Mapamundi
Leo Andrade
Hay palabras que, en México, han terminado por perder peso de tanto ser usadas como contraseña: izquierda, derecha, transformación, humanismo, pueblo, democracia. Se pronuncian en tribunas, conferencias, boletines de partido y campañas en redes sociales, pero rara vez remiten ya a una tradición política, a un cuerpo de ideas o a una conducta verificable. Son, cada vez más, etiquetas de mercado electoral.
Entre la izquierda mexicana que conoció la cárcel, la persecución y la clandestinidad, y la élite burocrática que hoy se presenta como heredera natural de sus luchas, hay un abismo moral, intelectual y biográfico. No se trata de idealizar un pasado que también tuvo sectarismos, errores y derrotas. Se trata de reconocer una diferencia esencial: aquellos hombres y mujeres entendían la política como una causa que podía costar libertad, empleo, seguridad y vida; muchos de los actuales administradores del poder la conciben como un itinerario de ascenso, presupuesto, influencia y protección.
Valentín Campa y Demetrio Vallejo son nombres obligados en esa memoria. El primero fue un dirigente obrero comunista y ferroviario; el segundo encabezó la insurgencia ferrocarrilera de 1958-1959. La represión fue brutal: Vallejo y Campa fueron encarcelados durante años, en el contexto de un movimiento reprimido con intervención militar y miles de detenidos.
Aquella izquierda no hablaba de “bienestar” desde una oficina climatizada: se organizaba en sindicatos, talleres, escuelas y barrios, bajo la vigilancia de un régimen que no toleraba disidencias.
Arnoldo Martínez Verdugo representa otra vertiente indispensable: la paciente construcción de una izquierda legal, unitaria y democrática. Desde el Partido Comunista Mexicano y, después, en la convergencia que dio lugar al Partido Socialista Unificado de México, entendió que la pluralidad no debía ser una suma oportunista de siglas, sino un esfuerzo programático para disputar el poder con libertades, organización social y principios. Incluso los testimonios sobre Valentín Campa lo reconocen como uno de los arquitectos de aquella línea unitaria.
Heberto Castillo, ingeniero, profesor, preso político tras el movimiento de 1968 y fundador del Partido Mexicano de los Trabajadores, encarnó igualmente esa izquierda de ideas, militancia y responsabilidad pública. Junto a ellos cabrían figuras como Othón Salazar, Genaro Vázquez Rojas, Lucio Cabañas, Rosario Ibarra de Piedra, Cuauhtémoc Cárdenas y Carlos Monsiváis, quienes, con profundas diferencias ideológicas entre sí, hicieron de la crítica al autoritarismo una práctica sostenida y no una pose de coyuntura.
La izquierda histórica mexicana discutía sobre sindicalismo independiente, derechos laborales, democracia electoral, libertades públicas, soberanía, desigualdad y justicia. Podía dividirse, equivocarse y hasta extraviarse, pero sabía que una organización política no se define por el color de su propaganda, sino por lo que hace frente al poder, al dinero y a la injusticia.
Morena nació, en cambio, como una confluencia extraordinariamente amplia alrededor del liderazgo de Andrés Manuel López Obrador. Esa amplitud le dio fuerza electoral y permitió quebrar el viejo sistema de partidos. Pero también convirtió al movimiento en una casa común donde convivieron militantes de izquierda, activistas sociales, antiguos priistas, panistas desencantados, operadores territoriales, cuadros sindicales, empresarios, oportunistas y profesionales del salto partidista. La victoria fue tan grande que la definición ideológica pareció volverse prescindible.
El problema no es que haya personas procedentes de otros partidos. Ninguna democracia madura puede exigir pureza de origen ni condenar de por vida una militancia anterior. El problema surge cuando el cambio de camiseta no responde a una revisión ética o política, sino a la cercanía del presupuesto, a la expectativa de una candidatura o al cálculo de quién controlará la siguiente nómina. Entonces no hay conversión ideológica: hay reciclaje de élites.
Tamaulipas ofrece un laboratorio particularmente claro. En vísperas del proceso electoral de 2027, en el que estarán en juego las 43 presidencias municipales y espacios del Congreso local y federal, la disputa interna se intensifica mucho antes de que formalmente inicien las campañas.
