LEGITIMIDAD Y PODER
ALBERTO RIVERA
Hay una frase que repito con frecuencia en los talleres de comunicación estratégica que imparto: el poder no gobierna únicamente mediante decisiones; gobierna mediante interpretaciones. Suena casi obvia cuando se dice en voz alta, pero la mayoría de los gobiernos, partidos y candidaturas siguen actuando como si no fuera cierta. Invierten meses, a veces años, en construir resultados —una obra pública, una reforma, un programa social— y después se sorprenden cuando esos resultados no se traducen en aprobación, confianza o votos. La pregunta que casi nadie se hace a tiempo es la más importante de todas: ¿de qué sirve un buen resultado si nadie logra percibirlo como tal?
A esto le llamo la Arquitectura de la Legitimidad: la idea de que la legitimidad no es una consecuencia automática de gobernar bien, sino un proceso que puede diseñarse, medirse y fortalecerse deliberadamente. No es un adorno de comunicación que se aplica al final, como quien maquilla un resultado para la fotografía. Es una arquitectura completa que empieza mucho antes, en la manera en que se piensa la acción de gobierno desde su origen.
Todo actor político administra, lo sepa o no, una cadena de nueve eslabones. Las acciones producen resultados. Los resultados generan experiencias en la vida de las personas. Esas experiencias se convierten en percepciones. Las percepciones se transforman en interpretaciones. Las interpretaciones se incorporan a la opinión pública. La opinión pública, sostenida a lo largo del tiempo, construye confianza. La confianza acumulada es lo que llamamos legitimidad. Y la legitimidad, finalmente, es la que hace posible gobernar: la gobernabilidad.
El error que veo con más frecuencia —en campañas, gobiernos e instituciones— es tratar esta cadena como si fuera automática, como si bastara con producir buenos resultados para que el resto ocurriera por inercia. No ocurre. Cada eslabón puede romperse y, cuando se rompe, todo lo que viene después colapsa con él. Puede haber una obra terminada, funcional y bien ejecutada, y aun así nadie la percibe como un logro, porque nadie construyó el puente entre el hecho y su significado.
Ese puente tiene un nombre: comunicación estratégica. Y aquí está el punto que más cuesta entender, incluso a quienes llevan años en la política: la comunicación no aparece al principio de la cadena, sino justo en medio, entre la percepción y la interpretación. No inventa la realidad ni la sustituye. Pero decide, en gran medida, cómo esa realidad es comprendida, recordada y evaluada por la sociedad. Dos gobiernos con resultados objetivamente similares pueden terminar con niveles de aprobación completamente distintos, no porque uno haya gobernado mejor que el otro, sino porque uno logró construir una interpretación compartida de lo que hizo y el otro no.
Hay una segunda pieza de esta arquitectura que quiero subrayar, porque es la que con más frecuencia se subestima: la dimensión emocional. Las decisiones políticas —igual que casi todas las decisiones humanas— no se toman primero por datos; se toman por emociones que después se justifican con datos. Por eso, “se pavimentaron veinticinco calles” es un dato administrativo que no mueve a nadie, mientras que “miles de familias hoy tardan menos en llegar a su trabajo” es una historia que sí lo hace. El primer enunciado informa. El segundo moviliza. Y la diferencia entre ambos no es cosmética: es la de gobernar y no sólo administrar.
Esto no es una invitación al cinismo ni a la manipulación. Al contrario: activar una emoción sin sustento en los hechos, o sin que esa emoción realmente ayude a que la ciudadanía decida mejor, deja de ser comunicación y se convierte en engaño. La legitimidad construida sobre una historia falsa es, por definición, frágil: se derrumba en cuanto la realidad la contradice. La Arquitectura de la Legitimidad no propone sustituir los hechos por relatos convenientes; propone tomar en serio que los hechos, para importar, necesitan ser contados.
Quiero insistir en la palabra “arquitectura” porque es deliberada. Una arquitectura no se improvisa ni se resuelve con una campaña de última hora antes de una elección o una crisis. Se diseña desde el diagnóstico: entender qué emoción domina hoy en una audiencia, cuáles son los capitales —político, institucional, social, reputacional, simbólico— que están más débiles, qué narrativa puede darle sentido a la acción de gobierno y a través de qué canales, formatos y voces esa narrativa puede llegar a construir, de manera sostenida, confianza.
En un entorno como el actual, donde la conversación pública se fragmenta en decenas de plataformas y la desconfianza hacia las instituciones es, en sí misma, uno de los principales problemas por resolver, ningún gobierno ni ninguna candidatura puede darse el lujo de dejar esta arquitectura al azar.
Gobernar bien —hacer las cosas correctas, con honestidad y resultados reales— sigue siendo la condición necesaria. Pero ya no es, desde hace tiempo, la condición suficiente. Lo que determina si esos resultados se convierten en legitimidad o se pierden en el ruido es si alguien se ocupó de construir, con la misma seriedad con la que se construye una obra pública, la arquitectura que les da significado.





