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Crecer parejo. Buenas cifras, pero no para todos.

  • noviembre 8, 2026
  • 8:09 am

Faljoritmo

Jorge Faljo

 

Algunas de las noticias de las últimas semanas, las que destacan en los titulares de los medios, son buenas, incluso muy buenas. El PIB creció 3.2 por ciento en el tercer trimestre respecto al mismo periodo de 2025; su mayor ritmo en tres años. Las exportaciones de septiembre fueron un impresionante 37.9 por ciento más que un año antes, y ya suman ocho meses con aumentos de doble dígito. El secretario de Hacienda anticipa cerrar el año con un crecimiento de cerca de 2 por ciento, y la encuesta Citi subió su pronóstico a 1.8 %. Hasta el empresariado, poco dado a los elogios, reconoce la mejora.

El auge exportador es real aunque muy concentrado. En septiembre las manufacturas no automotrices crecieron 53 por ciento encabezadas por las ventas de equipo eléctrico y electrónico que casi se duplicaron atraídas por la demanda estadounidense de servidores para inteligencia artificial. Las ventas automotrices, otrora la joya de la corona exportadora, crecieron 5.7 por ciento. Es un cambio notable impulsado por el crecimiento norteamericano fuertemente concentrado en un sector. Conviene, pero incide poco en el comportamiento general de la economía, la industria, el consumo y el empleo en México.

Tal repunte exportador depende de un ciclo tecnológico ajeno, sobre cuya rentabilidad ya hay dudas en Wall Street y dado el reciente vuelco electoral en los Estados Unidos, podría verse afectado por un cambio de políticas en nuestro vecino.

Para México las buenas cifras económicas recientes contrastan con otras menos publicitadas. Mientras la exportación creció 30.4 por ciento en enero-septiembre, el volumen de la manufactura se redujo 0.3 por ciento en enero-agosto. El crecimiento de 3.2 por ciento del PIB es en parte rebote de una base baja: en el tercer trimestre de 2025 el PIB cayó 0.3 por ciento respecto al trimestre previo y la industria estaba 2.9 por ciento por debajo de un año antes.

En los nueve meses transcurridos en este año el avance del PIB es de 1.9 %, y el de las actividades secundarias, de 1.1 %. Es mejor que el 0.8 % de todo 2025, pero no es tan notable y explica que la expectativa de crecimiento para todo el 2026 siga siendo relativamente baja, alrededor del 2 por ciento.

Otros datos indican que el impuesto a las ganancias de las empresas cae, los registros patronales llevan más de dos años a la baja y el gasto de las familias pierde impulso. Un país no debería estar a la vez en auge y en apuros, salvo que sean dos países distintos. Más relevante que preguntarnos cuánto crecemos es observar quién crece y, en el otro lado de la moneda, quiénes no crecen y quiénes no se benefician de ese crecimiento.

La respuesta más reveladora se encuentra en las más recientes cifras de INEGI sobre la evolución de la actividad industrial. Son el tipo de noticias que aparecen en los medios de manera mucho más modesta. Como si no se quisiera ver una situación que, dejada sin atender, puede llegar a causar fuertes problemas.

El Indicador Mensual de la Actividad Industrial (IMAI), del 12 de octubre, muestra un mapa muy desigual. En agosto la industria creció 3.6 % respecto al mismo mes del año anterior. Es un dato alentador pero si observamos periodos distintos las cifras cambian mucho. Entre enero y agosto el mismo IMAI señala un crecimiento de la actividad industrial de tan solo 0.8 por ciento y un deterioro de la manufactura de 0.3 por ciento. De los 21 subsectores manufactureros, 16 están por debajo del año pasado. Solo cinco avanzaron, y dos de ellos apenas (alimentos y química); los otros tres son derivados del petróleo y del carbón (14.3 %), maquinaria y equipo (3.2 %) y cómputo y electrónica (3.1 %).

Frente a los sectores de la manufactura que crecen se encuentran sectores que continúan un prolongado retroceso. Recordemos que la actividad industrial ha crecido tan solo un 3.4 por ciento de 2018 a la fecha. Un ritmo ínfimo, muy inferior al del incremento demográfico. Además es un crecimiento centrado en la exportación, mientras buena parte de la producción para el mercado interno se deteriora. Es una tendencia negativa de largo plazo que persiste en los últimos años.

Agosto mejoró el panorama general anual. Pero de agosto de 2025 a agosto de 2026 la industria alimentaria decreció un 2.3 por ciento; la fabricación de prendas de vestir cayó 3.7 por ciento y se encuentra un 33.7 por ciento por debajo de 2018; los productos de cuero (incluyendo calzado) disminuyeron en 4 por ciento en el último año y 26.5 por ciento de 2018 a la fecha. Muebles y colchones retrocedieron 8.8 por ciento y se encuentran ahora 20.1 por ciento debajo de la producción de 2018. En ello inciden dos factores, debilidad del consumo e importaciones substitutivas de la producción interna.

De enero a septiembre el ISR recaudó 5.3 por ciento menos en términos reales; señal de que se deterioró la rentabilidad de las empresas. Parte de la caída se debe a que 2025 fue un año excepcional de cobros a grandes contribuyentes que no se repitieron. Por otra parte los registros patronales del IMSS, que no equivalen a empresas, pero marcan la tendencia, llevan 27 meses de caídas anuales, la última fue de 2.9 por ciento. Que el auge exportador no se note en la recaudación tampoco extraña. Se exporta con alto contenido de importaciones, sobre todo en la maquila.

Desde otra perspectiva se encuentra el contraste de que en el trimestre en que el PIB creció 3.2 %, el consumo privado avanzó alrededor de 1 %. Crece pero su composición debería preocupar. Entre enero y julio el consumo privado creció 2 por ciento, pero el de bienes y servicios nacionales apenas 0.3 por ciento, mientras que el de bienes importados aumentó en 8.1 por ciento. En bienes duraderos el contraste es brutal; los importados subieron 12.9 por ciento, los nacionales cayeron 4 por ciento. Es también una tendencia de largo plazo: de enero de 2022 a mayo de 2026 el consumo de bienes nacionales aumentó 3.9 %, y el de importados, 42.1 %.

Nada de esto es un argumento contra exportar. Pero crecer dependiendo de un ciclo tecnológico y económico externo; de una revisión del T-MEC abierta a un comportamiento errático; expuestos a vaivenes extremos del mercado global, no es garantía para el futuro. Si el motor externo se enfría, el crecimiento volcado al exterior no nos dejará una industria ni un mercado interno más fuertes, entendidos no solo como consumo, sino sobre todo como empleo y bienestar.

Crecer parejo requiere que el gasto de las familias y las compras del Estado se conviertan en pedidos para los productores del país. Solo una estrecha asociación entre incremento del consumo, del empleo y de la producción puede sentar las bases de un crecimiento de largo plazo que asegure el bienestar de la población.

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