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Una declaración de amor

  • octubre 25, 2026
  • 9:04 am

EL FARO

FRANCISCO DE ASÍS

 

«Quisiera fuera una declaración de amor…»
En el radio sonaba «Yolanda», de Pablo Milanés.
—Tú me conoces, Bertha. Yo no sé decir cosas bonitas; a veces hasta soy muy brusco para hablar. No puedo decirte cosas como las que escribió ese compositor. Pero ojalá llegues a darte cuenta de que, cuando te doy tus medicinas, cuando te baño, cuando te cambio, cuando te hago de comer, cuando te doy de comer como en estos momentos, te estoy haciendo una declaración de amor.

La mujer, que había tenido la mirada perdida, buscó los ojos de su esposo y sonrió para tomar el bocado que le ofrecía.
El hombre, Manuel Acosta, mi padre, había tenido una vida dura, difícil, acorde con la época que le tocó vivir. Nació en El Cairo, Chihuahua, un caserío cerca de Parral, Chihuahua, y estudió hasta algún grado de primaria; no sé cuál. Con eso salió al mundo, cuya puerta era Jiménez, un pequeño poblado al sur de la capital del estado. Allí, los muchachos encontraban trabajo en el campo, duro y mal pagado. Algunos afortunados conseguían entrar al ferrocarril, donde tenían un empleo estable y una paga segura.

Sus distracciones eran las de tantos otros: jugar dominó o cartas, el béisbol local y por supuesto, como todos los jóvenes, tomar cerveza.
Conoció a mi madre y la pretendió durante diez años, hasta que se casaron. Al año nací yo, entre las dificultades de una pobreza que él nunca soslayó.
Un domingo llegó tomado a la casa. Yo aún no cumplía un año; esto lo supe por mi madre. Mi abuelita Ofelia, su mamá, que vivía con nosotros, lo reprendió dulcemente:

—No tomes, hijo. Si te gastas un peso en la cerveza, ese peso falta aquí, en tu casa.
Mi padre siempre había respetado la autoridad de sus padres, pero aquella vez intentó eludir el reproche:
—No se apure, mamá. Yo no me gasto ni un cinco en las cervezas. Jugamos dominó y siempre gano.

Era cierto: fue un extraordinario jugador de dominó. Pero no volvió a tomar.
Cuando murieron mis abuelos paternos, él ya tenía definido lo que iba a hacer. Mi abuelo Antonio fue el último en morir. Después de sepultarlo, llegamos a casa de mi abuelita Talana, la madre de mi mamá.
En el patio había un pozo del que la casa se había abastecido de agua durante mucho tiempo. Mi padre estaba sentado en el brocal, cabizbajo. Su cara reflejaba una gran tristeza. Me acerqué y lo abracé. Lloramos juntos. Al cabo de un rato se enjugó las lágrimas y me dijo:

—Bueno, hijo, hay que seguir adelante.
Trabajaba en los Ferrocarriles; ya había pedido su traslado a Monterrey. Quería que estudiáramos; sabía que era la única forma de salir adelante.
Somos cuatro hermanos: mis tres hermanas y yo. Cada quien estudió hasta donde quiso y pudo. Yo tuve el privilegio de ser ingeniero químico, lo que me ha permitido tener una buena vida. La que mis padres hubieran querido para mí.
Con los años, mi madre enfermó de Alzheimer. Un día, en un arrebato, salió corriendo de su casa, tropezó y se rompió la cadera. Nunca pudo recuperarse. Pasó el resto de su vida postrada.

Durante su enfermedad, mi padre la atendió todos los días. Estaba pendiente de sus medicinas y de que las tomara; le preparaba la comida, lavaba su ropa, la bañaba, la cambiaba.

Dos de mis hermanas, que viven en Monterrey, estuvieron al pendiente de ellos. Especialmente Dolores, que iba a visitarlos todos los días para ver si se les ofrecía algo, pero también para que supieran que ellos importaban.

Yo vivía en Tampico. Estaba al pendiente por teléfono y los visitaba cuando podía. En esas visitas llevaba a mi padre al centro de Monterrey, a la calle Morelos. Allí hay dos tiendas de nombre «La Argentina», donde le gustaba comprarse ropa. Él escogía una camisa, un pantalón, un sombrero. Lo que necesitara o quisiera, yo se lo compraba. Se sentía orgulloso de que lo hiciera.
Fue durante una de aquellas visitas cuando sonó «Yolanda» en la radio y escuché a mi padre hablarle a mi madre mientras le daba de comer.

Mi padre siempre había dejado que sus actos hablaran por él.
Aquella tarde, en la intimidad con mi madre, les puso palabras. Fue una declaración de amor más, una de tantas que él hacía sin decirlas: desde el amanecer, a lo largo del día… todos los días.

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