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¿Y si alguien pudiera decidir por nosotros lo que sentimos?

  • noviembre 8, 2026
  • 8:58 am

EL FARO

FRANCISCO DE ASÍS

 

¿Cuánto de lo que somos depende de lo que sentimos al recordar?

Un ratón explora una caja que nunca había visto. De pronto, se queda inmóvil. En la caja no ha ocurrido nada que explique su reacción. Lo que acaba de suceder está dentro de su cerebro: un pulso de luz ha activado un grupo de neuronas que ya habían entrado en actividad cuando el animal aprendió a temer otro lugar. Bastó estimular esas células para provocar, en un sitio distinto, una respuesta igual, de miedo.

La historia de ese experimento comenzó lejos del cerebro, en unas algas microscópicas. Peter Hegemann, Georg Nagel y sus colaboradores estudiaron en ellas unas proteínas que funcionan como compuertas y se abren al recibir luz. Karl Deisseroth y sus colegas aprovecharon esa propiedad para volver sensibles a la luz ciertas neuronas. De ese camino nació la optogenética, el trabajo por el que Deisseroth, Hegemann y Nagel recibieron el Premio Nobel de Fisiología o Medicina de 2026. Hoy los investigadores pueden activar o inhibir grupos seleccionados de neuronas y observar qué sucede.

Cuando aprendimos a leer el genoma humano, apenas comenzábamos a entender lo que decían sus letras. Tener la secuencia del ADN abrió preguntas sobre cómo interactúan los genes entre sí y con el entorno. Con la optogenética estamos al comienzo de otro camino, con una diferencia. En el cerebro podemos intervenir en un circuito y averiguar si su actividad basta para provocar una respuesta. Eso abre preguntas que nos tocan de cerca. ¿Cómo se forma un recuerdo? ¿Cómo nace una emoción? ¿Por qué basta a veces recordar algo para sentir de nuevo el miedo o la alegría de aquel día?

En ratones que sirven como modelo de las primeras etapas del alzhéimer, los investigadores lograron que los animales volvieran a mostrar una respuesta aprendida que ya no aparecía ante las señales habituales. En seres humanos, uno de los avances se ha dado en la retina. Un paciente que había perdido la visión pudo volver a localizar algunos objetos con ayuda de unas gafas especiales, después de que ciertas células de su retina se hicieran sensibles a la luz. Son logros distintos. El primero ayuda a investigar cómo se recupera un recuerdo. El segundo muestra lo que esta técnica puede hacer por una persona. La posibilidad de intervenir con esa precisión en lo que un ser humano recuerda o siente sigue abierta.

El Proyecto Genoma Humano incorporó desde el principio el estudio de las consecuencias éticas, legales y sociales de su trabajo. Aprender a leer el ADN nos obligó a preguntar quién tendría acceso a esa información y qué podría hacer con ella. La investigación del cerebro añade una pregunta más íntima. Si algún día pudiéramos aliviar el miedo que acompaña a un recuerdo, ¿a quién le correspondería decidir cuándo hacerlo?

En “Un mundo feliz”, Aldous Huxley imaginó una sociedad que enseñaba a sus habitantes, desde el nacimiento, a desear lo que el poder había decidido para ellos. Lo inquietante es que podían sentirse satisfechos con su lugar en el mundo y creer que ellos lo habían elegido. Ahí está el temor que provoca este avance. Si algún día se vuelve posible intervenir en las emociones de una persona, habrá quien se sienta con autoridad para jugar a ser Dios y decidir qué miedo le conviene quitarle, o agregarle, qué indignación le conviene atenuar o qué deseo le conviene despertar.

Por eso el neurobiólogo Rafael Yuste, catedrático de Ciencias Biológicas y director del Centro de Neurotecnología de la Universidad de Columbia en Nueva York, y sus colegas han propuesto cinco neuroderechos. Buscan proteger la privacidad de nuestra actividad cerebral, preservar la identidad personal y defender la libertad de decidir. También plantean que el acceso a las tecnologías que amplíen nuestras capacidades mentales sea equitativo y que las personas estén protegidas frente a la discriminación que puedan producir los algoritmos empleados en ellas. Discutir esos derechos hoy permite preguntarnos, desde ahora, quién podría ejercer ese poder y con qué límites.

La tentación de moldear las emociones ajenas no sería un riesgo abstracto, sino una forma nueva —y más silenciosa— de dominación. Porque si alguien pudiera ajustar lo que sentimos, ya no haría falta censurar, perseguir ni imponer: bastaría intervenir en aquello que nos mueve por dentro. Y entonces la libertad dejaría de ser un derecho para convertirse en una ilusión perfectamente administrada.

Ese es el verdadero desafío que plantea la optogenética. No sólo entender cómo funciona el cerebro, sino también decidir quién tendrá permiso de entrar en él.

La tecnología avanza. La ética, si no se apresura, llegará tarde. Y cuando el poder aprenda a operar desde dentro de la mente, las sociedades que no se preparen descubrirán demasiado tarde que ya no recuerdan por qué alguna vez se resistieron

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