Faljoritmo/Jorge Faljo
El viernes 9 de octubre Donald Trump publicó en su red personal que recién había acordado
con el presidente Putin que Rusia suministraría, “de inmediato”, más de 300 mil toneladas de
diésel al mercado estadounidense y mundial, otras 500 mil en noviembre y un millón de
toneladas “inmediatamente después”. Además, si las refinerías rusas lo permiten, vendrían
luego otros tres millones de toneladas “en un corto periodo”.
Gracias a ‘nuestro control total del estrecho de Ormuz’ y al acuerdo con Rusia, dijo Trump, los
precios del diésel bajarían en cifras récord y muy rápido en beneficio de los agricultores,
ganaderos y transportistas de Estados Unidos y de todo el mundo. Más adelante, frente a los
medios, expresó su agradecimiento al presidente Putin.
El anuncio fue acompañado por la parte norteamericana de una interrupción temporal de las
sanciones a las transacciones con diésel ruso establecidas desde 2022. Al día siguiente Moscú
levantó parcialmente su propia veda a la exportación de diésel, lo que puede verse como una
confirmación de la existencia de un “arreglo” estilo Trump. Es decir, básicamente de palabra y,
hasta donde se ha publicado, no formalizado en documentos firmados por las partes.
Es evidente que Trump actuó llevado por la desesperación. El 3 de noviembre habrá elecciones
para elegir a 435 integrantes de la Cámara de Representantes y a 35 integrantes del Senado.
Dados los históricamente bajos niveles de popularidad de Trump, es prácticamente seguro que
perderá la mayoría de los representantes (que pudieran equipararse a diputados) y es incluso
posible que llegue a perder el Senado. Aunque Trump ha gobernado dando la espalda al
Congreso, perder ambas Cámaras podría desatar numerosas investigaciones sobre su
presencia en los archivos Epstein, la multiplicación de su fortuna personal y familiar desde que
llegó a la presidencia, posibles corrupciones, múltiples decisiones erráticas y sus decisiones
militares. Un Congreso demócrata podría llegar hasta el extremo de destituirlo como presidente.
Dicho esto, lo que más le duele al pueblo norteamericano es su bolsillo; los elevados precios de
los energéticos, en particular el diésel. El diésel es más importante que la gasolina; con este
combustible se mueve la maquinaria en el campo y el transporte por carretera, su
encarecimiento le pega al precio de los alimentos y a todo tipo de bienes. La llamada gran
sorpresa de octubre tuvo como propósito un impacto mediático, crear la expectativa de que
pronto habría un alivio al encarecimiento generalizado que ha puesto en dificultades a buena
parte de los hogares norteamericanos. Sin embargo, el volumen anunciado equivale a tan solo
poco más de un día del consumo mundial, así que la expectativa difícilmente se traducirá a un
cambio relevante en el precio global.
Al indicar que el grueso de abastecimiento ruso dependería de la capacidad de refinación rusa
se reveló lo esencial de la contrapartida que hace que el acuerdo sea atractivo para Rusia.
Trump indicó que Zelensky, el presidente de Ucrania, podía hacer lo que quisiera en cuanto a
atacar a Rusia pero le exigió de manera imperativa que se abstuviera de seguir atacando las
instalaciones energéticas rusas, refinerías, almacenamiento y transporte. Trump declaró que
tanto Putin como Zelensky habían aceptado el acuerdo.
No obstante, Zelensky declaró que el asunto era una novedad para él; lo que tal vez fuera
cierto o un mensaje para su entorno político en Ucrania y Europa y una manera de manifestar
su desacuerdo. El caso es que ignoró el ultimátum. Ante la negativa de Zelensky, Trump señaló
que debería renunciar. Zelensky señaló sus propias condiciones. El cese al fuego no se
limitaría a lo energético y debería ser total por un periodo de 60 días y entonces podría haber
elecciones para elegir a otro presidente.
Sin embargo, Rusia se ha negado de manera repetida a un cese al fuego sin negociaciones
diplomáticas integrales conducentes a un acuerdo de paz permanente basado en la neutralidad
política, económica y militar de Ucrania y el reconocimiento como parte de su territorio de las
provincias de población étnica y culturalmente rusa que se ha anexado. Un mero cese al fuego
temporal permitiría el rearmamento y fortificación de las posiciones ucranianas e incluso,
posiblemente, el asentamiento de fuerzas europeas.
Trump anunció lo acordado con Putin como una gran victoria diplomática. Se trata, sin
embargo, de un viraje fundamental que no es visto con buenos ojos ni al interior del
establecimiento político interno, ni en Europa y otros países occidentales.
Estados Unidos alentó durante décadas el cerco a Rusia tanto con la expansión de la OTAN
como con sanciones comerciales y financieras que incluyeron el corte del abasto de
combustibles rusos a Europa. Ahora Trump dio un giro radical que es observado en todo el
mundo como ejemplo de inconsistencia e improvisación.
El abasto de diésel ruso chocó de inmediato con el Congreso norteamericano. Hace apenas un
mes, el 18 de septiembre, Trump firmó la Ley Lindsey O. Graham de Sanciones a Rusia e Irán,
aprobada por ambos partidos para estrangular los ingresos energéticos de Moscú con
aranceles de hasta 100% a los grandes compradores de su petróleo y gas.
Seis senadores de ambos partidos pidieron revertir la decisión de comprarle diésel a Rusia; la
medida es posiblemente ilegal dado que el gobierno no consultó al Congreso y una licencia
presidencial, señalan, no revierte una Ley aprobada por el Congreso.
En el exterior, Zelensky declaró que el acuerdo es una manera de financiar a Rusia y prolongar
la guerra. La Unión Europea calificó el acuerdo como preocupante y advirtió que no es el
momento de aflojar la presión sobre Rusia. Reino Unido, Alemania y Polonia pidieron endurecer
las sanciones contra Rusia; para Finlandia el arreglo es una terrible decepción; Suecia espera
que no entre en vigor.
El arreglo entre Trump y Putin es un gran logro para Rusia. Pone a prueba la capacidad de
Trump para controlar a Zelensky e interrumpir los ataques a las instalaciones de energía rusas;
lo que parece estar ocurriendo en los últimos días. Rusia podrá vender tanto a Estados Unidos
como a otros países, lo que le dará ingresos tal vez relevantes, pero su ganancia principal es
de orden político; se generó una importante disputa al interior de la clase política
norteamericana y entre Estados Unidos y sus cada vez más reticentes “aliados” europeos.
Trump en cambio no está consiguiendo que el diésel baje de precio; en particular cuando Irán
reafirma su control del estrecho de Ormuz mediante la inhabilitación e incluso el hundimiento de
los buques que intentan pasar sin su autorización. A lo que se añaden los ataques entre Arabia
Saudita y Yemen a sus instalaciones energéticas. Esto debilita el control de la familia Al Saud
sobre el país y crea una amenaza de mayor caos regional.
Por lo pronto, la perspectiva es que el problema del abasto y costo del diésel y otros
combustibles empeore a nivel planetario.





