LEGITIMIDAD Y PODER
ALBERTO RIVERA
¿Qué tiene que suceder para que una elección cambie de rumbo en apenas tres semanas? ¿Cómo se pasa de perder por más de dos millones de votos a ganar por más de cuatro millones? La reciente elección presidencial de Brasil plantea interrogantes que van mucho más allá de la victoria de Luiz Inácio Lula da Silva. Lo verdaderamente interesante no es solamente quién ganó, sino qué ocurrió con los electores para que el resultado fuera tan diferente.
El 4 de octubre, Flávio Bolsonaro obtuvo el 47.03% de los votos frente al 45.16% de Lula. Veintiún días después, el resultado se había invertido: Lula alcanzó el 51.79% y Bolsonaro el 48.21%. Una diferencia de 2.2 millones de votos en contra terminó convertida en una ventaja de 4.4 millones. Un cambio de aproximadamente 6.6 millones de votos en el margen entre ambos candidatos.
¿Qué ocurrió durante esas tres semanas?
Después de la primera vuelta, Lula modificó su estrategia. Dejó de concentrarse en los logros de su pasado y comenzó a hablar del futuro. Incorporó propuestas relacionadas con el ingreso familiar, las condiciones laborales y el costo de la vida. Su campaña comprendió que la experiencia política no era suficiente para conquistar a quienes todavía tenían dudas.
Pero hubo otro componente decisivo: las emociones. La segunda vuelta dejó de ser exclusivamente una evaluación del gobierno de Lula y se convirtió también en una decisión sobre el futuro político de Brasil. La posibilidad del regreso del bolsonarismo movilizó preocupaciones relacionadas con las instituciones, los derechos y la estabilidad democrática.
Este fenómeno permite comprender que los ciudadanos no siempre votan por el candidato que más les gusta. Algunos lo hacen por identificación política, otros por expectativas de bienestar y muchos más porque consideran necesario evitar una alternativa que les genera incertidumbre.
Sin embargo, uno de los datos más reveladores estuvo en la participación electoral. Cerca de tres millones de ciudadanos adicionales acudieron a las urnas en la segunda vuelta. La abstención disminuyó de aproximadamente 21% a 19%, mientras que los votos blancos y nulos también se redujeron.
Lula incrementó su votación en más de diez millones de sufragios, mientras que Bolsonaro sumó alrededor de 3.7 millones. Ambos crecieron, pero la diferencia estuvo en la magnitud de ese crecimiento.
Una parte de los nuevos votos provino de ciudadanos que habían respaldado a otros candidatos, otra de quienes anteriormente se habían abstenido y también influyó la reducción de los votos blancos y nulos.
Aquí aparece una distinción fundamental: tener simpatizantes no significa necesariamente tener votantes. Un ciudadano puede identificarse con un candidato y decidir no acudir a las urnas. Puede expresar una preferencia en una encuesta y modificarla días después. La intención de voto y la participación electoral son comportamientos diferentes.
Otro aspecto relevante fue la relación entre las redes sociales y la movilización territorial. La campaña de Lula utilizó WhatsApp, influenciadores y contenidos digitales para impulsar la participación. Millones de seguidores no solamente recibían información, también participaban en actividades de difusión y promoción.
La experiencia brasileña cuestiona una de las grandes confusiones de la comunicación política contemporánea: creer que la popularidad digital equivale automáticamente a respaldo electoral. Los seguidores no son necesariamente votantes, las visualizaciones no representan preferencias y las interacciones no garantizan participación.
La geografía electoral también fue determinante. Minas Gerais, uno de los estados con mayor número de electores, había favorecido a Bolsonaro en la primera vuelta, pero Lula consiguió revertir el resultado. Al mismo tiempo, su crecimiento en São Paulo y Río de Janeiro contribuyó significativamente a la votación nacional.
Estos movimientos muestran que detrás de los porcentajes generales existen territorios con comportamientos distintos, niveles de participación desiguales y oportunidades electorales diferentes. No basta con conocer dónde una candidatura tiene mayor respaldo; también importa comprender dónde puede crecer y qué factores explican esos cambios.
Bolsonaro llegó a la segunda vuelta con una ventaja superior a dos millones de votos. Sin embargo, aunque incrementó su respaldo, no consiguió hacerlo al mismo ritmo que Lula. La diferencia entre ambos revela la importancia de observar no solamente las preferencias existentes, sino también la capacidad de una candidatura para ampliar su aceptación.
Lo ocurrido en Brasil tiene implicaciones para México ante las elecciones de 2027. Aunque los sistemas electorales son diferentes, las preguntas sobre el comportamiento de los ciudadanos siguen siendo las mismas: ¿qué determina sus preferencias?, ¿qué los motiva a participar?, ¿por qué cambian de opinión?
Las encuestas, los estudios de opinión y el análisis territorial permiten conocer el estado de una competencia, pero los porcentajes por sí solos no explican las motivaciones de los electores. Una ventaja puede modificarse cuando cambian las percepciones, las expectativas o la disposición de los ciudadanos para acudir a votar.
En apenas 21 días, Brasil registró una transformación extraordinaria de su escenario electoral. Millones de ciudadanos encontraron nuevas razones para participar, otros modificaron sus preferencias y el resultado terminó siendo distinto al de la primera vuelta.
La elección brasileña deja una reflexión que trasciende sus fronteras: las encuestas permiten conocer las preferencias, pero para comprender cómo se gana una elección, primero hay que entender cómo y por qué votan las personas.