Y lo que se mueve no siempre son proyectos de gobierno, plataformas para enfrentar la violencia, propuestas para recuperar servicios públicos o estrategias para abatir la desigualdad regional. Lo que se mueve, con frecuencia, son grupos, herencias políticas, pactos familiares, lealtades administrativas y aspiraciones personales.
No es una impresión aislada. En la conversación política tamaulipeca aparecen perfiles que transitaron del PRI a Morena o que han hecho de su biografía partidista una sucesión de estaciones.
El caso de Erasmo González Robledo ilustra, por ejemplo, la presencia en Morena de figuras con una trayectoria previa relevante en el priismo local: fue diputado local y dirigente del PRI en Ciudad Madero antes de ser diputado federal y alcalde bajo las siglas morenistas.
El dato no es una acusación en sí mismo; lo significativo es que revela el carácter híbrido de las nuevas coaliciones de poder.
La pregunta no es de dónde vienen, sino qué dejaron atrás y qué están construyendo. ¿Rindieron cuentas de su pasado? ¿Rompen con las redes clientelares que criticaban? ¿Impulsan gobiernos más transparentes? ¿Aceptan la crítica, la fiscalización y el disenso? ¿O sólo cambiaron los colores de la playera mientras conservan las prácticas de siempre?
La misma desfiguración atraviesa a la derecha. Manuel Gómez Morin y Efraín González Luna fundaron el PAN en 1939 como una organización civilista, opositora al poder hegemónico y orientada por una doctrina. Gómez Morin fue su primer presidente nacional y González Luna, uno de los principales fundadores y dirigentes del partido.
Carlos Castillo Peraza, décadas después, insistió en que los principios no eran frases decorativas, sino afirmaciones de origen desde las cuales debía desarrollarse la acción política; entre ellos colocaba la dignidad de la persona humana.
Puede discutirse —y debe discutirse— la tradición conservadora panista, sus límites sociales, sus contradicciones y sus alianzas históricas. Pero sería difícil negar que sus fundadores y sus mejores intelectuales entendían la política como una tarea de formación cívica, construcción institucional y debate doctrinario. Había una derecha con ideas, aun cuando no se compartieran.
¿Qué queda de ello cuando las siglas sirven para blindar intereses de grupo, defender cuotas de poder o montar espectáculos de soberbia?
La figura de Francisco García Cabeza de Vaca, con su estilo confrontativo y la polarización que arrastra su grupo político, se ha vuelto emblema de una forma de hacer política donde el partido parece subordinado a la supervivencia de una facción. No es un fenómeno exclusivo del PAN, desde luego. Es la enfermedad general de la política mexicana: franquicias partidistas administradas como patrimonio, candidatos concebidos como inversiones y gobiernos utilizados como botín.
Por eso, el dilema de Tamaulipas no puede reducirse a Morena contra PAN, ni a la nostalgia automática por el PRI. Las tres marcas han alojado, en distintos momentos y con distintos grados, a políticos serios y a mercaderes del poder.
El elector tendría que desconfiar de quien presume una identidad ideológica que no puede demostrar con decisiones, votos, trayectoria pública, patrimonio transparente y disposición a rendir cuentas.
La izquierda no es una camiseta guinda, ni la derecha una camiseta azul. La primera debería reconocerse en la defensa efectiva de la igualdad, las libertades, los derechos laborales, la organización ciudadana y la justicia. La segunda, si quiere honrar su propia tradición, tendría que asumir la legalidad, los contrapesos, la dignidad humana y la responsabilidad cívica. Todo lo demás es utilería.
Tamaulipas necesita menos conversos de temporada y más servidores públicos con convicciones comprobables. Necesita partidos que dejen de ser pasarelas para el poder y el dinero público. Necesita ciudadanos capaces de exigir que cada aspirante explique no sólo qué cargo busca, sino qué ideas sostiene, qué intereses representa y qué hará cuando la conveniencia le ordene cambiar de bando.
La historia dirá que, en esta etapa, la izquierda y la derecha se redujeron a marcas y el vacío lo llenaron los clanes. Y cuando los clanes dominan la política, la democracia deja de ser una disputa de proyectos de nación para convertirse en una disputa por el tesoro público. Así de simple.





