercurio sus colaboraciones, historias o poemas.
Por algún motivo —supongo que salieron en la plática suplementos culturales que hicieron
época, como México en la Cultura o Sábado, ambos de Fernando Benítez— se me vino a la
mente la ocurrencia de hacer algo a nivel local, y Rosales se prendió con la idea.
Al poco tiempo el pintor victorense se apareció en la redacción, “exacto” en mano, para armar
sobre la mesa de luz una página que se llamó Arquitrabe. Por ese espacio desfilaron amigos
escritores, musicologos fotografos y pintores: José Luis Pariente, Baldomero Zurita, Memo
Lavín, Toño Huerta, Paco Ramos, Heriberto Zárate, Nora López Mestas y otros que escapan
ahora a mi jodida memoria.
Arquitrabe se ganó la simpatía de un influyente sector de los victorenses, que con sus
comentarios ayudaron a mantener vivo el pequeño proyecto, de tal manera que no fue difícil
convencer a la empresa para editar un suplemento bautizado con el nombre de Trópico de
Cáncer.
Después llegaron otros tamaulipecos destacados, entre ellos Juan Jesús Aguilar, Raúl
González Sierra, Arturo Medellín y Enrique Salazar Peralta. Los viernes y sábados la redacción
era una romería, entre carcajadas, enojos, sarcasmos y miradas que reflejaban todas las
emociones.
Alguna vez, un pequeño grupo de ese equipo extraordinario fuimos invitados por Memo Lavín a
su casa para tomar unas copas de Calafia; otras veces íbamos al café para noctámbulos o
terminábamos en algún bar como el Veracruzano; otras veces, simplemente, se concentraba el
material y el sábado se armaba para publicar el domingo.
Meses después del arranque de Trópico de Cáncer supimos de la llegada del abogado Juan
Guerrero Villarreal a la dirección del periódico El Diario, y unas semanas después Alejandro,
con una parsimonia inusual en él, se acercó a mi escritorio de jefe de redacción para platicarme
de su amistad con don Juan y con Baldomero Zurita, un hombre de todas las confianzas de la
familia Cárdenas, que acababa de asumir el control del periódico de la competencia.
—Me invitaron, vamos a hacer un suplemento —me confió Alejandro.
Después supe que preparaba el esqueleto de lo que sería Maratín, y mientras trabajaba en ese
proceso, Alejandro sugirió que al frente de Trópico de Cáncer permanecieran Arturo Medellín,
Raúl González Sierra, Juan Jesús Aguilar y Enrique Salazar Peralta. Supe que ya habían
hablado y que ellos aceptaron entusiasmados.
Días después Alejandro se fue y entraron de lleno al frente de Trópico de Cáncer los cuatro
amigos: Medellín y Juan Jesús, avecindados en Tampico; González Sierra y Enrique, en Ciudad
Victoria. Fue otro gran momento.
Llegaron al suplemento otros personajes: escritores de cuentos, poetas, músicos y pintores de
Tampico, cada uno con su propia manera de entender el oficio. Me ufano en decir que con
Arquitrabe, Trópico y Maratín se vivió la época más intensa del periodismo cultural en
Tamaulipas, y yo, sin luces intelectuales y apenas un aprendiz del periodismo, tuve la suerte de
estar cerca de personajes que hicieron historia en el centro de Tamaulipas.
Trópico fue un ejercicio de libertad y de creatividad. Entre otros recuerdos, recreo la edición en
que apareció un artículo erótico, enmarcado con ilustraciones que insinuaban coitos mediante
imágenes de tuercas y tornillos. Al día siguiente me reprendió la autoridad del periódico, luego
de recibir llamadas de integrantes de la Vela Perpetua y también de los Caballeros de Colón y
de las Damas Isabelinas.
Hubo otras ocasiones en que se lastimó la sensible piel de las buenas conciencias, como un
artículo donde uno de los colaboradores, en un ejercicio de sarcasmo, dividió a la sociedad
local entre “victorenses” y “victorianos”. No faltaron quienes se dieron por aludidos e hicieron el
reclamo correspondiente. Como éstas, hubo muchas más historias en la primera y en la
segunda época de Trópico.
Con el tiempo busqué otros horizontes. Entre incursiones en el periodismo, con las talachas
nocturnas que me convirtieron en un insomne crónico, vi recorrer a los personajes que llenaron
las páginas de Arquitrabe y Trópico de Cáncer posiciones importantes en el mundo de la cultura
oficial; otros trabajaron intensamente para publicar sus libros, participaron en exposiciones
pictóricas o se dedicaron al ejercicio profesional o académico.
En 1992, con mi compadre Víctor Contreras, creamos el semanario Expreso, que en 1995
emigró a la edición diaria que es hoy. Siempre nos emocionaba cubrir eventos culturales, más
si participaban nuestros amigos; muchos de ellos colaboraron con Expreso, publicando lo que
escribían en sus momentos de inspiración.
Celebro hoy que muchos de ellos sigan en la plenitud del ejercicio como artistas y escritores;
lamento la muerte temprana de algunos, que dejaron un gran vacío que nadie ha podido llenar.
La vida sigue, y espero que nuevas generaciones vengan al relevo. Aquellos años me
enseñaron que un suplemento, un bar y una mesa de luz bastan para encender una vocación;
hoy, cuando el oficio de escribir atraviesa una etapa difícil, ese mismo impulso sigue siendo lo
único indispensable, pues escribir es dejar el registro del talento y, sobre todo, de la identidad.
El alma y la inspiración perdurarán, aunque lleguen herramientas que intenten desplazar la
creación humana.





