EL FARO
FRANCISCO DE ASÍS
Como casi todos los viernes, nos reunimos un grupo de amigos de aquellos años en que trabajábamos en el corredor industrial. Entre bromas, recuerdos y celebraciones de cumpleaños, compartimos historias que el tiempo no ha conseguido borrar.
Hoy llegó Roberto. Vive en lo que él llama un somnoliento pueblito de la huasteca, y nos acompaña cuando viene a recibir su quimioterapia, un tratamiento que, en ocasiones, tiene que luchar para conseguir oportunamente.
No lo conocía hasta que se incorporó al grupo. Es un hombre de baja estatura, habla con voz queda, suave, aunque tiene mucho que contar. Su vida es la historia de alguien que aprendió a abrirse camino sin esperar que otros lo hicieran por él.
Sus padres se distanciaron cuando era niño y creció sin la orientación que hubiera necesitado; él la encontró. Estudió la primaria y, después, la secundaria nocturna. Mientras cursaba la primaria, aprendió electrónica por correspondencia.
Al salir de secundaria le dijo a su padre que quería estudiar la preparatoria, recibió una respuesta desalentadora:
—¿La preparatoria? Ahí nomás van los que quieren entrar a la universidad. Y a la universidad nomás van los ricos.
Por aquellos años conoció a Eli. Él tenía trece años y trabajaba como molinero; ella, de nueve, trabajaba en una tortillería. Después, sus caminos se separaron y pasarían muchos años antes de volver a encontrarse.
Roberto se trasladó a Ciudad Madero, donde vivió con una tía. Lavó automóviles, pintó casas y reparó radios y televisores aprovechando lo aprendido por correspondencia. Así consiguió los recursos para inscribirse en el Tecnológico de Ciudad Madero, donde estudió el bachillerato y la carrera de Ingeniería Eléctrica.
Cursaba el sexto semestre cuando acompañó a un técnico a reparar un televisor. El dueño del taller lo observó trabajar y le entregó una tarjeta.
—Soy jefe de instrumentos en una empresa. Luego me buscas.
Pero Roberto no tuvo que buscarlo. Al día siguiente aquel hombre fue por él y lo llevó a la planta industrial. Media hora después, recuerda, ya estaba encima de un reactor ajustando un instrumento.
Por eso suele decirnos, medio en broma, pero con mucha verdad, que nunca ha tenido que buscar trabajo: siempre se lo han ofrecido.
En una visita a “ese somnoliento pueblito de la huasteca”, volvió a encontrarse con Eli. Comenzaron a frecuentarse, se enamoraron y decidieron vivir juntos.
Tiempo después, Roberto recibió una noticia que llevaba esperando: le habían otorgado la planta, una plaza permanente en la empresa.
Llegó a casa entusiasmado.
—Eli, ¿te quieres casar conmigo?
Ella lo miró sorprendida.
—¿Cómo? ¿Y eso a qué viene?
—¡Me dieron la planta! ¡Ya me dieron la planta!
Eli sonrió, todavía incrédula.
—¿Y cuándo nos casamos?
—Pues hoy es viernes. ¿Qué te parece el lunes?
La incredulidad se evaporó y una gran sonrisa apareció en la cara de Eli.
—¡Sí, sí quiero!
Roberto le explicó que ya había hecho los arreglos con el Registro Civil y le preguntó si quería invitar a alguien o comprarse un vestido.
—No, Roberto. Los invitados somos tú y yo. Y la ropa está limpia y bien planchada.
El lunes, Roberto llegó muy temprano a su trabajo. Necesitaba hablar con su jefe.
—Buenos días, Roberto. ¿Qué haces aquí tan temprano?
—Lo estaba esperando, jefe. Quiero pedirle permiso para salir hoy a las doce.
—¿Y para qué necesitas salir?
—Es que me voy a casar.
Su jefe lo miró sorprendido.
—¿Te vas a casar? ¿Hoy?
—Sí, jefe.
—¿Y para eso me estás pidiendo medio día?
—Sí.
—¡No, no! ¡Te me vas ahorita mismo y te tomas todo el día! ¿Qué va a pensar tu esposa de mí? ¿Qué soy un esclavista? ¡Ándale, vete!
Aquella tarde, en el Registro Civil, el oficial leyó las disposiciones legales correspondientes y les preguntó si acudían por su propia voluntad para contraer matrimonio.
Ambos respondieron afirmativamente.
Después les pidió que firmaran el acta.
Eli lo hizo primero. Cuando terminó, dejó la pluma sobre la mesa y se levantó.
Roberto recuerda que se irguió, como si de pronto hubiera crecido unos centímetros.
—Y su mirada —me dijo—, su mirada era distinta.
Durante nuestra conversación volvió varias veces sobre aquel instante. No sobre la ceremonia, ni sobre las palabras del juez, sino sobre la manera en que Eli se había levantado y sobre todo la expresión de sus ojos.
Seguramente en aquella mirada había algo distinto: la certeza tranquila de saberse amada, respetada y acompañada por el hombre que había elegido.
Eli seguía siendo la misma mujer.
Pero su mirada ya no era la misma.





