Faljoritmo/Jorge Faljo
Estamos lejos de aquellos tiempos en que el país crecía a tasas del seis por ciento y en los que
la población sentía de manera efectiva que su bienestar se elevaba a la par que la producción
agropecuaria e industrial. Luego nos globalizamos y ahora la globalización nos deja, a la
mayoría, colgados de la brocha.
Las noticias de la semana destacan lo usual. Ante todo, en primeras planas, los éxitos del
sector globalizado. México incrementó de manera notable sus exportaciones a los Estados
Unidos y ahora es el segundo con mayor superávit con ese país, solo después de Vietnam y
por arriba de Taiwán y China. El superávit de México con Estados Unidos creció 21.2 por ciento
en enero – agosto de 2026 comparado con el mismo periodo del año pasado.
La receta, superficial, para seguir parece evidente. De acuerdo al presidente del Consejo
Coordinador Empresarial, José Medina Mora, la principal preocupación del país es la
renovación del T-MEC y propuso priorizar el grado de inversión. Otra de sus propuestas fue
disminuir gradualmente el déficit público y para ello ampliar la base de contribuyentes. Lo que
puede interpretarse como cobrarles impuestos a más personas y no más impuestos a los
mismo. Eso habría de generar estabilidad económica y mejores condiciones para la inversión y
la creación de empleos formales. Dos elementos que notablemente vienen fallando.
No obstante, las noticias de la semana también reflejaron la realidad en el otro lado de la
medalla; en este caso el deterioro de la producción agropecuaria. Algo que para muchos
competiría con la renovación del T-MEC por la posición de la mayor preocupación nacional.
Los datos de la Encuesta Nacional Agropecuaria realizada por el INEGI, publicados el 7 de
octubre, son impactantes en el más negativo sentido de la palabra. Entre 2022 y 2025 la
superficie dedicada a la siembra de granos se redujo en 6.6 por ciento y la producción cayó en
10.8 por ciento. La producción de trigo se derrumbó en 46.4 por ciento; la de maíz blanco en
6.7 por ciento; la de maíz amarillo en 11.2 por ciento y la de sorgo en 12.1 por ciento. Creció en
cambio la producción de frijol en 22.1 por ciento. Son datos devastadores para un país en el
que el grueso de su alimentación depende de importaciones.
La producción de frutos se redujo en 4.1 por ciento y la de hortalizas en 6.3 por ciento. En
algunos casos se aumentó la superficie cultivada sin un efecto positivo correlacionado. El
aguacate ganó 3.7 por ciento en superficie pero redujo la producción en 9.5 por ciento. El limón
amplió en 8.8 por ciento la superficie cultivada sin impacto positivo en el monto de la
producción.
El hato ganadero también se redujo, con la excepción de las aves. Bovinos, cayeron en 2.1 por
ciento; porcinos en 3.9 por ciento; caprinos en 17.8 por ciento y las colmenas en 29.2 por
ciento. Destaca la caída de un cultivo no alimenticio, el algodón cuya producción se redujo en
71 por ciento.
De acuerdo con los productores el problema dominante es económico; el 71 por ciento de las
unidades reporta altos costos de insumos y servicios; muy por encima del 36.8 por ciento que
ubica a la sequía como problema dominante. Otros datos notables son que el 80.8 por ciento
de los productores tiene más de 45 años y que de 13.3 millones de trabajadores permanentes
el 83.7 no recibe pago y son en su mayoría familiares.
Hace décadas la SAGARPA decidió enfocarse en los productores “viables”, es decir la
agricultura comercial y dejo de lado, para los programas asistenciales a una mayoría de
productores no viables, básicamente el campesinado. Ahora estos datos del INEGI reflejan la
descapitalización tanto de la agricultura campesina de temporal como de la agricultura
comercial de riego.
Datos del INEGI también revelan que en el mes de julio de 2026, comparado con el mismo mes
de 2025, la producción de prendas de vestir cayó en 6.2 por ciento; la de productos de cuero,
entre los que destaca el calzado, se redujo en 2.5 por ciento y la fabricación de muebles,
colchones y persianas se deterioró en 8.2 por ciento. No son las únicas actividades en deterioro
sino los botones de muestra de lo que ocurre en la manufactura.
Hablar primero del sector agropecuario y luego de la manufactura no es un cambio de tema.
Son expresiones de lo mismo; el deterioro generalizado de la producción orientada a la
satisfacción de las necesidades de la población. Un deterioro que tampoco es nuevo sino que
es el otro lado de la moneda de la globalización en la que persiste con denodado afán la
estrategia económica seguida por México.
Tanto para la producción agropecuaria campesina como para la comercial el problema de fondo
es el de la rentabilidad de la producción. Un asunto que se ha preferido no abordar en serio en
tanto que la contabilidad refleja que es más barato importar que producir internamente. Nada
ha hecho tanto daño a la producción interna, al empleo formal y al bienestar de la población
como el peso fuerte. Un daño superficialmente compensado mediante una política social
exitosa alineada a la apertura comercial y al abaratamiento del dólar.
Una buena y relevante noticia en la semana fue la decisión de Banxico de permanecer
desalineado con la baja de la tasa de interés de la FED norteamericana. Se ha reducido el
premio que la tasa de interés en México, muy superior a la de Estados Unidos, otorga a la
inversión financiera en pesos. Esto se traduce en un debilitamiento del peso, es decir dólares
más caros; una medida tímida pero en la dirección correcta si se trata de contener la pérdida de
competitividad del grueso de los productores no globalizados que se esfuerzan por sobrevivir
produciendo para el mercado interno.
No obstante la herencia de décadas de autodestrucción de las capacidades productivas
históricas, convencionales, ubicadas sobre todo en la micro, pequeña y mediana producción,
deja al país en extrema vulnerabilidad. No será fácil transitar del consumo importado de
alimentos y bienes esenciales a otra estrategia que priorice no el libre comercio y el consumo,
sino la producción por la vía, sobre todo, de la recuperación de lo deteriorado.
Esto no podrá hacerse de manera tersa recurriendo a un ajuste brutal de la paridad cambiaria.
La reorientación deberá provenir sobre todo de la administración del mercado, empezando por
reorientar hacia el consumo nacional la demanda generada por las transferencias sociales y el
establecimiento de acuerdos con organizaciones sociales de trabajadores, consumidores y
productores. Para lo cual se requiere un Estado fuerte en lo económico no por la vía de la
austeridad sino por el incremento de una mayor captación fiscal que no recaiga en la gran
mayoría; y sustentado en la fuerza política que le daría un compromiso con la población
organizada desde abajo para escapar de la trampa de una globalización en decadencia.





