Códigos de poder/David Vallejo.
Brasil acaba de ofrecer una imagen que obliga a mirar el mapa completo. Flávio Bolsonaro
obtuvo 47% en la primera vuelta frente a 45.1% de Lula y ambos volverán a enfrentarse el 25
de octubre. El resultado se suma a una tendencia más amplia. América Latina acumula victorias
de fuerzas identificadas con la derecha y Europa muestra un desplazamiento semejante.
Alemania tiene a Alternativa para Alemania como segunda fuerza parlamentaria, Giorgia Meloni
gobierna Italia, Marine Le Pen consolidó a Agrupación Nacional como una fuerza central en
Francia, Austria vio crecer al Partido de la Libertad y Portugal a Chega. En América, Milei y
Bukele completan una fotografía que invita a concluir que el mundo está girando a la derecha.
La realidad es más compleja.
La ciudadanía cambia de voto mucho más rápido de lo que cambia de valores. Quien hoy elige
una opción conservadora puede seguir defendiendo pensiones públicas, salud, educación,
protección laboral, matrimonio igualitario o ayudas sociales. Lo que cambia es la prioridad y,
sobre todo, la evaluación entre lo que esperaba y lo que recibió. Un gobierno llega porque
promete resolver aquello que más preocupa y después se enfrenta a expectativas que casi
siempre crecen más rápido que sus resultados. Si la desigualdad domina la conversación, se
exige redistribución. Si después persisten la inflación, la inseguridad, la vivienda cara o el
deterioro de los servicios, el mismo ciudadano comienza a evaluar al gobierno con otros
criterios. No abandonó necesariamente sus convicciones anteriores. Cambió aquello que
considera urgente.
Trump ofrece un ejemplo interesante. Su narrativa transformó la política estadounidense y
extendió su influencia mucho más allá de Estados Unidos. Fronteras, migración, China,
industria nacional, seguridad, identidad, rechazo a determinadas expresiones del progresismo
cultural y confrontación con las élites pasaron al centro de la discusión. Sin embargo, su
aprobación se encuentra en los niveles más bajos de sus dos presidencias. Puede haber
ganado la batalla para definir los temas y perder satisfacción ciudadana respecto a la manera
de resolverlos. Una persona puede querer mayor control migratorio y desaprobar al presidente
que lo prometió, apoyar aranceles frente a China y estar descontenta con el costo de vida,
compartir su crítica a determinadas élites y rechazar otras decisiones de su gobierno. La
expectativa lleva al poder y el resultado decide cuánto dura el respaldo.
Las viejas categorías también empiezan a quedarse cortas. Trump pertenece a la derecha, pero
su defensa de aranceles, protección de la industria nacional y una intervención agresiva en el
comercio rompe con la tradición de libre mercado que durante décadas identificó a buena parte
de la derecha estadounidense. Milei combina liberalismo económico radical con posiciones
culturales conservadoras. Meloni defiende identidad nacional y controles migratorios mientras
mantiene un Estado social amplio y autoriza la llegada legal de cientos de miles de trabajadores
extranjeros que la economía italiana necesita. La socialdemocracia danesa conserva un
importante Estado de bienestar y al mismo tiempo ha desarrollado una política migratoria muy
restrictiva.
Izquierda y derecha siguen sirviendo para hablar de igualdad, propiedad, impuestos o tamaño
del Estado, pero ya no explican por sí solas cómo piensa un ciudadano. Algo semejante ocurre
con liberal y conservador. Liberal puede significar progresista en Estados Unidos, defensor del
mercado en América Latina o integrante del centro político en Europa. Conservador puede
describir una posición sobre familia, religión o identidad y decir muy poco sobre comercio,
pensiones, gasto público o intervención económica.
El debate alrededor de lo woke muestra la misma dificultad. Bajo esa palabra conviven rechazo
a determinadas políticas de género, críticas al lenguaje políticamente correcto, discusiones
sobre diversidad, universidades, raza e identidad. Una parte del electorado rechaza cambios
sociales. Otra acepta buena parte de ellos y al mismo tiempo considera excesiva la pretensión
de convertir determinados desacuerdos en faltas morales. La política tradicional intenta meter
comportamientos muy distintos dentro de una sola etiqueta y después se sorprende cuando el
votante no responde como se esperaba.
La migración rompe todavía más las categorías. Italia puede endurecer el combate contra la
inmigración irregular y abrir cientos de miles de plazas para trabajadores extranjeros. Europa
necesita inmigrantes por envejecimiento y falta de mano de obra, mientras millones de
ciudadanos reclaman mayor control sobre quién entra, bajo qué condiciones y con qué
capacidad de integración. El ciudadano no siempre está eligiendo entre apertura y cierre.
Muchas veces exige que exista una política comprensible y que alguien responda por sus
resultados.
En América Latina ocurre algo semejante con la seguridad. Una persona puede defender
derechos sociales, intervención estatal y políticas redistributivas y, al mismo tiempo, exigir una
respuesta mucho más severa frente al crimen. Bukele entendió esa demanda y convirtió la
eficacia en seguridad en una fuente extraordinaria de legitimidad, aunque sus métodos también
hayan abierto una discusión seria sobre garantías y concentración de poder.
Todo esto apunta a una idea más útil que la del simple giro a la derecha. Cada elección
enfrenta una expectativa con una experiencia. El elector compara lo prometido con lo
conseguido, lo que esperaba mejorar con lo que efectivamente mejoró y los problemas que
ocupaban su atención cuando votó con los que ahora dominan su vida. Cuando esa distancia
se vuelve demasiado grande, cambia de opción.
Las sociedades pueden pasar rápidamente de gobiernos progresistas a conservadores y
después volver a cambiar sin atravesar una conversión ideológica completa. Basta con que se
modifique la jerarquía de sus preocupaciones y que la opción gobernante deje de satisfacerlas.
La política contemporánea se entiende mejor como un péndulo ciudadano que como una
conversión permanente hacia la izquierda o la derecha. Una ciudadanía menos fiel, más
exigente y mucho más rápida para comparar expectativas con resultados.
El péndulo se mueve cuando la realidad deja de parecerse a lo que el ciudadano esperaba.
¿Voy bien o me regreso? Nos leemos pronto, si la IA no me reemplaza y el péndulo no termina
golpeándome a mí.
Placeres culposos: Esta semana el nuevo álbum de Greta Van Fleet y el libro salvaje de Juan
Villoro.
Cosmos y Zinnias para Greis y Alo.





