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Asalto a la democracia

  • octubre 15, 2026
  • 6:39 am

Trópico de Cáncer/Jesús Collado Martínez

A pocas semanas de las elecciones intermedias de noviembre, Estados Unidos enfrenta la
inquietante posibilidad de que el resultado electoral sea desconocido o deslegitimado, y que la
violencia política reaparezca con una intensidad como la del 6 de enero de 2021. El precedente
existe, sus heridas no han sanado, y las condiciones para una repetición están presentes.
El asalto al Capitolio fue un ataque directo a la transferencia pacífica del poder, un pilar que
sostuvo la democracia estadounidense durante siglos. Un juez federal lo describió
recientemente como un evento que “hizo tambalear” ese principio fundamental, Francis
Fukuyama escribió “Un sólo día bastó para que dejaran de voltear a vernos” refiriéndose al
hecho de que después de 245 años Estados Unidos dejó de ser visto como el paradigma de la
democracia.
Aquel día, más de 1,200 personas fueron detenidas y condenadas a prisión, incluidas unas 200
que se declararon culpables de agredir a agentes del orden. El Presidente Donald Trump fue
sometido a un Impeachment (Juicio Político) por incitar a esa insurrección.
Sin embargo, Trump indultó a prácticamente todos los condenados por el 6 de enero en su
primer día de regreso al poder, liberando a personas que habían cometido delitos graves,
incluidas agresiones violentas contra la policía. Un juez nominado por Obama deploró ese
epílogo “disminuye la gravedad de aquel día”. Otro juez, designado por el propio Trump, calificó
el ataque como “peligroso” y advirtió que la democracia exige defensa activa.
Actualmente las señales de alarma se multiplican. Trump ha tratado de estigmatizar a los más
reconocidos socialistas demócratas como Bernie Sanders, Alexandra Ocasio Cortez y Zohrán
Mamdani a quienes acusa de ser comunistas e izquierdistas delirantes señalándolos como
protagonistas de una “amenaza roja” y ser enemigos de los Estados Unidos.
El Departamento de Justicia y el Departamento de Seguridad Nacional han sido utilizados
contra adversarios políticos para intimidar a la disidencia. La congresista progresista Ilhan
Omar, en plena campaña por la reelección y a menos de 30 días de los comicios, vio su casa
registrada por agentes federales. El legislador centrista Jason Crow y otros demócratas han
sido investigados por un video en el que instaban a los militares a no obedecer órdenes
ilegales; Trump calificó ese mensaje como “sedicioso” y “punible con la muerte”.
Adicionalmente la administración del Presidente Trump ha impulsado restricciones al voto por
correo y exigencias de registro previo que excluirían a millones de votantes, medidas que
fueron bloqueadas por los tribunales pero que revelan una intención clara de condicionar la
participación electoral, y no obstante, en muchos estados gobernados por los republicanos se
están aprobando leyes y normas que, entre otras cosas, exigen una identificación oficial como
requisito indispensable para poder ejercer el voto.
Las encuestas más recientes otorgan a los demócratas una ventaja de 7 a 8 puntos
porcentuales para recuperar la Cámara de Representantes. Ante ese escenario, Trump y sus
activistas preparan el terreno para desconocer los resultados. La narrativa del fraude electoral,
sin evidencia alguna, vuelve a circular. La pregunta no es si Trump aceptará una derrota, es si
sus seguidores lo harán, y qué estarán dispuestos a hacer en el caso de que su líder les diga
que les robaron la elección otra vez.

El caldo de cultivo para expresiones violentas de inconformidad con los resultados se esta
desarrollando, sus ingredientes son reconocibles, un líder que rechaza la legitimidad del
proceso electoral, instituciones de seguridad capturadas al servicio del poder, un movimiento
convencido de que solo la victoria es válida, y un clima de hostilidad hacia los opositores son
elementos propicios para otra insurrección. Lo que está en juego el 3 de noviembre no solo es
quién controla la Cámara de Representantes, es si el sistema político de Estados Unidos será
capaz de reconocer el resultado de las elecciones o si habrá un nuevo asalto contra la
democracia.

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