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El borlote de la muerte y de los vivos

  • noviembre 1, 2026
  • 11:46 am

Por Alejandro Rosales Lugo

Expreso-La Razón

 

Arman mucho borlote porque la muerte ya viene, si viene o no viene el borlote sigue y sigue porque no acaba ni con los muertos y vivos, más vale estar bien vivos porque la muerte no acaba ni con los más vivos

Dirán que estoy bien loco si me quiero hacer el vivo o pasarme por muerto.

El sincretismo religioso me hace sentirme muerto y me hace sentir muy vivo.

Morir así es estar vivo y vivo es estar muerto.

¿Entonces para qué morir si estás vivo o para que vivir si estás muerto?

Los griegos, estoicos, entre estos Leucipo, decían que “la muerte no existe porque en tanto vivimos no morimos y cuando morimos dejamos de existir”.

La muerte es una parábola, un juego de imágenes de la cultura mexicana, no extraña al  “Libro de los Muertos” del cual el Maestro Alfonso Sierra Partida (mi Maestro en la Escuela Nacional Preparatoria), apuntaba que de este proviene la Biblia. No extraña porque nuestros muertos en Mictlán son nuestros muertos subterráneos y la poética de nuestro espacio que corre por la venas mexicanas  emparentado con los libros de muertos  de la historia del mundo.

Nadie se muere, se quedan en el limbo, o castigados, o en el mundo de un dios o de dioses. Total, que no morimos porque al fin somos materia para jugos de naranja o zanahoria. Y si es como dicen los físicos  que la materia  no  muere todo se transforma, pues estamos bien vivos aunque parecemos fantasmas de Pedro Páramo en la novela de Juan Rulfo.  Vivitos y coleando, como mueven la cola los perros para saludar a la vida.

La muerte si existe no existe ¡vaya razón para vivir!

Pero en los muertos como México alguien tiene que resucitar con la espada de la justicia y la ley.

Son tantos muertos como desaparecidos. O sea fantasmas, medios muertos o muertos completos.

No hay distancia ante la realidad y la fantasía.

Los muertos existen y los vivos también.  Se pasan de vivos los que lo niegan. Pero la fiesta funeral esconde y trasmina la realidad que vaga como La Llorona en busca de sus hijos. Sin duda morimos  y vivimos, y tal vez en la carcajada del Laberinto de la Soledad, de Octavio Paz. Pero los muertos nos necesitan y reclaman nuestro silencio.

Pero también los vivos y medios  vivos  se quieren pasar de vivos en el silencio de las leyes.

La muerte tiene permiso, como escribe  Don Edmundo Valadés. Pero no toque  la puerta negra, Las Puertas Verdes  como decía Doña Juanita Ramos Barbosa, de nuestro Panteón  Municipal, sino  del Olimpo de la sabiduría de los dioses del bien.

Una noche con los muertos es una fiesta total, con el vino y el pan y el amor. Porque la lujuria también está en la fiesta. Celebramos porque  la muerte nos emparenta a todos.

La  Calaca, la Calavera, La Flaca, el esqueleto, la muerte en todas  sus expresiones se traduce en el color y calor de los mexicanos,  en la poesía y en la música, en la escultura  y la pintura.

El arte de la muerte es tan extenso  como su color La Catrina es más bella de la mano de José Guadalupe Posada o de  Frida Kahlo.

La muerte en las Calaveras de Manuel Manila, la muerte, la primorosa muerte que camina en nuestras venas en el sincretismo religioso, en nuestra cultura que ríe y se carcajea de sí misma, en “La Fenómelogia del Relajo “ de Miguel Leon Portilla, la muerte en vida, la que corre por las calles entre maldiciones y alegría.

La muerte tiene permiso, de Don Edmundo Valdez, pero no tanto, Ni Las muertas, de Jorge Ibargüengoitia, las muertas y los muertos que reclaman justicia en la festa de México

La poética de nuestro México en esa enorme Catrina de 34 metros de altura, que dialoga en el Zócalo de la Ciudad de México.

La muerte que sublima y amamos desde las columnas gloriosas de nuestra tradición.

La muerte que nos encanta y se ríe de la vida de nosotros mortales.

Los días de muertos en que celebramos a los nuestros, cercanos  al corazón, nuestros padres y hermanos que ahora  respiran la  humedad de nuestra tierra. Mi papá Pancho Rosales, mi mamá Paulina, mis hermanos Cuco, Toño y Mary, que celebran nuestra vida.

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