POR JORGE ZAMORA
EXPRESO-LA RAZÓN
CIUDAD VICTORIA, TAM.- Literalmente vuelan sobre el pavimento. Su misión es desafiar al tiempo y cumplir con una de las tareas más antiguas: entregar un paquete.
Desde mucho antes de la aparición de Uber Eats y DiDi Food, este oficio ya surcaba las avenidas del mundo entero y el objeto a entregar no era como cualquier otro: es algo que se espera con anhelo y expectación, una pizza.
Por increíble que parezca, el oficio de repartidor es uno de los más peligrosos. Para empezar, suele realizarse sobre dos ruedas y, desde ahí, el factor equilibrio ya pesa. Se trabaja a contrarreloj —los repartidores de plataforma no lidian con esto—, lo que agrega más presión al desempeño.
No importa si es de día o de noche, si está lloviendo, haciendo un frío de perros o un calor del demonio: hay que llegar al destino marcado, que muchas veces es complicado debido a que el GPS no muestra exactamente el punto pactado, además de la deficiente nomenclatura de las calles de la capital. Y ni qué decir del tráfico que desquicia las calles de la urbe.
La suma de todos estos detalles da forma a un trabajo de alto riesgo. Tan es así que, en cada película o serie de televisión donde hay una escena de personas haciendo fila ante “las puertas de San Pedro”, suelen colocar a un repartidor de pizzas en la espera. Parece cómico, pero en realidad es algo trágico.
En Victoria hay un sinfín de negocios de comida con reparto a domicilio, especialmente a través de plataformas, pero uno de los más característicos son precisamente las pizzerías que prometen entregar la pizza sin costo si la espera supera los 30 minutos.
En uno de estos establecimientos trabaja Carlos y el Caminante se fue a echar la platicada con él. A sus escasos 20 años, Carlos ya es todo un veterano en estos menesteres, pues antes de laborar en la pizzería ya había trabajado en otro negocio haciendo lo propio.
El Caminante le pregunta sobre los riesgos al transitar por la ciudad, pero Carlos lo sorprende al revelar la verdadera molestia al repartir pizzas: los “gorrones hambreados”.
Sí, así como se lee. Hay infinidad de clientes que literalmente les arrebatan las pizzas de las manos bajo el argumento de que ya pasaron más de 30 minutos, aunque no sea así.
De hecho, hay personas que intencionalmente proporcionan la ubicación de manera engañosa para que el repartidor batalle aún más para dar con el domicilio. Carlos les llama por teléfono para pedirles que salgan a la calle y poder hacer la entrega. Ellos dicen hacerlo… pero no lo hacen.
Con ese leve engaño, los minutos pasan y es entonces cuando los tramposos argumentan que la pizza ya debería ser gratuita.
Los “gorrones hambreados” pueden ser de cualquier clase social, pues a Carlos le ha tocado vivir esto al hacer entregas tanto en casas modestas como lujosas, en barrios populares y en fraccionamientos muy “fifí”.
El teléfono suena y Carlos interrumpe la plática para atender un pedido.
En cuestión de minutos, la pizza está lista. Toma la caja, su casco y, raudo y veloz, emprende el camino hacia su destino: la colonia Adolfo López Mateos.
Sin embargo, Carlos regresa en muy pocos minutos, pues el domicilio estaba mal proporcionado y, cuando llamó al número desde el que ordenaron la pizza, lo mandaba “a buzón”.
Apenas se había quitado el casco cuando suena su teléfono: era este cliente reclamando su pizza gratis. Carlos aclara que no fue culpa de él que la entrega no fuera exitosa, pero accede a llevarla y emprende nuevamente el camino.
Este septiembre están anunciados varios frentes fríos y seguramente aumentarán los pedidos de pizzas durante el mes. Carlos sabe que él y sus compañeros tendrán mucha chamba. El Caminante obedece el onceavo mandamiento: “No estorbar”.
El teléfono vuelve a timbrar y la rutina se repite. Alguien tiene antojo de una pizza de sartén con cuatro ingredientes, la masa vuela y el horno está ardiendo. Carlos se alista y sale hecho la raya a las calles de Ciudad Victoria para cumplir con su misión.
Demasiada pata de perro por esta semana.





