LEGITIMIDAD Y PODER
ALBERTO RIVERA
Las dificultades para pagar la comida, la vivienda y los servicios terminan por desgastar el respaldo a cualquier gobierno. Trump apostó a que su protagonismo bastaría para mantener el apoyo de los electores, pero dejó de responder a las preocupaciones que lo habían llevado de regreso a la presidencia.
Su derrota electoral obliga a revisar cuánto tiempo puede sostenerse un liderazgo cuando las promesas económicas siguen sin cumplirse.
El costo de la vida ocupa un lugar central en esa explicación. Para quienes depositaron en Trump la expectativa de recuperar estabilidad económica, la evaluación de su gobierno pasa por lo que ocurre con sus ingresos y sus gastos. El entusiasmo de una campaña puede abrir un periodo de confianza, pero sostenerlo exige mejoras que se perciban en la vida cotidiana.
Trump enfrentó ese desgaste con la misma fórmula que había convertido en su principal fortaleza política. Buscó dominar la conversación, ocupar el centro de la campaña y vincular el destino de los candidatos republicanos con su propia figura. Al hacerlo, también concentró sobre ellos el descontento con su presidencia.
La estrategia revela un problema frecuente en los liderazgos personalistas. Después de años de movilizar seguidores y marcar la agenda, el dirigente puede convencerse de que su presencia tiene valor electoral en cualquier circunstancia. Le cuesta reconocer que una parte de quienes antes lo respaldaron ahora necesita razones distintas para volver a hacerlo.
Esa dificultad aumenta cuando el entorno del gobernante se organiza para complacerlo. Los colaboradores aprenden a suavizar las malas noticias, las críticas se atribuyen a intereses adversarios y los problemas de gestión se presentan como fallas de comunicación. Se reduce así la posibilidad de corregir antes de que el malestar llegue a las urnas.
Desde esa lógica, una caída en el respaldo se enfrenta con más discursos, mayor publicidad y nuevas confrontaciones. Sin embargo, una familia que ha perdido capacidad de compra difícilmente encontrará alivio en otra aparición del presidente. Si el gobierno insiste en hablar de sus logros sin reconocer las dificultades que siguen pendientes, corre el riesgo de parecer indiferente.
El apoyo político tampoco supone una lealtad permanente. Un ciudadano puede compartir las posiciones de un dirigente sobre migración, seguridad o identidad nacional y, al mismo tiempo, considerar insuficiente su desempeño económico. Las personas evalúan desde experiencias diversas y pueden cambiar el peso que asignan a cada tema.
Ahí reside uno de los errores más costosos del poder. Interpretar una victoria como la adhesión definitiva de la sociedad lleva a subestimar sus exigencias posteriores. Quienes votaron por una promesa de cambio tienen motivos para reclamar cuando sus condiciones de vida no mejoran. Descalificar esa inconformidad deteriora todavía más la relación con ellos.
La oposición puede beneficiarse de esa ruptura, aunque haría mal en atribuirse todo el mérito. El voto de castigo reúne a ciudadanos que no necesariamente comparten un proyecto. Algunos buscan una alternativa duradera; otros quieren limitar al presidente o expresar su decepción. Convertir esa coincidencia en respaldo estable exige capacidad para gobernar y atender las causas del descontento.
Por eso, el resultado tampoco permite dar por terminado al trumpismo. Una derrota debilita al presidente, modifica los incentivos dentro de su partido y abre espacio a otros liderazgos. Su influencia, sin embargo, puede persistir entre sectores que siguen identificándose con sus posiciones. El futuro de ese movimiento dependerá tanto de sus disputas internas como del desempeño de quienes hoy ganan terreno.
Para México, la experiencia merece atención. Nuestra vida pública también concede un peso considerable a las figuras presidenciales. La simpatía por quien gobierna suele influir en la evaluación de sus decisiones, mientras los partidos organizan buena parte de su actividad alrededor de defenderlo o combatirlo.
En ese ambiente, los resultados concretos pueden quedar relegados. La conversación gira alrededor de declaraciones y enfrentamientos, aunque las preocupaciones de la población sigan siendo la seguridad, el ingreso, la salud o los servicios públicos. Conservar popularidad ofrece al gobierno margen para atender esos problemas. Suponer que ese respaldo permite postergar las soluciones implica desperdiciarlo.
La responsabilidad de un gobernante incluye reconocer cuándo sus prioridades se han alejado de las necesidades de la sociedad. Para hacerlo necesita información confiable, colaboradores capaces de contradecirlo y disposición para modificar decisiones. También requiere aceptar que una crítica puede provenir de quienes desean que su gobierno cumpla.
Trump hizo de su figura el principal argumento de campaña y quedó expuesto al balance de su presidencia. La lección alcanza a cualquier dirigente que confíe demasiado en su capacidad de movilización. Los ciudadanos pueden acompañar un liderazgo durante años y aun así retirarle el apoyo cuando sienten que sus problemas han dejado de ser escuchados.
Mientras un presidente calcula cómo será recordado, millones de personas hacen cuentas para terminar el mes. Gobernar exige mantener esas cuentas entre las prioridades del poder.





