INDICADOR POLITICO/Carlos Ramírez
Si se miran con la frialdad de los hechos, las circunstancias y las expectativas, la crisis de
exámenes de admisión en la UNAM no es sino la estación terminal de un proyecto educativo
que los rectores desde la crisis de Guillermo Soberón Acevedo en 1971 a Leonardo Lomeli
Vanegas han sido los responsables de mantener a la casa de estudios como un espacio de
poder ajeno a las necesidades del país.
La renuncia de Pablo González Casanova en 1971 había sido provocada desde la presidencia
de Luis Echeverría Álvarez con la toma de la rectoría por dos porros que respondían a los
intereses gubernamentales. Después de nueve rectores de 1971 a la fecha, la UNAM quedó
lastimada por la represión del movimiento estudiantil del 68 y la responsabilidad de la crisis
acumulada ha sido de los presidentes de la República de Díaz Ordaz a Sheinbaum Pardo.
La crisis actual de los exámenes digitales está planteando el verdadero problema de la
UNAM: la crisis terminal del modelo educativo de autonomía irresponsable y la existencia de
ese centro de educación superior como capacitadora de recursos humanos de un Estado que
ha achicado su tamaño y por la decisión del presidente Carlos Salinas de Gortari en 1988 de
acudir a egresados de la educación privada para hacer compatible el nuevo Estado neoliberal.
La crisis que provocó el despido de González Casanova volvió a manifestarse en 1986 brutal
diagnóstico del rector Jorge Carpizo Mac Gregor sobre la fortaleza y la debilidad de la UNAM y
a partir del reconocimiento de que el modelo de esa Universidad pública era inviable, pero los
presidentes de la República decidieron no meterse en más problemas y dejaron a la UNAM al
garete bajo el pretexto de la autonomía. Sólo por el tema de las cuotas hubo dos huelgas y la
segunda llevó al rector Juan Ramón de la Fuente Ramírez –fracasado aspirante a la
candidatura presidencial del PRI en 1999 y enviado a la UNAM como un cargo de relleno– a
avalar el ingreso de la policía al territorio universitario “autónomo” para arrestar a los
estudiantes –porque eran estudiantes– que lideraban el paro territorial, emulando y hasta
superando la estrategia del presidente Díaz Ordaz ante el movimiento estudiantil del 68.
La crisis por los exámenes de admisión digitales no fue por errores de procedimientos, ni
culpabilidades acreditadas a algoritmos, ni menos aún responsabilidad de los vivales que
siempre han existido en la Universidad y que han traficado con los exámenes, sino que debió a
la impericia del rector Lomelí que de manera paradójica llegó a la rectoría avalado por cinco
años como director de la Facultad de Economía y nada menos que ocho años de secretario
general de la rectoría.
El currículum universitario del rector Lomelí no es más que la probatoria documental de su
incapacidad para dirigir los hilos enredados del poder universitario en la UNAM. La salida de
emergencia de regresar a los exámenes presenciales aplastó a los estudiantes que sí se
prepararon para realizar con honestidad el examen digital y que fueron tratados como
delincuentes universitarios.
Lo más grave del asunto radicó en el hecho de que el rector Lomelí sacrificó a su secretaria
general para salvarse a sí mismo, terminará su gestión en noviembre del próximo año y sin
duda tiene en cartera la decisión de buscar la reelección por otro período. Pero la propuesta
de Lomelí que presentó ante el Consejo Universitario para participar en la elección rectoral fue
un ejercicio de inconsciencia universitaria, de incapacidad magisterial y sobre todo de
desconocimiento de las crisis de la UNAM que han causado conflictos y represiones.
La crisis por los exámenes digitales es la superficie del problema grave y terminal de la UNAM:
su actual estructura dominada por bloques de poder que se dedican a administrar para sí
mismos los presupuestos del subsidio público ya no aporta profesionalismo educativo a las
necesidades del país. El principal problema de la UNAM es un gigantismo y la necesidad de
desarticularla en universidades que representen las especialidades y que no sean controladas
por los poderes fácticos de la UNAM.
La salida de emergencia del rector Lomelí busca garantizarle cuando menos terminar su
período y en el peor de los casos retirarse con una jugosa pensión, pero alguien tiene que
exigirle responsabilidades en la actual crisis que afectó a estudiantes –tanto los conscientes
que se prepararon como los malandrines que traficaron con la inteligencia artificial–, pero
subrayando que el principal problema de la UNAM el de su proyecto educativo ajeno ya a los
dos modelos políticos de gobierno: de un lado, el populismo priista universitario que se
colapsó en 1965 con la defenestración del rector Ignacio Chávez, se hundió en el
oscurantismo con la represión policiaca del rector De la Fuente Ramírez y ahora con la
Universidad al garete para no hacer olas; y del otro, el neoliberalismo que se nutre, por
ejemplo, del ITAM y el Tec de Monterrey.
La UNAM ya no le sirve a la República.
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Política para dummies: la política sirve para encarar las crisis, no para ocultarlas como cabeza
de avestruz.
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