Por Raúl López García
La Razón
Un adolescente puede sentarse todos los días en un salón de clases y nadie saber lo que está viviendo. Puede reír con sus compañeros, entregar tareas y regresar a casa cargando una tristeza que nunca se atreve a contar.
Ahora, el Gobierno federal puso en marcha el ABC de las emociones, una estrategia que busca que las escuelas aprendan a escuchar esas señales. Pero en Tamaulipas queda una pregunta que puede marcar la diferencia entre la prevención y una tragedia: ¿quién atenderá a los jóvenes cuando la escuela descubra que ya están en crisis?
La estrategia nacional arrancó para estudiantes de tercero de secundaria y bachillerato, con tutorías semanales, guías y actividades de acompañamiento.
La apuesta es necesaria. El programa busca que los adolescentes aprendan a reconocer la tristeza, la angustia, el miedo y el enojo; que sepan pedir ayuda y encuentren en la escuela un espacio de acompañamiento.
En Tamaulipas, la Secretaría de Educación ha planteado, además, que la estrategia sirva para prevenir la violencia, el bullying y las conductas agresivas, con la participación de alumnos, maestros y familias.
Pero detrás de la promesa aparece un vacío: no existe una cifra pública consolidada que revele cuántos estudiantes de Tamaulipas enfrentan ansiedad, depresión, estrés severo, agresividad o riesgo suicida.
Las estadísticas disponibles proceden de encuestas, servicios de salud y distintos subsistemas educativos, pero todavía no constituyen un diagnóstico único de la población estudiantil ni una línea base del nuevo programa.
Ese vacío obliga a mirar más allá del discurso. Detectar un problema emocional es apenas el primer paso.
Un maestro puede advertir que un alumno dejó de hablar, se aisló, cambió radicalmente de conducta o comenzó a expresar desesperanza, pero no puede cargar solo con la responsabilidad de atender una depresión severa o una crisis suicida.
La propia estrategia federal contempla formación y materiales para docentes, pero su operación pública todavía deja pendientes detalles sobre la respuesta concreta ante los casos de mayor gravedad.
En Tamaulipas, el secretario de Educación, Miguel Ángel Valdez García, ha anunciado capacitación para alrededor de 12 mil docentes de secundaria y educación media superior, mientras otras versiones oficiales y públicas han señalado entre dos y tres horas semanales para el trabajo socioemocional.
Sin embargo, sigue pendiente conocer con precisión cuántas horas durará la capacitación, qué especialistas la impartirán y, sobre todo, quién respaldará al maestro cuando frente a él aparezca un estudiante que necesite atención profesional.
También persisten dudas sobre la ruta que seguirá un joven detectado en riesgo. La estrategia nacional contempla la coordinación con el sector Salud, brigadas y el apoyo de la Línea de la Vida, pero no se ha difundido públicamente un protocolo estatal único que explique con claridad quién recibe el caso, quién contacta a la familia, cuánto tiempo debe pasar para obtener atención y qué ocurrirá cuando el estudiante viva en un municipio sin suficientes servicios especializados.
La diferencia entre prevenir y reaccionar puede estar en esas respuestas. No todos los jóvenes que necesitan ayuda la piden y no todos los casos se resuelven con una charla en el aula.
Cuando un estudiante presenta una señal de alarma, la escuela necesita saber qué hacer después: a quién llamar, dónde canalizarlo y quién asumirá la responsabilidad de acompañarlo hasta que reciba atención.
El ABC de las emociones puede ser una oportunidad para que las escuelas escuchen lo que durante años muchos adolescentes han guardado en silencio. Pero detectar el dolor no basta.
La verdadera prueba del programa comenzará cuando un joven levante la mano y necesite algo más que una guía, una dinámica o una conversación.
En ese momento, la pregunta ya no será si la escuela logró detectar el problema, sino si Tamaulipas estaba preparado para responder antes de que ese silencio se convierta en una tragedia.





